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Columnistas

La virtud del resentimiento

Tomás Felipe Molina

09/11/2019

Volumen 5 - Nº 54 nov./2019
ISSN: 2422-2216

La virtud del resentimiento

Somos herederos de ideas que rara vez cuestionamos en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, que el resentimiento es algo necesariamente malo.

Tendemos a creer, sin siquiera comprender bien por qué, que el resentimiento es un vicio. Yo quiero mostrar que ha tenido un papel productivo y virtuoso. No siempre es malo. De hecho, en las siguientes líneas sugiero que el resentimiento es la condición de posibilidad para que el esclavo despierte de su sumisión.

*

Los amos de todas las épocas han negado un hecho fundamental: no aceptan que su relación con el mundo está doblemente mediada por los esclavos. Por un lado, solo son amos si sus esclavos los reconocen como tal (¿qué es de un rey si nadie acepta su título?). Por eso, su identidad más profunda depende de quienes consideran inferiores. Por otro lado, su relación con el mundo material está atravesada por el esclavo. El amo solo come lo que el esclavo le ha preparado, solo goza con los productos que el esclavo hace, solo habita los palacios que el esclavo le ha construido.

Dado que el esclavo trabaja exclusivamente para el amo, para satisfacer sus deseos, lo que el esclavo hace es propiamente el deseo del amo. Ser esclavo es someterse al deseo del amo. De hecho, al esclavo no solo se le prohíbe tener su propio deseo, sino que se le prohíbe gozar con el fruto de su propio trabajo. Todo lo que hace tiene que estar al servicio del amo. El único con derecho al goce es el amo, porque es el único con derecho a consumir los productos que el esclavo le prepara. Por eso mismo, el amo está obsesionado con negar el goce del esclavo. Sospecha que cuando desvía su mirada el esclavo goza con lo prohibido. Observa con desconfianza al esclavo que puede usurpar su privilegio.

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El esclavo, por su parte, termina deseando el goce del amo, precisamente porque su deseo es plenamente el deseo del amo. En otras palabras, el esclavo no solamente desea lo que el amo desea para él, sino que también desea lo que el amo desea para sí. Todo esclavo está en la incómoda situación de desear lo que el amo goza. Esto produce resentimiento. El esclavo empieza a sufrir su exclusión. Por eso inventa morales que no solo condenan al amo sino que además pretenden universalizar el goce. Lo mismo para todos sin excepción. Esta revuelta espiritual reinterpreta los abusos del amo como eso: abusos. Ya no son privilegios incuestionables, pruebas de nobleza, sino violaciones del esclavo. Con sus nuevas morales, el esclavo condena de manera retroactiva todas las usurpaciones de los amos anteriores y redime a los esclavos del pasado que las sufrieron. Dejan de ser vistos como meras herramientas al servicio de sus superiores y pasan a ser leídos como víctimas de bestias abusivas.
 
El amo se resiste a aceptar al esclavo como igual, a cederle con facilidad sus privilegios. A cada nueva reivindicación responde con una palabra: ‘resentido’. Esta pretende señalar, al menos en un principio, que el esclavo es incapaz de aceptar su posición social, que no sabe cuál es su lugar. Si lo comprendiera no habría motivos para resentirse. El esclavo debe aceptar el mando del amo. El amo no entiende que, inevitablemente, el esclavo desea lo que el amo desea para sí y por eso siempre surgirá el resentimiento. Más adelante, una vez se introduce la competencia universal en el espacio social, el amo llama ‘resentido’ a quien intenta subir y fracasa. De esa manera, puede rechazar las reivindicaciones de los esclavos: si piden un poco del goce del amo sin haberse convertido en uno, se debe a que no han sido lo suficientemente excelentes como para subir. Las políticas igualitariastas serían así el producto de un fracaso que es incapaz de aceptarse. En opinión del amo, el esclavo pide lo mismo para todos porque no tiene las virtudes que lo pueden convertir en amo. El goce tiene que alcanzarlo aliándose con otros inferiores que, por medio de su superioridad numérica, puedan conseguir que el amo ceda en sus privilegios.

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El resentimiento, no obstante, tiene un lado profundamente noble: logra darle conciencia al esclavo de su condición. El esclavo entiende que no debería conformarse con serlo cuando se resiente de su exclusión del goce. Si el esclavo no deseara lo que el amo goza, no habría motivos para rebelarse. Es el resentimiento el que le muestra que están cometiendo una injusticia con él. El igualitarismo nace cuando un esclavo quiere universalizar los goces del amo porque es consciente que también tiene derecho a ellos. El resentimiento le muestra al esclavo que no tiene por qué darle todo el fruto de su trabajo al amo. Si el esclavo quiere gozar, necesariamente debe quedarse con lo que hace. Si el esclavo no resintiera al amo que se lleva todos los frutos de su trabajo para gozarlos, no habría burguesía que protestase contra un absolutismo que la explota, ni proletariado que se rebela contra un capitalismo que lo roba. El resentimiento no es un mero vicio, una tontería que les nace a los inferiores, sino el revelador histórico de un valor elevadísimo: la fundamental igualdad de todos los seres humanos.

El resentimiento rescata al esclavo de su dura sumisión.

Quienes condenan el resentimiento quizá no han comprendido su nobleza.

Tomás Felipe Molina
 
Acerca de
Tomás Felipe Molina
Tomás Felipe Molina

Politólogo de la Universidad del Rosario

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