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Tercio de varas

Manuel Guzmán Hennessey

Tercio de varas

Cuando mi padre me explicaba la importancia del tercio de varas yo tendría nueve años. Revestía sus argumentos de condimentos teóricos que reforzaba con una voz grave y enseriada. Pero la parte práctica de mi educación sobre el “arte” empezaría años después en la Plaza de La Serrezuela de Cartagena, adonde había ido a recalar mi abuelo cuando fue expulsado de Guaduas por la violencia que exterminó de allí a casi todos los liberales. El párroco Colorado Herrera proclamaba energúmeno: “Todos los liberales irán al infierno”. Y agregaba: “No solo los liberales, también los amigos de los liberales”. Mi abuelo era ambas cosas. Y aunque entonces no amaba a la tauromaquia como ocurriría después, alcanzó a enseñarle a mi padre que no solo los conservadores eran merecedores de la muerte sino también los comunistas.  

Mi padre aprendió bien las lecciones de mi abuelo, decía “ese animal no humilla” ¡Bravo torero! y de él aprendí que la expresión ¡Torero! (sin el bravo) se decía muy pocas veces, cuando el artista había cumplido una faena histórica, rematada, por supuesto, por una estocada fina y cabal, para dar muerte al toro. Muerte en la arena, muerte en la tarde, muerte sublime. Yo escuchaba con asombro juvenil las palabras celebratorias de la muerte de un animal. Muerte en la tarde fue uno de los primeros libros que leí. Y me alcanzó a gustar tanto la prosa de Hemingway que fui hasta su hotel museo de La Habana a rendirle mi homenaje. ¿Por qué se visten como mujeres los toreros? Fue una pregunta que le solté a mi padre una tarde de aquellas. ¡Carajo! Fue su respuesta. También fui hasta Las Ventas a depositar mi flor sobre el altar de los grandes, pues cuando tuve libertad para elegir entre ir y no ir a las plazas, para poner en práctica mi educación temprana, opté por lo primero. Fiel al aprendizaje de que había que decir ¡Torero! cuando el arte bien llevado culminara con la muerte perfecta, no dudé en teorizar, como académico que soy, sobre las múltiples variantes que puede tener el arte para exaltar las hermosas maneras de la muerte.

Antes de que cerraran La Santamaría estuve un día en la barrera, y allí escuché, vi y olí sin culpa ni asco ni temor ni duda los resoplidos de los moribundos. Poco después rematé con Rafael Pérez, y tapas y sangrías, la fiesta de los héroes (uno de ellos estuvo). Yo miraba la sangre derramada por el más noble y hermoso de los mamíferos y luego celebraba con una bebida evocativa de la sangre. El arte de Picasso y de Goya y de Lorca y de Doré vendrían después. Me encantaron los toros de Alejandro Obregón. 

Pues bien, escribo en Lime, una pequeña ciudad de la isla de Jutlandia, en Dinamarca, viendo por televisión los relatos de Orlando, Florida, donde un asesino disparó contra cincuenta seres humanos que celebraban, ellos sí, la vida. Hecho no desconectado de las barbaries de nuevo cuño que ha empezado a conocer el mundo. Ninguna barbarie se justifica, pero quizás todas se explican por una mala educación temprana sobre el valor supremo de la vida. Ayer asesinaron en Kenia a 147 estudiantes. Toda la vida cegada, todos los sueños, todas las ilusiones, como en los muchachos que murieron en Orlando, y quienes antes murieron en París. ¿Habrá necesidad de más ejemplos sobre la nueva índole de la barbarie?

Leo a Deleuze, quien recordando quizás la famosa sentencia de Miguel de Unamuno pronunciada en la Universidad de Salamanca cuando Millán Astray dijo ¡Viva la muerte! escribe: “Uno reconoce al fascista en el grito, una vez más, de ¡viva la muerte! Toda persona que dice ¡Viva la muerte! es un fascista”. Sobre el asesinato de las 50 personas de Orlando algunos alcanzaron a decir, eran homosexuales, lo cual es, evidentemente una manera eufemística de decir ¡Viva la muerte! como también lo es propugnar por la continuidad de una guerra que ha causado en Colombia muchas muertes.
Pero el recuerdo de mi propia barbarie ha venido a mi mente debido a lo que agrega el propio Deleuze: Ninguna belleza puede pasar por la muerte. Justificar la tauromaquia como expresión del arte es la manera más eufemística (y por lo tanto deleznable) de justificar la muerte. Y solo una cosa puede ser peor que la justificación de la muerte en las batallas de iguales, y es la justificación de la muerte en batallas de desiguales como la tauromaquia. 

La educación en “artes y humanidades” que me impartió mi padre fue complementada luego por un tío santurrón y cazador. Como Hemingway, como tantos que celebran la muerte cobrada en condiciones de superioridad manifiesta. Como en el tercio de varas, como en la caza de cualquier mamífero. El tercio de varas es el primero y el más desigual (y por ende, cobarde) de una serie de tres que tiene el “arte” de la tauromaquia. El segundo es más sofisticado pero no menos cruel, debido a que consiste en rematar con banderillas el estrago ya causado por las varas en el morrillo del toro. Y el tercero se llama el de la muerte y es el que provoca la celebración del “respetable”.

El tercio de varas se produce luego de que el toro es recibido por los ayudantes del torero (no por él mismo, pues correría algún riesgo), y consiste en lo siguiente: un hombre desde lo alto de un caballo clava sucesivos puñales adosados en la punta de una vara de dos metros y sesenta centímetros de altura, al morrillo del animal. El objetivo de esta acción es evidentemente la tortura. Pero algo más repugnante aún: la tortura con fines de diversión, y algo aún peor, la tortura, con fines de diversión, dando a entender que no es tortura y que su objetivo es la preparación del animal para la lidia. En la punta de la vara hay una pirámide de nueve centímetros, que entra en la cabeza del animal para debilitar su torsión e impedir que este pueda embestir de frente. Vaya valor el de un hombre que nos hace creer que se enfrenta con un animal de 500 kilos pero que necesita que este animal no lo vea, para lo cual se ayuda con otro hombre montado en un caballo, que es el que le aplica el castigo de la vara. Una vez aplicados sucesivos castigos de vara el toro ya no es un animal bravo y en estado de alerta, sino un pobre animal moribundo que ni siquiera puede mantener su cabeza erguida.

El “artista” se enfrenta a un animal menguado. No a un toro de lidia. No a un animal bravío. Pero necesita de una suerte más para enfrentarlo, la de las banderillas, puñales de acero de seis centímetros cuyo objetivo es causar dolores adicionales y reacciones autónomas del sistema nervioso central del animal; debido a esto el toro herido se mueve incesantemente tratando de desprenderse de las banderillas, consiguiendo con ello que se le desgarren aún más sus músculos pues las banderillas han sido previamente diseñadas como pirámides que no se salen fácilmente después de haber sido hundidas en la espalda del toro.

Esto escribe Michel Onfray (Cosmos, 2016): “La presión de la pica aplasta las carnes, el toro gira alrededor de las picas que lo taladran y aumentan el sufrimiento. Las aristas de la pulla cizallan la llaga en profundidad, la lanza secciona los nervios así como el ligamento de la nuca, la columna vertebral se retuerce sobre sí misma en las muchas caídas; puyas, banderillas y espadas generan abundantes hemorragias; la pica, aún con el tope, puede entrar hasta cincuenta centímetros; algunos toreros llegan a usarla diez veces y se encarnizan hundiéndolas en la misma herida. Entonces sobreviene la parálisis y el pequeño puñal secciona el bulbo raquídeo”. Pero esta última parte del ritual carnicero se produce no contra un animal en pie, sino contra un gigante moribundo, de manera que cuando por fin este cae, y el “respetable” público aplaude la faena, no cae un toro sino un guiñapo de toro torturado por la inteligencia de otro animal más pequeño que él. Pero también más cruel.

Onfray trae el dato de que el 24 de junio de 1989, el torero Ruíz Miguel infligió en Santander treinta y cuatro estocadas, cuando normalmente una basta para matar. ¿Qué hizo la presidencia de aquella plaza para impedir la tortura? Nada. Onfray también se encarga de poner en su justo lugar la pretendida valentía de “los artistas”, acudiendo, no a las teorías u opiniones de los movimientos antitaurinos, sino a los hechos históricos. Escribe, citando a Eric Baratay y Elisabeth Hardoin-Fugier que entre 1901 y 1947 solo murieron 16 toreros en ejercicio de sus faenas; y entre 1948 y 1993 solo 4, lo cual, en proporción con los toros sacrificados, da la bicoca de 1 por cada 34.033. Nadie se juega la vida disfrazado de mujer delante de un animal semiciego y moribundo. Nadie se para frente a un animal en sus cabales para matarlo. Lo que ocurre en el ruedo es que un torero es aplaudido por un público que sublima su propio heroísmo haciéndose creer así mismo que lo que acaba de ocurrir merece algún reconocimiento artístico. Al pretendido arte le llaman festejo. ¿Qué festejan? La victoria de la vida sobre la muerte. ¡Vaya festejo!

Se ha reavivado el debate en Bogotá sobre la reapertura de la Plaza de La Santamaría y con ello el del acatamiento o no de la sentencia de la Corte sobre la no prohibición de las corridas de toros. Estoy de acuerdo en que se acate la sentencia y se reabra la plaza, para que las corridas se acaben no cuando un alcalde lo prohíba sino cuando la sociedad haya evolucionado como organismo digno de privilegiar la vida sobre la muerte. O cuando a algún superintendente de industria y comercio se le dé por aplicarle una cláusula por publicidad engañosa: seis toros seis.

Mi padre era un hombre severo, que podía ofrecer su domesticada violencia revestida de un amor pedagógico. Con ella me educó en el amor por la tauromaquia. Y yo aprendí bien la lección hasta que poco a poco (muy tarde para mi gusto) fui conociendo la compleja maraña de simbolismos y realidades (ciertamente cultura) que se esconde tras la cortina del antiguo espectáculo. No es la jubilosa alegoría de la vida y la muerte lo que se pone en escena. Es la tragedia antigua de la guerra y la violencia puesta en géneros, el dominio de lo masculino sobre lo femenino. Por eso, como en la ópera, el drama real de la tauromaquia ocurre, en ocasiones, tanto en la arena como en las graderías. Las mujeres del viril arte siempre fungen como figuras secundarias, como en el fútbol, otro arte de viriles extremos. Se exhibe la virilidad como sublimación de una carencia, anota Onfray, por eso el autoengaño es admitido como elemento estructurante del juego. Y es aquí donde los toreros se parecen tanto a los guerreros, valentía que consiste en someter a los débiles y aniquilarlos cuando están en estado de indefensión.

Opino que mantener las corridas de toros le resulta útil a la democracia y a la construcción de una sociedad en paz. Observar la doble trama del ritual toreril y develar sus resortes ocultos quizás ayude a entender mejor la guerra y a resolverla. Ni el torero es el héroe que nos pintan ni los aficionados son unos desalmados. Lo macabro de la tauromaquia es el legado de una cultura de violencia refinada, de maltrato de los débiles revestido de ornamentos rituales y pretendidamente artísticos. En el tercio de varas se agazapa todo un acervo de violencia construida y justificada cuyos andamios fatuos aún nos faltan deconstruir. No hay arte en la muerte sino en la vida. No hay arte en la guerra sino en la paz.  

Crédito de fotografía: Alberto de Isidro.
@GuzmanHennessey