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Columnistas

1957: La revolución femenina en el arte colombiano

Felipe Cardona

09/11/2019

Volumen 5 - Nº 54 nov./2019
ISSN: 2422-2216

1957: La revolución femenina en el arte colombiano

Es irónico: la época de mayores privaciones en Colombia bajo el mandato militar del General Gustavo Rojas Pinilla a mediados de los años cincuenta, trajo un hecho significativo que cambiaría los cimientos del país.

En 1953, el Teniente General de cuatro soles decretaría el derecho al voto femenino, medida que entraría en operación en los siguientes años. Aunque la iniciativa poco tenía que ver con el carácter conservador del General y estaba más vinculada a privilegiar sus afectos hacía su esposa e hija, marcaría un giro respecto al rol femenino dentro de la cultura de mediados de siglo.

El decreto de voto femenino fue entonces el detonante de una transformación que se venía fraguando desde la década de los años 30 gracias al ingreso de las mujeres en la educación universitaria. Después de siglos de exclusión, la mujer colombiana finalmente tomaba un papel activo en la esfera pública, salía del encierro del hogar hacia las calles y ocupaba los espacios antes destinados exclusivamente a los varones. Las primeras estudiantes en las universidades inundaron los cafés, María Cano fundó el partido comunista en 1926, Débora Arango expuso en 1939 sus escandalosos desnudos en el Club la Unión de Medellín, y Elisa Mujica, publicaba en 1949 su primera novela titulada Los dos tiempos.

Pero fue 1957 el año decisivo, la mujer que permanecía esclavizada al ámbito doméstico y no tenía opciones vitales distintas a la crianza de los niños y el mantenimiento del hogar empezó a abrirse campos en los derroteros del arte. Es cierto que había mujeres artistas en la primera mitad del siglo, pero éstas nunca salieron del anonimato, sus aventuras, cultivadas con rigor de amanuense, no rompían el silencio de la apacible intimidad.

En el Primer Salón de Artistas Modernos se hizo evidente esta transición definitiva del rol femenino en la sociedad. Por primera vez había convergencia de género en un evento artístico. Antes las mujeres no tenían posibilidades de exponer sus trabajos y menos el chance de ser incluidas en un repertorio varonil. Además, no podían pintar a voluntad propia, En las academias, donde había un número reducido de mujeres, se les obligaba a cultivar el género del bodegón y la naturaleza muerta, emblemas arcaicos de la feminidad. La participación en esta exposición de Judith Márquez, Cecilia Porras, Alicia Tafur y Lucy Tejada abría las puertas a generaciones venideras de mujeres que elegían los destinos artísticos.

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El Caso de Judith Márquez es determinante. En el campo de la crítica de arte, esta mujer difundió desde la revista “Plástica”, órgano paralelo a la revista “Prisma” de Marta Traba, todo lo concerniente al arte moderno en Colombia. Sin embargo, no sólo se dedicaba a las aventuras teóricas, sino que era una artista consagrada, tanto así que fue destacada por Marta Traba como uno de los logros más interesantes del Salón de Artistas Modernos. Sus dos obras: “Dos Peces” y “Figura en Ocre”, merecieron los aplausos de la crítica.

También hay que rescatar la labor de Cecilia Ospina, que aparte de ser la encargada de la selección del itinerario artístico del Primer Salón de Artistas Modernos, ejercía una labor apostólica en la difusión del arte colombiano. Cecilia fue la primera mujer en arriesgarse por convertirse en galerista, profesión poco común en Colombia y de escaza retribución económica en ese entonces. En 1957 gracias a su ingenio administrativo logró por ejemplo la participación de Edgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar en la Bienal de San Pablo en Brasil. Entre 1952 y 1957, este mecenas del arte colombiano organizó 30 exposiciones individuales y 17 colectivas. Además de estimular 15 recitales poéticos y 24 conferencias de arte.

Pero el caso más llamativo de esta sublevación femenina en el arte es el de Débora Arango, una mujer que se burló de las disposiciones sociales y se dedicó al arte, oficio exclusivo de la hueste masculina en su natal Medellín. Forjada con un temperamento tempestuoso e indomable, resultó la oveja negra del claustro religioso donde fue educada con severidad. Pero fue gracias a que estuvo presa en uno de los escenarios más austeros para el pensamiento como lo es la Iglesia Católica, que siempre pintó lo que quiso sin ningún tipo de remordimiento. Igual que como sucedería con Fernando Botero, haberse cultivado en medio de la comunidad eclesiástica, le serviría para darse cuenta de las contrariedades de la moral. Sin percatarlo, el clero colombiano había educado a dos de sus más grandes detractores, dos almas inconformes que mediante diatribas corrosivas quisieron revelar que la casa de Dios está habitada por las pasiones más bajas.

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Lejana de toda salvación divina y consuelo humano, Débora murió a principios de este siglo en la más asfixiante de las soledades, cumpliendo el martirio destinado a los personajes de brutal honestidad.

Basta con recordar esa pintura que hizo de Gustavo Rojas Pinilla en plena dictadura, una afrenta directa a la que nadie antes se había atrevido con tal crudeza. En la pintura advertimos a un monstruo sanguinario que es una clara evocación del General. Así como Velázquez, que tres siglos atrás había retratado con admirable sutileza a Felipe V, un rey famélico y liquidado en una España cada vez más progresista, Arango reinventaba la imagen del caudillo popular mostrando su lado más oscuro. Fue esa afrenta contra la panorámica popular, la que rebasaría los ánimos de varias artistas jóvenes, que la veían como el emblema irreversible de la transición, entre ellas Cecilia Ospina y Judith Márquez. El ejemplo de Débora Arango fue una de las lumbres primigenias que iluminaron el camino a generaciones venideras. Cuenta su amigo y confidente Fernando González en sus memorias, que cuando la artista rebelde estaba en pleno apogeo de su madurez artística, leyó en un periódico sobre el triunfo apabullante de la primera camada de mujeres artistas durante el Primer Salón de Arte Moderno en 1957. Débora tiro el periódico sobre la mesa y vociferó a los cuatro vientos en un grito de júbilo: ¡Al fin se hace justicia en el arte!.

Tomás Felipe Molina
 
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Tomás Felipe Molina
Tomás Felipe Molina

Politólogo de la Universidad del Rosario

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