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Columnistas

Las expectativas de la Cumbre de Chile

Manuel Guzmán Hennessey

09/11/2019

Volumen 5 - Nº 54 nov./2019
ISSN: 2422-2216

Las expectativas de la Cumbre de Chile

Christiana Figueres hizo, en la PreCop 2019 de Costa Rica, el evento previo a la reunión global que se celebrará en Santiago de Chile en diciembre próximo, un llamado a la sensatez global.

Llamó a emprender las acciones necesarias para enderezar el rumbo del progreso colectivo y garantizar la sostenibilidad de la vida. Para invocar a la sensatez usó una metáfora brutal, que debería conmovernos: la naturaleza se debe estar burlando de lo estúpidos que hemos sido.
 
Me hizo acordar de la frase que lleva el hilo del documental ‘The age of stupid’ de Franny Amstrong: ¿Por qué no nos dimos cuenta? También el economista Manfred Max Neef hizo una reflexión sobre la estupidez colectiva. Dijo que la especie humana se distinguía de las demás precisamente por ser la única capaz de cometer actos estúpidos. Figueres dijo que esta era la primera generación que podía tomar la decisión de rectificar el rumbo de la historia para salvar la continuidad de la vida. La Generación de la crisis climática. A esta esperanza que comparto, apelo. Creo posible, aún, modificar las estructuras de la economía global, si emprendemos un esfuerzo educativo concebido como una cruzada para el salvamento de la vida. Pero no me hago ilusiones sobre la eficacia de la diplomacia internacional. Creo sí, en una reacción ciudadana liderada por los jóvenes del mundo. Liderada por ellos, pero apoyada por la experiencia de sus mayores.

Dudo que los actuales líderes del mundo estarán a la altura de semejante desafío y facilitarán, en Santiago de Chile (2019), una enmienda del Acuerdo de París como lo ha pedido el Panel intergubernamental de científicos (IPCC). Es claro que, si no se aumenta la ambición de las metas de reducción de emisiones, especialmente de los países que son los mayores emisores de carbono (Estados Unidos, China, Brasil, Japón, Suráfrica, Australia, India), va a ser muy difícil evitar las catástrofes que vendrán, y mantener la esperanza en el liderazgo global. Pero educar a las nuevas generaciones sobre la posibilidad de otro desarrollo sí es posible. Y como esta descomunal y estructural tarea sigue siendo la asignatura pendiente de los educadores intentaré exponer algunas ideas que puedan servir al propósito de imaginar, soñar, enseñar que una economía más humana, basada en la prevalencia de la vida por sobre todo otro valor, es posible.
 
Rethinking Economics (2017) se plantea: "El crecimiento es una opción tanto política como económica. Si optamos por buscar el ‘crecimiento’, debemos preguntarnos: "crecimiento de qué, por qué, para quién, durante cuánto tiempo y cuánto es suficiente". Pero no es de economía que quiero hablar aquí. Es de humanidad. De cultura, de un nuevo pensamiento capaz de invertir los valores que nos han traído hasta aquí. Primero la humanidad, después la economía, primero la casa común: oikos, después la crematística.

Por una columna de opinión del periodista Antonio Albiñana me entero de la publicación de un libro que aún no llega a nuestras librerías: “Solo tenemos un planeta” (2017)[1]. Sus autores Jorge Wagensberg y Joan Martínez Allier conversan sobre las razones que pudo haber tenido la civilización actual para amenazar a la vida. Y se preguntan (según anota la reseña de Icaria editorial): ¿Por qué está unida la economía a la idea del crecimiento? ¿Por qué, si el planeta es finito, la economía industrial y la sociedad de consumo en vez de imitar las estrategias y tácticas de la naturaleza y hacer un uso eficiente de la energía, incumplen totalmente las leyes de la física? Agrego dos preguntas: ¿Por qué insistir en ‘esta economía’ basada en el uso desmedido, ilimitado, indiscriminado, insensato de los combustibles fósiles si ya sabemos que es la causante del problema que nos está llevando a una catástrofe colectiva? ¿No es acaso más sensato cambiar de rumbo? ¿Reconocer que nos equivocamos (todos) como especie, como civilización, como cultura, y rectificar hacia el futuro? Sobre estas preguntas (y sus complejas respuestas) giran los ejes temáticos de este libro.

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La circunstancia de no encontrar aquel libro me remitió a mis recuerdos de Wagensberg (fallecido mientras yo escribía esta página). Y como quiera que he tomado atenta nota sobre su admirable evolución desde la física hasta la ecología, o más bien: desde la vieja física hacia esa nueva forma de la física que es el análisis de la biósfera intervenida por la civilización actual, me he preguntado por una nueva ecuación, que quizá explique mejor que la evolución de las físicas, el momento que hoy vivimos. La ecuación arte+ciencia=física. Quizá convendría poner física entre comillas, pues no se trata de la física clásica, ni tampoco de la física de partículas sino de una “física” que entreveo podrá ocuparse, quizá más allá del 2050, de una biósfera a punto del colapso: el antropoceno. Física para el rescate de la vida. Pues bien, esta nueva ciencia (integradora de todas las demás) devendrá (lo puedo intuir) más desde el arte que de la ciencia, y más desde un nuevo sentido de lo humano que de la física.

Connie Hedegaard, comisaria europea de Acción por el Clima, hizo un esfuerzo pedagógico para explicar la emergencia que vivimos: “Si su doctor le dijese que está seguro en un 95% de que padece una grave enfermedad, buscaría inmediatamente una cura. ¿Por qué deberíamos asumir más riesgos cuando es la salud de nuestro planeta la que está en juego?”
 
Antes de la Cumbre de París los países trabajaron para alcanzar la meta de frenar el aumento de la temperatura hasta el temido límite de los 2ºC. Hoy sabemos que ese límite es insuficiente. El verdadero límite actual es de 1.5ºC. Pero en el año 2015 no lo sabíamos. De manera que los países idearon un esquema de contribuciones nacionalmente determinadas (NDC) que presentaron ante la Secretaría de la Convención Marco de Cambio Climático de la onu (cmnucc) antes del mes de diciembre de 2015. De este esquema de negociaciones salió el Acuerdo de París. Que hoy sabemos que no es suficiente. Los países trabajaron con base en metodologías muy diversas para definir sus metas, algunos tomando como base sus emisiones del año 1990, otros del 2005, otros del 2006, otros (como Colombia) del 2010, pero todos dijeron que su “contribución” era “ambiciosa y justa”. ¿Qué quería decir, en el año 2015, que era ambiciosa y justa? Que alcanzaría para que no superáramos los 2 ºC y frenáramos, con ello, las consecuencias más acuciantes del cambio climático.
 
¿Cómo se podía saber en 2015 si esas contribuciones nacionales eran “ambiciosas y justas” si el escenario donde estas contribuciones actuarían, para frenar el problema, aún no había llegado: 2020-2030? ¿Y qué pasaba si descubríamos, en el camino, que estas contribuciones no resultaban ni ambiciosas ni justas? No pasaría nada, debido a que quienes así las calificaron ya no estarían al mando de las negociaciones de sus países y quizá debido a ello, ya habían olvidado sus promesas o sus argumentos. No habría a quiénes preguntarle por sus criterios de “ambición y justicia”.
 
Y si extendemos un poco más el escenario: 2030-2050, ¿cómo podemos saber hoy cuál será la evolución del escenario complejo del clima y sus efectos? ¿Acaso aquellas contribuciones fueron formuladas teniendo en cuenta las recomendaciones de la ciencia? Lo que sabemos es que no. Esto también lo sabíamos en el año 2015. ¿Por qué? Muy sencillo, porque no se puede reducir el consumo de carbono sin modificar la estructura fundamental de la economía. Cuando la crisis avance (2050-2100) y haya más víctimas en el mundo por las olas de calor, las inundaciones, las sequías, y el aumento del nivel del mar, ¿asumiremos en serio la tarea de modificar la economía? ¿Será demasiado tarde? Y, en el evento de que la sociedad reaccione y decida emprender los cambios estructurales que se requieren, ¿habrá dinero en el mundo para ello? ¿O todo el dinero de las precarias economías de entonces deberá destinarse a la atención de las emergencias y los desastres?
 
Hoy sabemos, cada vez con mayores certezas, que es probable que la humanidad no tenga que esperar hasta 2100 para conocer las consecuencias de la crisis, pues todas las previsiones de la ciencia de hoy, especialmente el Informe especial 1.5 del IPCC, indican que esta podrá llegar antes de 2050. 2030 es el año límite para que estén listas las transformaciones. Faltan solo once años. Y, si ello es así, ¿no es hora de empezar ya? ¿Hasta cuándo nos mantendremos aplazando las soluciones de fondo? El porcentaje de reducción de emisiones que todos los países asumieron en conjunto durante el periodo que duró el Protocolo de Kyoto (1997-2015) fue de 5,2%. Esta meta se consideraba insuficiente, a la luz de los datos de la ciencia, por lo menos desde 2007, cuando se conoció el Cuarto Informe de Evaluación del ipcc. ¿Por qué no hicimos entonces lo que deberíamos haber hecho? Aumentar significativamente estas metas de reducción de emisiones de los países. ¿Servirá para este fin la Cumbre de Chile?

 
[1] Albiñana Antonio, columna ‘Solo tenemos un planeta’, 16 de febrero de 2018, El Tiempo, Bogotá.

Manuel Guzmán Hennesey
 
Acerca de
Manuel Guzmán Hennesey
Manuel Guzmán Hennesey

Investigador y profesor universitario. Director de la red latinoamericana sobre cambio climático Klimaforum Latinoamerica Network -KLN

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