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Columnistas

¿Es posible ser humanistas hoy?

Tomás Felipe Molina

09/03/2020

Volumen 6 - Nº 57 mar./2020
ISSN: 2422-2216

¿Es posible ser humanistas hoy?

Hoy es común ver la defensa del humanismo entre personas con sensibilidades e inclinaciones de letras. Nos hablan de la importancia de leer a Platón o a Séneca para educarnos más allá del mercado laboral.

No seré yo quien niegue la importancia de leer a los clásicos para vivir mejor, pero sí me parece importante problematizar la posibilidad de ser humanistas en nuestra época. Para eso es preciso saber de qué hablamos cuando decimos ‘humanismo’ y qué tan compatible es con nuestra propia época. Si nos encontramos, como yo creo, con que la defensa del humanismo surge precisamente por la cada vez mayor imposibilidad de ser humanistas, no lo tenemos nada fácil a la hora de seguir por el transitado camino de los antiguos sabios.
 
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Entre quienes mejor han definido los aspectos centrales del humanismo se encuentra el filósofo alemán Peter Sloterdijk. En su conferencia ‘Normas para un parque humano’, nos explica que el propósito educativo del humanismo es el amansamiento de nuestra especie. En efecto, el humanismo supone que somos naturalmente bestiales, pero con la educación correcta podemos volvernos más dóciles, tranquilos y virtuosos. La educación correcta, por supuesto, es nada más y nada menos que la lectura de los clásicos. Si leemos con cuidado a Platón y a Tomás Moro deberíamos ser mejores seres humanos. Por supuesto, el humanismo tiene muchas otras caras que Sloterdijk pasa por alto. No obstante, en el aspecto educativo sí es cierto que tiene esa intención civilizatoria.

Nos encontramos con varios problemas cuando problematizamos esa educación humanista en nuestra época. Primero, para ser humanistas necesitamos que haya un canon definido de autores que educan nuestra alma. El humanismo no acepta como válida toda la literatura, ni toda la cultura, ni todas las influencias externas. Si así fuera, no lucharía desde tiempos antiguos contra el circo romano y las características negativas de la civilización dominante. Séneca, por ejemplo, recomienda mantenerse alejado de las multitudes y sus vicios. Esto le permitirá al sabio concentrarse en la lectura de los textos correctos y la práctica de los hábitos virtuosos. El problema es que la definición de un canon estricto es imposible hoy. Si vivimos en los famosos tiempos postmodernos se debe precisamente a la desintegración de la autoridad del padre, de Dios, del sabio. Nadie acepta con facilidad un canon de lecturas. Mucho menos si son antiguas, dada nuestra casi irresistible preferencia por la novedad.

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En segundo lugar, la lectura de los textos humanistas es incompatible con nuestro ritmo de vida. Es preciso prestar atención al sentido de esta expresión desgastada por el uso. Toda vida tiene un ritmo, es decir, una velocidad, una intensidad y una manera de repetir lo mismo. Nuestro ritmo de vida es cada vez más el de una civilización rápida e intensa que repite siempre la misma exhortación con voz ronca: haz dinero.

El humanismo precisa de otro ritmo. Hace parte de una época abolida en la que había una clase ociosa que vivía lenta y tranquilamente. Podía dedicarse a leer sin afanes y cansancios a los clásicos. Dada la velocidad de nuestra vida, no podemos interrumpir nuestra rutina para aprender lenguas clásicas, ni para estudiar sabios cuyas ideas no nos producen dinero. El humanismo tiene pocas probabilidades de triunfar en una época que aprieta cada vez más el acelerador. Vivimos más, pero todo es más rápido. Ya no hay tiempo para nada, aunque nominalmente tenemos más tiempo. Estamos tan cansados, tan agotados, tan exhaustos, que no tenemos energía tampoco para leer los clásicos. Solo queremos descansar para explotarnos al día siguiente.

Uno podría pensar que la universidad es un refugio en este clima inclemente que he descrito. Esto es cada vez menos así. El afán contemporáneo por la exactitud conceptual no es otra cosa que un afán de dominar el mundo que nos rodea. El concepto debe atrapar al ser con rigor para poderlo manipular.

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Las ciencias sociales mismas están atrapadas en esa lógica. Muchas veces ni siquiera son conscientes de que su propósito no es tan distinto al de las naturales, aunque ciertamente sus métodos sí lo sean. Si las ciencias exactas quieren conseguir un dominio más perfecto de la naturaleza, las sociales quieren conseguir un dominio más exacto de la sociedad. El humanismo, en cambio, escapa de esto. No porque sea laxo en sus definiciones conceptuales (¿acaso Sócrates no las buscaba lo más rigurosas posibles?) sino porque su propósito no es dominar al mundo sino amansar al ser humano. El humanismo no se preocupa por el perfeccionamiento de las técnicas para extraer recursos, ni para producir riqueza, sino que se preocupa por el perfeccionamiento del alma humana por medio de su amansamiento. Dada su inutilidad económica y tecnológica, no resulta sorprendente que sea visto con sospecha por quienes no cuestionan en lo más mínimo los propósitos de nuestra época.

Tenemos, entonces, que el humanismo contemporáneo tiene una gran dificultad para definir un canon que nos permita amansarnos. Además, es incompatible con nuestro modo de vida. Finalmente, también choca con los fines últimos de nuestra época. Y sin embargo, las personas cultas insisten en la necesidad del humanismo. Bien, aceptemos esa necesidad: ¿pero no es justamente por eso preciso pensar en la dificultad de rescatar al humanismo en nuestra época? ¿No es por eso importante reflexionar sobre la dificultad de ser humanistas en nuestra situación histórica?

Tomás Felipe Molina
 
Acerca de
Tomás Felipe Molina
Tomás Felipe Molina

Politólogo de la Universidad del Rosario

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