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Dalí es Dalí: El asombroso genio surreal

David Alejandro Rosenthal

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Con sus bigotes ejemplares, su bastón y sus avivados ojos que parecían como esferas que se fuesen a desbordar, Salvador Dalí siempre será el ciudadano más ilustre de Figueras. Aquel que dio la orden de no donar un cuadro a la capital de la comarca del Alto Ampurdán, sino que dispuso de varias de sus obras, suficientes para llenar el que sería su museo. El excelso, divino y déspota, como lo describió Joaquín Soler en una entrevista que deja precedentes para la historia de la vida y obra del maestro. Aclamado por el escenario de la farándula internacional, sus obras, valorizadas al máximo, convirtieron al artista español en un ícono universal del ingenio. Son de señalar dos de las más destacadas ocurrencias de este maestro del surrealismo: una, ser la reencarnación de Salvador, su hermano fallecido antes de que él naciera; y otra, su convicción de que él era en sí mismo un “Salvador”.

Dalí el monárquico, a diferencia de sus otros amigos de gran validez en el mundo artístico como Luis Buñuel y Federico Gracia Lorca, apoyó al régimen franquista y tuvo una relación vigorosa con el dictador Francisco Franco. Se autodenominó apolítico sin tener en cuenta lo que dirían, porque ese es el Dalí que conoce el mundo, el irreverente, excéntrico y el perverso polimorfo.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre Dalí y un loco? Que Dalí no está loco o que sabe que está loco; a diferencia del loco, que no lo sabe. Con este tipo de aportes enriqueció el cinismo de un pueblo en medio de la opresión de la dictadura. Dalí vio en una revista la foto del profesor Freud, acabado de exiliarse en París, luego de tener una conversación sobre Poe y el análisis que había convertido en obra Marie Bonaparte, nieta de Napoleón y alumna del Dr. Freud. Dijo Dalí: “Freud es un caracol”. Y es que en ese momento al ver la imagen de Freud vio que tenía la cabeza en forma de caracol y ese era su secreto morfológico y además había que sacar su cerebro con una aguja, ya que tenía forma de espiral. Quería parecer un dandi del universalismo intelectual, es decir, un genio ante Freud y logró hacerlo en la entrevista que le concedió, junto a Stephan Zweig y Edward James.

Poco después de que Stephan Zweig le presentara a su compatriota y correligionario, el judío austriaco Sigmund Freud, se le vio en una acalorada discusión, en 1938 en Londres, donde se exiliaba el padre del psicoanálisis. Se dice que golpeó la mesa para centrar la conversación, pero no sobre uno de sus cuadros, sino en su libro sobre la paranoia. Y es que Dalí buscaba a Freud desde hacía tiempo, incluso fue a Viena y nunca le encontró. Fue en representación de los surrealistas a los que Freud consideraba como locos cabales, pero al reunirse con Dalí, que fue acompañado con Zweig, cambió su opinión y dio visto bueno al análisis psicológico del surrealismo y su incidencia en este. Dalí, un precoz genio y más, cuando se granjeaba definiciones como las que el mismo Freud le diera: “¡Es un joven español, con ojos cándidos y fanáticos y su innegable maestría técnica: nunca vi ejemplo más completo de español!” ¡Qué fanático!

Creative Commons (retrato de Freud por Dalí, 1939).

Para que quienes se sienten decepcionados por su nivel intelectual en lo académico, Dalí es ejemplo de que el genio se esconde dentro y a veces muy profundo de las almas que luego desarrollarán un Dalí desde dentro, quizá un Einstein, otro genio a quien no le fue como se piensa, es decir, de maravilla en la academia. Pues bien, Dalí fue expulsado de la Academia de Bellas Artes de Madrid. Sin embargo, allí conoce a su amigo inseparable hasta la muerte, Federico García Lorca, con quien alcanzó a realizar una ópera soñada, denominada por Dalí Être Dieu, que si se hubiese terminado es su época sería sin duda una magna.

Con Luis Buñuel crea una obra prima para el cine y su historia, El perro andaluz. Para el arte, un hito con la transformación que el cine permite al artista, vale decir que la unión de la fotografía con las acciones en movimiento y además, en el caso de esta obra, con la cabeza de Dalí y Buñuel de por medio. Dalí es el surrealismo, está claro. Hasta en el universo mágico del cine es un actor, director y escenarista de tiempo completo.

Dalí ofrece su primera exposición en París, en el año de 1929, el mismo de la crisis mundial, en la galería Goemans, y presenta su obra irreverentisima para la época: El gran masturbador, bajo su creación dentro del surrealismo: “El método paranoico-crítico”, que define como “método espontáneo de conocimiento irracional basado en la asociación interpretativa crítica de fenómenos delirantes”. De entrada, Dalí aporta al arte de lo surreal y deja boquiabiertos a más de uno, eso sí, en un lugar excepcional para la época y en sí para la creación de todo tipo, París.    

El conocer a su musa, amante y mujer, Gala, le cambia su perspectiva artística. Como mencioné antes, Gala es una sombra misma de Dalí. La rusa Helena Diakonoff despierta en él un resplandeciente sentido en relación a la psicología femenina, razón por la cual le urge a él y a los demás surrealistas entrevistarse con psicoanalistas, no por labor científica más sí de universalidad del conocimiento y para poder apropiarse de un sentido más subjetivo del arte que crean. Les urge hablar con Freud y es Dalí quien lo hará y dejará, de una manera muy especial, abrumado al frío judío vienés que, de manera asertiva como lo pensaron los surrealistas, podría aportar algo nuevo a su magnífico arte.  Magnífico mas no fácil de interpretar, y mucho menos comercial; magnífico por su exuberancia del ser y de sus más recónditos placeres, deseos, interpretaciones y rarezas.

Para Dalí, la universidad debía de ser universal en su planteamiento filosófico; así como siglos antes lo exigió Gottfried Leibniz. Un físico debería saber de arte y de medicina, para Dalí y Leibniz. Y como decía el gran Dalí, a él le llegaba todo por escrito, es decir, su conocimiento tan rico y loable había sido absorbido por medio de los libros. Por eso no hay que olvidar al Dalí lector, al Dalí cartesiano y al Dalí que se cuestionaba, si bien decía que a los siete años quería ser Napoleón; pero luego, al ser Dalí, solo quería ser Dalí y no más; pero era un camino del cual se alejaba y es claro esto pues ser un genio no ha de ser fácil como la fama tampoco lo es.

Cada mañana, cuando se levantaba, sentía y caía en la cuenta de que era Salvador Dalí y experimentaba una exquisita alegría, la de ser él. Más allá de este cinismo y presunción, tenía una labor, la de dar al mundo una de sus obras, uno de sus astutos y elocuentes aportes y la labor de dejar en la historia del arte, del surrealismo, del cine, de la sensibilidad artística del hombre en general, un camino por seguir marcado en sus obras y su pensar.

El “Divino” era como los más allegados le llamaban cuando estaban con él. Era un hombre sinónimo de la vanguardia y el delirio más refinado; un humor que no era para el entendimiento de todos ni para todos, vivió en su castillo en Figueras hasta su muerte. Con sus bigotes de felino mirando hacia el cielo, hizo para la cristiandad dos obras memorables como su Crucifixión y La última cena, con un estilo realmente lleno de exquisitez y soberbia, cualidades propias del maestro.

También Dalí se caracterizó por sus mascotas exóticas como un oso hormiguero y un leopardo, los cuales sacaba a pasear como si fuesen cualquier perro o gato con correa y lazo por las calles de París. Dalí lo predijo todo a los 16 años, con tan poca edad supo que sería un genio y que el mundo le admiraría. Un amante del lujo, un ególatra y, por excelencia, narcisista y hedonista.

Dalí, en 1973, sorprendió al mundo del arte contemporáneo con su obra Hitler masturbándose, refiriéndose al Hitler nihilista delirante, cuyo estandarte era el matar o morir. Se ve a Hitler en el Polo o en el invierno nórdico, con un fondo como de desierto blanco, dando la espalda; se ve su esvástica y su fin. A su vez, luego de haber sido tolerado por los demás autores surrealistas, empezó a ser marginado; ya que Dalí era único y no podía pertenecer a ningún club o grupo, quizá al de los locos. Pero, como él dijo, la diferencia es que Dalí no está loco.

Expulsado el catalán del grupo surrealista parisino, así como fue expulsado años antes de la Academia de Artes de Madrid, no podía estar en un lugar sin ser expulsado. La razón: era Dalí. El genio confesó haber visto a Hitler como “un reencarnado Maldoror”, y esto en 1937, antes de las atrocidades que el dictador cometió. Vio a la bestia, es decir a Hitler, reclamando lo que era suyo. Nadie entendió o se hicieron los que no entendían, y rechazaron la premonición del Genio que hoy recordamos con tanto esplendor.

La relación en contraposición a Hitler y los antisemitas, fue con el judaísmo vigoroso, importante e incluso utilizando la mística como elemento desconcertante. 25 litografías sobre Israel, sobre el pueblo que retorna en 1947 para establecer el moderno Estado que se conoce hasta el día de hoy. Aliyah, el Renacimiento de Israel, título de su obra. Un retrato de la diáspora judía milenaria, marcando y validando su extensa historia, representada con veracidad y algo de crudeza; el camino que el pueblo hebreo enfrentó en el tiempo fuera de su tierra.

Dalí fue más allá del arte; representó al arte y al surrealismo dentro de este integral, humanística, psicológica, histórica y holísticamente. Creó un género propio; creó una marca; se impuso a su época, con un paso siempre adelante. Dalí -como lo dijo Pablo Picasso, a quien conoció en 1929, mismo año que conocía a Gala, con algo incluso de envidia- fue el último pintor clásico. Pero le faltó que fue el clásico más moderno y el moderno más clásico; igual que, en el mundo literario, Michel de Montaigne.

La obra de Dalí fue casi que psiquiátrica, con un análisis de la mente como ningún otro autor se atrevió a hacerlo; el método paranoico-crítico refleja su curiosidad por el hombre y su formación psicológica. Dicho método es, según el mismo Dalí, “un método espontáneo de conocimiento irracional basado en la objetivación sistemática de asociaciones e interpretaciones delirantes”; esto se reflejó por completo en su obra.

Además, inspirado de por vida por Voltaire, Spinoza, Descartes, entre otros. Como su técnica inspirada por Miguel Ángel y Rafael Sanzio especialmente, transportaron a Dalí a dar fin en su obra en general a los grandes pensadores. Dalí los entendió y no solo eso, los trascendió, es decir, los llevó a un nivel superior. Incluso se podría decir, como él mismo lo hubiese dicho: “Su obra es un Nirvana”.

Concluyo con lo que dijo Dalí sobre lo que sería su obra: “Si muero, no moriré del todo”. Así es, tal y como lo dijo el artista, que tuvo una relación muy mística con el universo, dotado casi que de todos los dones y talentos. Nunca se equivocó, como cuando pidió que se estallara una bomba nuclear para ver incluso lo que esa expresión podría inspirarle. Su obra no muere, es vigente: es Dalí, y Dalí es, de nuevo, el surrealismo.