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La Polis de Tátanos: La hazaña artística de gunther von hagens, el doctor de la muerte

Felipe Cardona

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Una luz vivificante se escapa desde los amplios ventanales del estudio del doctor Gunther Von Hagens. La calle está desierta y oscura en una noche de invierno berlinesa. El maestro trabaja con el ardor del que profana, del que desafía lo sagrado; ni siquiera el olor viciado de los cadáveres le debilita, corta un vientre con el bisturí, sumerge la mano entre las vísceras y las arranca, el tibio olor de la sangre lo emociona, es uno de los pequeños afectos de su arte. Ahora extrae toda el agua del cadáver, esté será el tercer cuerpo de la semana que se encarga de plastificar, un arte ideado por Da Vinci que consiste en convertir los cadáveres mediante un proceso químico en esculturas, oficio luctuoso que sólo los hombres de sangre fría pueden ejercer.

Aunque ha sido considerado por muchos como un demente, como un hombre colmado de perversiones, Gunther Von Hagens es un artista honesto con su tiempo, sabe que la divinidad moderna se esconde en la obscenidad, en lo explicito que llega a los colmos de la visceralidad.  Tiene claro que entre mayor es la trasgresión más descomunal puede ser el aplauso del público; por eso goza de un número considerable de admiradores, que ven en los cadáveres verdaderas obras de arte.

Ese afán artístico de Hagens por invertir la costumbre visual del espectador de la desnudez  inició en ciudad alemana de Pforzheim en 1988, cuando expuso sus primeras esculturas con la asistencia de más de 7 millones de personas, una de las exposiciones que más polvo ha levantado en la opinión pública y que escandalizó hasta al propio Vaticano, que ve el arte de Hagens como una práctica demoníaca y abusiva sobre el cuerpo humano. Sin embargo lo que los moralistas no contemplan es que una función inevitable del el arte es pervertir los limites de la moral, porque el arte es una de las pocas cosas que escapa al juicio ético y posee su propia verdad estética.

Esa verdad estética capital de Hagens se preocupa por ir más allá de la desnudez con la intención de descubrir la verdadera desnudez del cuerpo humano, la frialdad de la carne, la corruptibilidad del ser humano, el hombre no puede ser contemplado sino hasta el día de su muerte cuando aflora toda su mitología visceral, la visión no puede esperanzarnos, somos una comunión de cuerpecillos viscosos que se revuelcan muy adentro y que nos van devorando la piel, una lenta regresión hacia el pánico de la putrefacción. 

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Sin embargo, ¿Puede haber una preocupación de Hagens aparte de la intención estética de repulsión? Creo que Hagens presiente esa inaplazable necesidad de la humanidad por aliviarse de la muerte, por eso gusta de trabajar con los cadáveres que le son entregados por gente del común que tiene afán de trascender así sea como cuerpo embalsamado. El más allá para unos es un vacío de imposibilidad, la nada, la total extinción, en cambio para los cadáveres de Hagens ese más allá es una presencia estética. Es por eso que los escépticos entregan su muerte al doctor, para que él les asegure un sitio en algún lugar de la historia del arte.

La instalación del doctor que más ha generado polémica fue la de Plastination City en Dalian, China. Toda una monumental polis de cadáveres que tienen como objeto simular las actividades usuales del hombre mientras vive, jugar ajedrez, tomar un café, montar en un caballo o presenciar un alumbramiento, uno de los actos más sublimes de la cotidianidad humana. Esta exposición del 2015 hasta ahora ha sido el proyecto más ambicioso del artista-doctor, que antes tuvo unas exposiciones más sobrias y que estuvo presentando algunos de sus descarnados maniquíes en algunas ciudades de Colombia, con un éxito arrollador. En varias entrevistas Hagen manifiesta que su intención con esta ciudad de cadáveres es que los espectadores entiendan las dimensiones desconocidas del cuerpo para poder entenderse así mismos y así poder elaborar nuevos juicios respecto a la hegemonía del buen gusto en el arte. 

No hay duda de que la apuesta estética de Hagens es un viaje que va en contra de lo establecido, que es un gesto apático y solitario de un hombre que primero desde la ciencia y después del arte se da cuenta de que hay un trono que el hombre no ha podido conquistar, el trono de su propia naturaleza.