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Columnistas

El nazismo criollo como versión obscena de nuestra ideología cotidiana

Tomás Molina

09/02/2019

Volumen 5 - Nº 45 feb./2019
ISSN: 2422-2216

El nazismo criollo como versión obscena de nuestra ideología cotidiana

La existencia de nazis criollos es un hecho desconcertante. La suya no solo es una ideología falsa, sino que de acuerdo con ella misma nosotros no somos parte de su raza superior.

¿Qué sentido tiene entonces ser nazi y pertenecer a una raza que los nazis consideran inferior? Justo por lo anterior, la mayoría de la gente cree que los nazis criollos son simplemente tontos o ignorantes. Sin embargo, yo quiero proponer una tesis mucho más inquietante: mi idea es que el supremacismo criollo no es más que la versión obscena y radical de nuestra ideología cotidiana. Me explico: desde la conquista el ideal de belleza, moralidad e inteligencia que se impuso aquí fue el del europeo blanco. No hay duda de que la blancura está en la cima de la pirámide social. En general, para nosotros ser blanco es sinónimo de buen nacimiento. Sin embargo, el racismo casi nunca es defendido de forma totalmente abierta. Oficialmente somos un país igualitario. Nuestra ideología cotidiana es reprimida cotidianamente. El nazi criollo, en cambio, defiende de manera abierta el ideal colonial de la blancura: “los blancos son más bellos, morales e inteligentes y tienen derecho a dominar el mundo. La mezcla de razas debe eliminarse para que los blancos se constituyan en una casta totalmente aparte”. Su ideología nos muestra, por tanto, la versión más obscena e inaceptable de nuestra ideología cotidiana. Justo por eso su existencia nos resulta tan traumática. En lo que sigue intentaré explicar las razones detrás de esta situación.

Los seres humanos contamos con lo que en psicoanálisis se llama ‘ego ideal’: la versión ideal de nosotros que tenemos en nuestra cabeza. Constantemente nos comparamos con dicho ‘ego’ y nos sentimos mal cuando no logramos acércanos a sus estándares. El ego ideal se forma mediante la interiorización de las expectativas parentales y sociales. Si una persona estudia una carrera, se viste de tal o cual modo, se hace una cirugía plástica, etc., es porque quiere estar más cerca de su ego ideal, es decir, porque quiere parecerse a la versión ideal de sí misma. Esto no es nada extraño y básicamente todo el mundo lo intuye. El problema está en que no todos los egos ideales fueron hechos iguales. Las sociedades periféricas o coloniales tienen una característica que las diferencia psicoanalíticamente de las sociedades del centro: el ego ideal de sus miembros está fuertemente influenciado por el ego ideal de las sociedades dominadoras. Esto es fácilmente comprobable. La publicidad muestra, por ejemplo, los ideales de belleza que predominan en la sociedad. En otras palabras, nos muestran la versión ideal de nosotros mismos. En Latinoamérica ese ‘ego ideal’ suele estar cerca de los ideales de belleza europeos: narices aguileñas, rasgos suaves, pieles blancas, cabellos rubios. Veamos otro ejemplo cotidiano. Los colombianos suelen decir con admiración que alguien es rubio y de ojos azules, como si eso equivaliera inmediatamente a ser bello (¡y hasta bueno!). Nuestro ego ideal tiene una relación directa con Europa porque hemos asumido el ideal europeo como el nuestro. En nuestro medio “creerse europeo” es creerse mejor, precisamente porque de manera inconsciente todos estamos de acuerdo en que en algún sentido los europeos son mejores. Esto aparece retratado, por ejemplo, en ciertos personajes de Vargas Llosa cuya única aspiración en la vida es vivir en París y básicamente ser europeos.

Ahora bien, el lector sabe muy bien que nuestro ideal de belleza no es exactamente el mismo que el de Europa. Aunque estemos dominados por ideales ajenos, también hay resistencias y aclimataciones. No aceptamos de manera completamente servil a Europa. Siempre hay cierta adaptación de su ego ideal a nuestra realidad, pues de otro modo sería tan inalcanzable que no podría jugar ninguna función en nuestra concepción del mundo. De tal manera, los ideales de blancura quedan transformados hasta cierto punto. Justamente aquí está el quid del asunto. En las (¿ex?) colonias normalmente tomamos cierta distancia frente a los ideales de la metrópolis, aunque los aceptemos. También los reprimimos porque su realidad pura nos resulta muy desagradable. Ahora, en teoría, somos sociedades igualitarias y con autonomía. Pero algunos sujetos pueden sumergirse tan profundamente en los ideales coloniales que terminan adoptándolos de manera abierta. De esa manera nos muestran lo horribles que son esos ideales en la realidad. El nazi criollo es básicamente un sujeto que se siente tan identificado con quienes percibe como poderosos (los alemanes, etc.) que, eliminando todo filtro, los ha adoptado como su ego ideal. En otras palabras, aquí ya no hay aclimatación ni represión: el ego ideal es abiertamente el europeo blanco. Cuando el nazi latinoamericano se ve en un espejo quiere ver a un alemán rubio y de ojos azules porque esa es la versión ideal de sí mismo. ¿Y por qué? Porque el ideal de las sociedades coloniales es ser como sus dominadores. (De ahí que Gómez Dávila dijera que el problema de toda antigua colonia es la servidumbre intelectual, la tradición mezquina, la espiritualidad subalterna, la civilización inauténtica y la imitación forzosa y vergonzante. Aunque exagerara, el filósofo colombiano llamó la atención sobre las consecuencias de ser dominados por los ideales de otras sociedades).

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¿Pero cómo es posible lo anterior? Todos sabemos que cuando el nazi criollo se mira en el espejo no aparece un alemán rubio. Hay un abismo que debe explicarse. Aquí nuestra historia colonial es sumamente importante para la comprensión. El imperio español —al menos en épocas borbónicas— se caracterizó porque allí la raza biológica podía ser transformada simbólicamente. En otras palabras, la realidad de tener sangre de tales o cuales orígenes podía ser anulada o transformada simbólicamente. En la Nueva Granada uno podía blanquearse, es decir, uno podía llegar a ser considerado blanco aunque tuviese mezcla de sangres. Las famosas ‘gracias al sacar’ podían convertir simbólicamente a un hombre negro en uno blanco. Es decir, el negro recibía todos los privilegios de ser blanco. En Colombia lo vimos, por ejemplo, en el caso de un tal Julián Valenzuela que fue blanqueado en 1796 en Antioquia. El blanqueamiento también era posible después de varias generaciones: los  hijos de los mestizos que se casaban con blancos eran eventualmente considerados blancos aunque en realidad siguieran siendo mestizos. En tiempos republicanos esta práctica se mantuvo: aunque ya no hay ninguna discriminación legal, la gente sigue hablando de “mejorar la raza”, es decir, de casarse con alguien más blanco; también se sigue hablando de prácticas sociales de “indios” y de “gente bien”, es decir, de comportamientos que le quitan a uno simbólicamente el estatus de blanco y de comportamientos que se lo dan. El blanqueamiento, pues, siguió siendo una realidad. Uno podía y puede hoy llegar a ser blanco en términos puramente simbólicos. Los nazis criollos quizá creen inconscientemente que su sobreidentificación con los blancos europeos los blanquea. En su mente, el nazismo los transforma simbólicamente en blancos. De tal manera, la extraña operación que realizan es la siguiente: “sé muy bien que no soy blanco, pero después de todo soy blanco”.

La existencia de nazis criollos es profundamente inquietante, pero no solo por las razones que se aducen normalmente. El nazismo latinoamericano muestra el lado más obsceno de nuestro ego ideal, dado que nos enfrenta directamente a su conclusión lógica: creer que el dominador es superior y que, por tanto, debemos someternos a su dominio. El nazi criollo es una persona que aspira a que nuestra sociedad esté regida por una jerarquía racial: en la cima deben estar quienes más blancos sean, luego todos los demás. El nazismo criollo es solo la versión más desagradable de la ideología racista que rige nuestra vida cotidiana en América Latina. Si se elimina todo el dulzor que hace la vuelve apetecible queda el nazismo criollo: los blancos son superiores y tienen derecho al dominio. Paradójicamente, empero, el nazi criollo usa la relativa fluidez simbólica del racismo latinoamericano a su favor: dado que aquí es posible el blanqueamiento, el nazi criollo se blanquea para defender una ideología donde el blanqueamiento es imposible. En suma, el nazi criollo no es una anomalía, el producto inexplicable de la estupidez latinoamericana, sino el resultado de nuestra historia y nuestra situación colonial. Tanto nos han repetido que ser blanco es mejor que algunos de nosotros han terminado por defender obscena y abiertamente el derecho de los blancos a dominar el mundo…
 

Tomás Felipe Molina
 
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Tomás Felipe Molina
Tomás Felipe Molina

Politólogo de la Universidad del Rosario

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