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Columnistas

Nos forman para ser esclavos: una reflexión a favor de los saberes ciudadanos

Tomás Felipe Molina

09/08/2019

Volumen 5 - Nº 51 ago./2019
ISSN: 2422-2216

Nos forman para ser esclavos: una reflexión a favor de los saberes ciudadanos

La educación tiene siempre un propósito político. No existe una educación neutral. Esto ya lo habían visto bien los griegos. La polis es de una u otra manera dependiendo de la educación que reciban los ciudadanos.

Formar un tipo de ser humano crea un tipo específico de comunidad política. La discusión sobre la educación, entonces, no es solo una cuestión de las habilidades que los sujetos adquieren y de cómo las adquieren, sino que también lleva implícita una cuestión de qué tipo de polis queremos construir. Creo que, aunque vivimos en una época donde todo tiende a liberarse nominalmente (la economía, las identidades, la política, etc.) la educación de hoy tiende a crear seres humanos que están en una condición similar a la de los esclavos antiguos. Esto quiere decir que hoy se crían seres humanos para que aporten a la riqueza suya o de otros (normalmente los otros), pero no para que decidan en lo público como iguales. En consecuencia, estamos educando para construir sociedades jerárquicas, desiguales y poco democráticas. Deberíamos, por lo mismo, formar ciudadanos. En las siguientes líneas pretendo mostrar por qué.
 
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El conocimiento hoy en día tiene valor si cumple dos requisitos: que sea cuantificable y que sea rentable. Lo que no quepa allí tiende cada vez más a ser olvidado. Incluso en las facultades de humanidades y ciencias sociales, se tiende a excluir el conocimiento que no pueda ser ordenado en tablas de Excel para luego ser vendido. Por lo anterior, la educación que los tecnócratas diseñan en los ministerios y en las organizaciones internacionales también está pensada para privilegiar lo cuantificable y rentable. La consecuencia es que la educación termina concentrándose en lo que produce dinero, es decir, en la esfera privada. Ya no se crían seres humanos con el propósito de que participen en lo público, ni mucho menos para que su vocación sea lo político. Lo público no tiene como propósito hacer dinero, sino discutir los asuntos comunes. Para eso no se necesita esencialmente un conocimiento cuantificable y rentable, sino uno que sea capaz de reconocer y convencer al otro. Empero, el ideal de hoy es un sujeto de rendimiento que usa la educación recibida para producir más riqueza. En esto se parece mucho el moderno al esclavo antiguo. Veámoslo con cuidado.
El esclavo se caracterizaba principalmente por dos cosas. La primera es que su situación jurídica era la de ‘cosa’, no la de ‘sujeto’. Eso quiere decir que era la propiedad de otra persona. La segunda es que su mundo estaba limitado a la esfera de lo privado. El esclavo no podía participar en la cosa pública de la polis que habitaba. Su realidad se reducía a la casa o negocios de su amo. El moderno se encuentra en una situación similar. Aunque formalmente sea un sujeto, cada vez está más encerrado en la esfera privada. Lo han criado para saber mucho de lo cuantificable y rentable, pero no para comprender y participar de lo que se hace en el ámbito de lo común. Resulta así un mero instrumento de quienes sí tienen poder. Aunque perciba cínicamente a los políticos (sé que son idiotas…) de todas maneras eso no elimina su sometimiento. La política termina siendo así desigual y despótica, aunque mantenga la apariencia de democracia.

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La libertad no es solo libertad de consumir, ni mucho menos de producir. Si eso fuese así, el esclavo antiguo hubiese sido libre. A algunos, en efecto, se les permitía montar sus propios negocios. Eran emprendedores prósperos. Con todo y eso, seguían siendo esclavos. No solo porque jurídicamente pertenecían a otro hombre, sino porque no tenían cómo participar en la cosa pública. Carecían de las libertades políticas. En su caso era un impedimento legal, en el nuestro es uno puramente práctico: nos hemos recluido en la esfera privada y carecemos de los elementos para una participación más auténtica en lo público. La política es un asunto de otros. Estamos tan sometidos como los esclavos antiguos a voluntades ajenas. Es más, muchas personas ni siquiera tienen las herramientas para comprender las razones de esas voluntades, de manera que no tienen cómo contradecirlas auténticamente. En la práctica, por tanto, resultan tan impotentes como el esclavo.

A muchos lo anterior no les parece problemático porque piensan la política desde una perspectiva técnica. En su opinión, no es más que un conjunto de problemas que se pueden resolver científicamente. En consecuencia, no hace falta que todos participemos como iguales de las decisiones comunes. Pero eso es imposible. Esa ideología ha sido inventada justamente por quienes no comprenden la naturaleza de lo público. Lo público es un espacio de isonomía: allí todos somos iguales y justo por eso debemos tener una comprensión y participación mínima de lo que se discute. No podemos dejar que otros nos impongan sus ideas. El técnico tiene el rol subordinado de realizar con eficiencia lo que se ha discutido públicamente, no de decidirlo por sí mismo. Uno no le impone nada a sus iguales. Pero para que lo público sea isonómico es preciso que seamos educados para participar en él. Las humanidades, en ese sentido, son fundamentales para los seres-hacia-lo-público. Son ellas quienes nos enseñan a persuadir y a actuar con justicia. Por lo mismo, son ineludibles en una comunidad política virtuosa.

Otros creen que tampoco es problemática la reclusión en lo privado, dada la naturaleza representativa de las democracias modernas. El griego debía participar directamente en los asuntos de la polis, porque otra persona no lo iba a hacer por él. El moderno, en cambio, tiene políticos que se encargarán de realizar sus intereses en la esfera pública. De tal manera, puede sumergirse en lo privado y solo participar en lo público cada cuatro años. Pero eso es falso. Incluso en este caso es preciso estar educado para lo público. No se eligen bien a los políticos si no comprendemos lo que nos dicen, si somos incapaces de entender nuestros propios intereses, si nos dejamos seducir por boberías y no por argumentos serios. La educación para lo público debe incluir, por tanto, una educación para el electorado que participa solo de manera indirecta en los asuntos del día a día.

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Lo privado no carece de importancia, pero no puede ser el único ni el principal objeto de la educación. Eso solo es posible y deseable en una sociedad de esclavos. Para quien es dueño de otros hombres, seguramente resulta atractivo que se los eduque con el fin de que sean más productivos en la minería o en la agricultura. No quiere, en cambio, que participen como iguales en las decisiones públicas, justo porque abolirían su condición de esclavos. Una educación para la libertad, entonces, precisa cambiar el estatuto epistemológico de los saberes que se necesitan para lo público. Las letras, la retórica, el conocimiento de la historia, la argumentación, etc., no son simples habilidades subordinadas a los imperativos económicos, no son meras cuestiones para triunfar (o fracasar) en el mundo laboral, sino fundamentos propios del ser-ciudadano. Son aquello que necesitamos para debatir con otros en condición de igualdad y libertad. O al menos si lo queremos hacer con un nivel alto.

Sin embargo, necesitamos una transformación de lo público. Es verdad que no es preciso ser un maestro en argumentación para participar en la política colombiana, pero es justamente porque no es un espacio público auténtico, es decir, uno donde convencemos a nuestros iguales, sino un espacio donde se accede a cargos con trucos, trampas, compras de votos, publicidad desleal, etc. No hay argumentación sino acusaciones mutuas, no hay convencimiento con argumentos sino con miedo, etc. Es irrelevante argumentar bien porque la trampa reina. Esto contribuye a la devaluación que la política tiene en el imaginario colectivo y obstaculiza el perfeccionamiento de los ámbitos de discusión entre iguales. Sin debate, argumentación y retórica auténtica, quedamos bajo las meras técnicas de ganar elecciones, el choque de la vulgaridad y la estupidez de la suerte. El tonto no queda mal ante un público igualmente idiotizado.

Al final, como decía don Nicolás Gómez Dávila, una educación sin humanidades solo prepara para trabajos serviles.

Tomás Felipe Molina
 
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Tomás Felipe Molina
Tomás Felipe Molina

Politólogo de la Universidad del Rosario

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