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Columnistas

Argelia en llamas

Mauricio Jaramillo Jassir

09/09/2019

Volumen 5 - Nº 47 sep./2019
ISSN: 2422-2216

Argelia en llamas

Como pocas veces en la historia reciente, Argelia enfrenta una volatilidad por cuenta de duras protestas contra un eventual quinto mandato del líder Abdelaziz Bouteflika, figura clave en la historia reciente del país, y quien fuera considerado en su momento como uno de los responsables de la paz luego de una década sangrienta denominada “decenio negro”. 

Se calcula que este enfrentamiento produjo unos 150 mil muertos, y todavía existen reclamos por la falta de verdad que por obvias razones terminó boicoteando el proceso de reconciliación nacional, una tarea todavía pendiente.

La guerra comenzó a comienzos de los noventa, cuando el Frente Islámico de Salvación ganó las elecciones legislativas y por el temor del surgimiento de una república islámica, el gobierno decidió desconocer tal resultado. Como padre de la reconciliación y del establecimiento de una paz duradera, Abdelaziz Bouteflika se impuso hasta que la propia maduración de la sociedad argelina ha puesto límites a uno de los regímenes más cerrados del norte de África, circunstancia que le permitió salir ileso de la Primavera Árabe hace algunos años. He aquí algunas claves para entender la volatilidad que sacude a Argelia en los últimos meses.  

De la transición democrática a la década negra
En octubre de 1988, el país había conocido una serie de levantamientos espontáneos en varias ciudades contra el alza de los precios (especialmente del pan y de la gasolina) y para exigir una mejora en las condiciones de vida. Las más importantes como Argel, Oran y Annaba entre otras, fueron escenario de dichas protestas que terminaron en una dura represión por parte de los militares. La cifra de muertos por causa de la respuesta estatal se calcula en unos 500, y se piensa que unas 900 personas fueron detenidas.

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Esto derivó en un cambio importante para las elecciones de diciembre de 1988 que fueron fácilmente ganadas por Chadli Bendjedid quien, en su tercer mandato, se vio obligado a través de un referendo a promulgar una nueva Constitución que incluía el multipartidismo. En el pasado, solo era legal el Frente de Liberación Nacional que había logrado en un proceso traumático, la independencia respecto de Francia décadas atrás. En dicha consulta se rescatan dos elementos: el retiro de las alusiones al socialismo en la carta magna, y tal vez la más importante, la instauración de una democracia con pluralidad de partidos. Esto significó un cambio, e incluso una revolución democrática que muchos interpretaron como una conquista de los levantamientos de octubre de ese mismo año.

Al conmemorarse los 20 años de los hechos, el diario francés de izquierda Libération editorializó de la siguiente manera:
La onda del choque producida por octubre del 88 marca el fin de una época. Fue un sismo tal, que se organizó rápidamente la transición hacia un multipartidismo. Se crearon nuevos periódicos, reaparecieron partidos políticos que estaban proscritos y reivindicaciones culturales salieron a la luz, en particular la del pueblo beréber.

Pero rápidamente el optimismo por estos cambios se evaporó ante el resultado de las elecciones legislativas de diciembre de 1991. En la primera vuelta, El Frente Islámico de Salvación obtuvo 188 escaños, el Frente de Fuerzas Socialistas 25 y el poderoso Frente de liberación Nacional apenas 16. En la segunda vuelta se debían disputar 198 escaños, pero esto jamás ocurrió. Ante el riesgo real de un giro hacia un Estado confesional, los militares decidieron anular el resultado electoral, liderados por altos oficiales denominados janvieristas (fecha del golpe de enero por janvier en francés). Esto produjo la renuncia del presidente Bendjedid, y el poder quedó en manos de Mohammed Boudiaf quien en su retorno del exilio aparecía a los ojos de buena parte de los argelinos, como una figura política en capacidad de transitar hacia una democracia alejada de los peligros del extremismo islámico. No obstante, tras seis meses en el poder fue asesinado, y las circunstancias del hecho aún no han sido esclarecidas, algo que parece atentar contra la necesaria reconciliación de Argelia. Su muerte dio paso a uno de los periodos más sangrientos del norte del África, que solo pudo detenerse mediante un proceso de reconciliación incompleto, plagado de contradicciones pero que a la larga pudo silenciar los fusiles.

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En ese contexto, surgió Abdelaziz Bouteflika un hombre clave para la paz, y quien además permitió gozar de varios años de estabilidad a un precio muy alto respecto de la pluralidad. El 10 de febrero de este año, anunció su intención de convertirse en candidato para un quinto mandato, lo cual desató una ola de protestas sin antecedentes desde el fin de la guerra civil. Argelia, uno de los Estados que estuvo rodeado por la llamada Primavera Árabe hace casi una década, enfrenta esta vez un despertar muy similar al que condujo en Túnez a la caída de Ben Ali, y a la llegada de una nueva fuerza política como Enhada, que ha dado muestras de un islam político adaptable a la configuración democrática.

El gran reto para una Argelia post-Bouteflika consiste en ir dando vida política a una oposición que durante décadas ha estado proscrita o intimidada por un establecimiento poderoso, que incluso pudo salir ileso del levantamiento regional de hace unos años al que se hizo alusión. Dentro de esa oposición variopinta dos movimientos islámicos sobresalen. De un lado, el FIS que subsiste a pesar de la cruenta guerra civil, y aunque con muchas restricciones sigue en el panorama político. Y de otro, el Movimiento Social por la Paz, sección argelina de la Hermandad Musulmana que incluso se alió con Bouteflika en la pasada elección en 2013. También aparece la izquierda con el Partido de los Trabajadores y el tradicional Frente de Fuerzas Socialistas que representa un progresismo moderado. En semejante panorama tan diverso, pero a la vez fragmentado, parece difícil una transición a la democracia que no sea dispendiosa y, sobre todo, exenta de discursos que, amparados en el miedo al extremismo religioso, sugieran vetar a algunos movimientos.

Esta generación de argelinos, encarnada en aquellos estudiantes exigen una reforma estructural del sistema político, representa muy bien que la crisis de la política tradicional es una realidad en casi todos los confines y que el involucramiento de los jóvenes es capaz de derribar incluso a Estados poderoso, con regímenes cerrados. La transición argelina empujada desde abajo debe ser leída como una continuación de los esfuerzos en el pasado por construir un régimen plural. Por consiguiente, su mayor riesgo consiste en la imposición de dogmas, sea cual sea el origen ideológico.

Mauricio Jaramillo Jassir
 
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