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Columnistas

Ataques contra la familia: ¿meros pseudointelectualismos nocivos?

Ricardo Andrés Roa-Castellanos Mg., MSc., Ph.D.

09/06/2019

Volumen 5 - Nº 49 jun./2019
ISSN: 2422-2216

Ataques contra la familia: ¿meros pseudointelectualismos nocivos?

Un sutil imperativo por parte de Jesucristo explica, a través de la humildad, el correcto funcionamiento humano -y con este Camino- la correcta disposición que hemos de tener con aquella sociedad nuclear que es la familia. Proporcionalmente, esta posibilidad implica la mejor base para el comportamiento perfecto con todos y aplicable, si queremos, por todos.

El pasaje extractado al que se alude (Libro de Marcos 9, 35) narra cómo ante sus apóstoles, ardorosos de la vanidad que entrañan algunos cargos altos a nivel organizacional, Jesús les corrige al señalar que: —“Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
 
El pseudointelectualismo opuesto es aquel de Engels y Marx, padres del socialismo y el comunismo, que vemos metamorfoseado hoy en activismos en boga como el hembrismo (feminazismo), o los extremismos de ciertos espectros extremistas de la ideología de género que se han ido lanza en ristre contra la familia nuclear. La observación retrotrae a dos terrenos que no son obvios, pero explican esta otra amenaza civilizatoria que encara Occidente desde su unidad funcional y estructural: la familia como tal.

EL ESTUDIO DE LA PALABRA FAMILIA
 
Cicerón decía que la etimología posibilita tocar muy de cerca a la fuerza y a la sustancia de la cosa. El lírico alemán, Friedrich Hölderlin, reconocido como el poeta romántico de la redivinización del mundo[1], identificaba que allí donde está el problema se encuentra la solución. La preocupante descomposición social halla su génesis en la vejación del concepto que estructura lo mejor de los modelos Greco-Latinos y Judeo-Cristianos: La familia nuclear. ¿Pero qué significa la familia sin perder de miras nuestra introducción?

Probablemente hallamos en la familia la negación al paradójico e instintivo egoísmo racional para el ser humano. La primera socialización del humano.

Varrón -que para Cicerón era el más sabio de los romanos-, decía que “quien entiende bien las palabras comprende bien las cosas”, concepto compartido que, al sabio ibérico, Isidoro de Sevilla, le hizo titular su obra más famosa con esa idea-fuerza: “Etimologías” (Monlau y Roca, 1956).

Familia, coherentemente, es una palabra de origen mediterráneo para la Civilización Occidental. Lingüísticamente proviene del latín. Si bien suele ser conocido que su origen está relacionado con la palabra “famulus” la cual significa sirviente, siervo, servidor o esclavo, la verdad es que su etimología es mucho más rica y debe ser revisada desde los ejes civilizatorios e históricos para entender el continuum del concepto y lo que entraña. De hecho, los significados recién citados en cursiva, si se nota, representan acepciones bastante variables en su interpretación, así como ideas que pueden representar valoraciones positivas o negativas en distinto grado según la psiquis de la persona o el marco cultural formativo.
 
Para el filólogo y etimólogo Porkorny (1969), los vocablos famulus, famelo y familia vienen de la raíz *dhe-mon y, por ende, están relacionados con el sanscrito dhāman (que implica lo relacionado con el domo, es decir, lo doméstico, la casa). Ernout y Mellet (1959) enfatizan la construcción itálica para la primera parte de la palabra, notando que el sufijo -elo de donde proviene la terminación -ilia en castellano (familia), o -ily (family) en inglés, es de tipo indoeuropeo.

Michiel de Vaan (2008), al centrarse en las raíces itálicas relaciona la palabra (dh-m-elo) con el origen griego de la palabra “fundamental” (Θεμέλιος, es decir, themelios) y al tiempo con la noción de justicia o ley (ϴϵμις, o Themis) presumiéndose tránsitos del etrusco al griego y latín al considerar que el famel-famulus se ha encontrado en las muy antiguas lenguas osco-umbras.

Para los cristianos primitivos, en coherencia, se describía en latín al sacerdote como “famulus Dei” entendido como servidor de Dios. La palabra “familiaris” denotaba a los amigos o personas muy allegadas como se prueba con el libro de Cicerón titulado “Epistulae ad-familiares”. La palabra pariente, es decir, vínculo con la persona consanguínea caracterizado por una distancia genealógica, se describía con los conceptos propinquuos o cognatus (Monlau y Roca, 1956) que no se incluyen en el concepto intimista de familia nuclear integrada por los progenitores y su progenie inmediata[2].

Relaciones lingüísticas complementarias notan que tanto la voz famulus, como la forma famel y la palabra familia gravitan intrínsecamente en torno al fames (Lat. hambre), de donde viene la serie de palabras famine (hambruna en inglés), famélico (desnutrido, necesitado o hambriento habitual[3]).

Pero la idea distorsionada con el énfasis de la subyugación social, la fratricida “guerra de clases” o conflicto imaginario entre “cruel opresor” y “victimizado oprimido” que impiden ver la hermandad y la asociación complementaria con fines de mutualismo para la supervivencia, ha ligado para las ideologías de izquierda el concepto familia en el mundo moderno y posmoderno a la negativa idea de la esclavitud. Actitud que es iniciada y empleada ideológicamente desde 1884 con la diatriba ideológica contra la familia nuclear (padres-descendientes) por parte de Federico Engels, con la obra titulada “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” donde el autor afirma -basándose sólo en parte de la teoría etimológica de la palabra-:

<<La familia no se multiplicaba con tanta rapidez como el ganado. Ahora se necesitaban más personas para la custodia de éste” (Engels, 1884, p.32) (…) Tras el aumento de las riquezas nace el término familia el cual se refería al “conjunto de esclavos pertenecientes a un mismo hombre.”>> (Engels, 1884, p.34)
 
LECCIONES CLÁSICAS
 
La tendencia y mantenimiento de la monogamia reproductiva, que permite una mayor seguridad económica y emocional de ese núcleo humano, en verdad, representó una ventaja comparativa a nivel social que se encontró en las naciones mediterráneas, las cuales darían origen a la Civilización Occidental, es decir, las culturas Grecolatina y Judeocristiana que, a su manera, distinta a otros pueblos vecinos barbáricos, buscaron organizar y proteger por medio de la ley la unión hombre-mujer donde los lazos de reproducción biológica eran amparados por una mayor eficiencia de sostenimiento y consecuente supervivencia debido a su mutua cooperación económica y sentimental.
 
De hecho, la simbiosis establecida por esa familia nuclear clásica puede ser tan eficiente en los casos bien avenidos que para Greif (2006) su ejemplo institucional es tan icónico que le encuentra responsable de las conductas sociales corporativas y cooperativas exitosas de Occidente: diversificación de funciones para una máxima eficiencia desde complementos asociativos naturales.

Congruentemente, se encuentran 38 alusiones en los libros sagrados judíos, incluyendo la Torá, sobre la necesidad de protección sobrenatural para los huérfanos[4]. O sea, aquellos seres que habían quedado desprovistos del escudo familiar.

Con tres figuras, así similares, carentes del apoyo familiar nuclear, se prueba el comportamiento religioso adecuado del resto de la sociedad con Dios por medio de la necesaria asistencia a aquellos que necesitan compensación ante la ausencia de su estructura familiar completa: el huérfano, la viuda y el forastero.

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Figuras estas en grado mayor de vulnerabilidad al haber perdido su red de protección social, que en 2 de los 3 casos, es la familia por lo cual era necesario desde entonces un trato especialmente considerado para amortiguar las dificultades derivadas. Por ejemplo, cuando los israelitas recolectaban sus granos o sus frutos, no debían volver a recoger lo que había quedado en el campo, sino dejar las rebuscas “para el residente forastero, para el huérfano de padre y para la viuda” (Deuteronomio 24:19-21). La llamada ley mosaica estipuló que “no se debía afligir a viuda alguna ni a un huérfano de padre” (Éxodo 22:22, 23). En la Biblia, las viudas y los huérfanos eran una representación apropiada de los pobres, pues a la muerte del esposo y padre, o de ambos progenitores, los familiares vivos posiblemente se quedaban solos y en la indigencia. El patriarca Job dijo: “Yo libraba al afligido que clamaba por ayuda, y al huérfano de padre y a cualquiera que no tuviera ayudador” (Job 29:12).
 
En lo referente al cristianismo, la reacción ante los peligros de la fractura familiar es proporcional al notar que el apóstol Santiago escribe en el Nuevo Testamento lo siguiente: “La forma de adoración que es limpia e incontaminada desde el punto de vista de nuestro Dios y Padre es esta: cuidar de los huérfanos y de las viudas en su tribulación, y mantenerse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27). Actuar contra el sufrimiento.
 
Además de mencionar a los huérfanos y las viudas, Santiago también demostró que se preocupaba profundamente por otras personas pobres y sumidas en la miseria (Santiago 2:5, 6, 15, 16). Pablo de Tarso manifestaba la misma consideración hacia el semejante. Cuando él y Bernabé recibieron su asignación de predicar, una de las instrucciones que se les dieron fue ‘tener presentes a los pobres’. “Esta misma cosa también me he esforzado solícitamente por hacer”, dijo Pablo con buena conciencia (Gálatas 2:9, 10). El relato de las actividades de la congregación cristiana, en alusión al papel compensatorio mencionado anteriormente, poco después de su formación pone de relieve que “no había ningún necesitado entre ellos [...]. A su vez, se efectuaba distribución a cada uno, según tuviera necesidad” (Hechos 4:34, 35). En efecto, la congregación de creyentes cuidaba de los huérfanos, las viudas y los menesterosos, igual que se había hecho en el antiguo Israel bajo la consideración de que el próximo, o prójimo, asumía la condición de “hermano” tras haber notado a Dios como Padre de sus creaturas, más allá de que existiese o no un lazo consanguíneo directo.
 
Esta serie de observaciones que pudiesen ser criticadas como anacrónicas, impone su vigencia actual con observaciones sociológicas contemporáneas donde la observación de la fenomenología internacional en 2018 lleva a concluir que “Romper el vínculo familiar supone para las clases medias un viaje hacia el empobrecimiento[5].
 
La familia nuclear en la práctica, si bien puede ser lugar de tensiones, también puede operar como escudo ante mayores complicaciones sociológicas subsiguientes. En tal sentido Murdock (1990), antropólogo estadounidense, conceptualiza a la familia como: “un grupo social que se caracteriza 1) por la residencia común, 2) la colaboración económica, y 3) la reproducción”. Murdock enfatiza el rasgo sociológico a partir del cual la familia resulta de la relación de pareja y favorece una estabilidad, socialmente aceptada, incluso para las relaciones sexuales entre los padres que le da origen y sustentación por medio de la voluntad y lazos emocionales robustecedores de un medio seguro. El eufemismo de la “cultura líquida” que puede sonar atractivo desde la explicación de Bauman, no es nada que una perjudicial cultura de la inestabilidad y el caos auto-inducido desde la falta de auto-gobierno de las pasiones. Welty (1957) reivindica la función social y el carácter comunitario de la estabilizante familia al anotar que el concepto “grupo” apenas indica el conjunto de cosas, animales o personas, pero los aspectos comunitarios, es decir, la identificación de una común unidad reúne a personas bajo un espíritu común. Para este autor la familia representa, por tanto, la “comunidad más natural y necesaria”.
 
Es la saga de Rápido y Furioso una inesperada exaltación contemporánea de la familia amenazada por un riesgo de muerte y fracaso constante.
 
Frases tales como: "Nunca se le da la espalda a la familia, aun cuando ellos te la han dado a ti" o “No hay familia perfecta, todos discutimos o nos peleamos, incluso nos distanciamos, pero el amor siempre está ahí” del rudo protagonista, Dominic Toretto, recuerdan esa bella común unidad de mutuo servicio que debe recordarse y defenderse con dignidad en la comprensión de los otros diferentes y de una enseñanza cultural que hoy exalta el cariño que conjura anti-valores como la impaciencia o las guerras según roles o edades en los marcos familiares. 
 
En negación al egoísmo y la pretensión de anular al otro, la familia desde el amor es una muestra opcional del sanador perdón constante: el cemento de la civilización erigida por el Espíritu de la bondad del ser humano.

Ricardo Andrés Roa Castellanos
 
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Ricardo Andrés Roa Castellanos
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