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Columnistas

Nostalgia del maracucho

Jairo Hernán Ortega Ortega, MD

09/05/2019

Volumen 5 - Nº 48 may./2019
ISSN: 2422-2216

Nostalgia del maracucho

Este testimonio sale de la saudade, por lo cual he querido que no sea preciso en fechas y nombres, pero sí en circunstancias y recuerdos porque al fin de cuentas lo que da sentido a la vida no es solo lo vivido sino lo que de ella se retiene en la memoria y puede ser reproducido como si se aplicara el método científico.

Nostalgia que se disparó al escuchar, día a día, por todos los medios, y palpar en las calles el drama de los seres humanos venezolanos que en su diáspora buscan refugio en nuestro país o lo utilizan como zona de paso hacia otros lares de nuestra América. Es muy triste ver deambular, por las carreteras de Colombia, a un muchacho casi desarrapado, con tenis gastados y con un morral al hombro, cuando no una bolsa plástica, donde guarda no sólo sus pertenencias sino también su sueños; o a una familia llevando, casi a rastras, sus pequeños hijos con la ilusión, falsa o verdadera, de poder ofrecerles un futuro mejor o, al menos, un bocado de comida o de agua; o a esa pareja de avanzada edad, sosteniéndose el uno al otro, apoyándose en el bordón que con furia apisona cada paso del camino, pero con la dignidad que su pasada vida refleja en los blancos cabellos que coronan sus cabezas…

Esos seres venecos, como les decimos con calculado cariño, no quieren invadir los países hermanos; en lo más profundo de sus almas y deseos esperan retornar a Venezuela, su patria, lo más pronto posible; los horizontes que visualizan allende tienen un giro de 360 grados porque la meta final es, indefectiblemente, volver al hogar. Hogar que han abandonado por la fuerza de la fuerza o del rechazo o de la amenaza o del temor o la temeridad o la violencia o la muerte o la desesperanza o el hambre.

No es mi objetivo hacer un análisis político, económico, social o antropológico para explicar o buscar las causas del fatídico éxodo que viven los hermanos de la patria de Bolívar  y Miranda; sólo quiero contar mis impresiones de cuando conocí dicho país.

Por la década de los 70 y 80, mis padres acostumbraban a llevarnos, en las vacaciones escolares, a recorrer y conocer Colombia. La primera vez que todos, papá, mamá, hermanas y hermano, visitamos un país diferente al nuestro fue cuando viajamos a Venezuela. Había una motivación más para ir allá: traer cosas, mercancía, “de contrabando”; eso hacía más excitante el periplo ya que por esa época los televisores, neveras, y demás electrodomésticos del hogar eran de difícil consecución en nuestras ciudades o a costos muy elevados, o al menos esa era lo que se comentaba en la época. El recorrido inició, muy de madrugada, desde Bogotá, en un jeep todoterreno conducido por nuestro hábil padre. La ruta fue hacia el norte y los ojos se asombraron con los inigualables paisajes de Boyacá, el Vado Real, Pozo Azul en Santander, el Gallineral de San Gil, hasta coronar, en la primera fracción de la ruta, a Bucaramanga después de habernos deslizado, casi hasta las náuseas por el portentoso Cañón del Chicamocha, ciudad amable y verde donde pernoctamos en el Hotel Bucarica. De las comidas el cabrito fue la sensación y de los paisajes atraía el color rojizo de sus tierras.

Retomando el viaje, nuevamente hacia el norte, atravesamos la fría y bonita Pamplona para ascender por una empinada y no bien cuidada carretera que nos llevaba hasta un alto que, hasta donde recuerdo, llamaban Damajuana o Doña Juana o algo así – repito, estoy escribiendo con los recuerdos - que por las conversaciones escuchadas a nuestros padres al parecer se trataba de una zona o retén aduanero; algo policial que causaba temor y aventura. Por la vía nos cruzamos con algunos vehículos de placa venezolana, estos llamaban poderosamente nuestra atención por ser muy bonitos, de gran envergadura y nuevecitos; la gran mayoría de marcas muy reconocidas en el mundo, pero casi desconocidas en nuestro país para esas calendas. Algo también llamativo era el alto sonido que emanaba de sus carrocerías a través de radios y parlantes, reproduciendo música por lo general festiva, acorde con la época del paseo: vacaciones de diciembre.

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En Cúcuta me causó curiosidad que existiera la Avenida Cero y me encantaron las tostadas venezolanas (arepas típicas de ese terruño). La fabulosa piscina del Hotel Tonchalá refrescó el calor casi que insoportable. Al otro día empezaba la mejor parte de la aventura, traspasar la frontera para arribar a un nuevo país y en San Antonio del Táchira visitar el comercio libre para adquirir, a precios considerados irrisorios, lámparas chinas, televisor, licuadora, porcelanas, radios, grabadoras, pasacintas, whisky (para los grandes) y juguetes, muchos juguetes (para los niños). 

Pasando por Aguas Calientes una de las cosas que más me impactó en las tierras venezolanas fue ver automóviles de grandes marcas y gran lujo (Volvo, BMW, Mercedes Benz…) de taxis; muchos de ellos nuevos. Lo otro fueron las mujeres venezolanas, todas lindas y con nombres “diferentes” (Ruthy, Mayra, Venmexi, Orlimar, Giwalia, Liwidis…), y con un acento costeño, entre dulce y recio, que enamora sin demora. Sin embargo, quien se llevó las palmas en estos descubrimientos fue un personaje que llamaban El Maracucho.

Era el dueño de un gran almacén en San Antonio, muy iluminado y con variadas mercancías, desde navajas suizas hasta gigantes bafles de Taiwan, pasando por juegos de cubiertos de plata argentina, porcelanas italianas y miles de juguetes Made in China. Le llamaban así, según escuché, por ser de Maracay, una ciudad cerca al lago de Maracaibo. El Maracucho era de tez trigueña, nariz chata, pelo negro ensortijado, ojos café claro, labios gruesos, alto, corpulento, con una cadena de oro guindando del cuello de la cual pendía una cruz, del mismo material, con un Cristo muy bien tallado. Reía a carcajadas sonoras y sus dientes se iluminaban con el reflejo de los tubos fluorescentes del gran establecimiento. De hablar rápido y dicharachero, una que otra grosería se le escapaba de vez en cuando. Su puño derecho lo adornaba un lustroso reloj Omega, tan grande como una caja de vaselina, y el izquierdo una aurífera pulsera con un reluciente ancla marinera en su centro. En la mano derecha siempre portaba, apretándolo con fuerza, un fajo de bolívares de diferente denominación. Con la izquierda recibía el dinero de los pagos el cual automáticamente introducía en el bolsillo trasero del pantalón acumulando un bulto que hacía sobresalir mucho más sus nalgas de beisbolista de grandes ligas. A los dependientes del negocio los dirigía con su grueso vozarrón pidiéndoles agilidad y les mamaba gallo ante cualquier falla, pequeña o grande, o ante cualquier acierto.

Frente a su negocio tenía parqueada su camioneta, con las llantas más grandes que he visto en mi vida, parecía un tractor; sus colores rojo y blanco eran rematados por bocelería niquelada y una de las cuatro puertas siempre la mantenía abierta para poder escuchar la música que a pleno volumen escapaba del radio esparciendo por todo su territorio los temas de Los Melódicos y la Billos Caracas Boys, los cuales intercalaba, buscando en el dial, con la música llanera de Reynaldo Armas y Simón Díaz. Esa música les encantaba a mis padres y desde ese momento también la hice de mis preferidas. Era indudable que la vida el Maracucho la gozaba. Se le veía sonriente, rozagante. Se le sentía feliz, muy feliz. Todo estaba a la venta en su almacén, menos su felicidad.

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Miraba con suficiencia a los compradores colombianos y siempre comentaba, con desdén, que el peso nada de poder adquisitivo tenía frente al bolívar, concluyendo que los recibía para evitarle a los colombianitos tener que ir a las casas de cambio porque allí los pocos pesos colombianos sí que los depreciarían más. Por ratos me parecía antipático, pero al conocer un secreto a voces: que su esposa era colombiana, concluí que era un fantoche y que su superioridad tan solo era producto del petróleo que las sagradas tierras venezolanas ofertaban al mundo a precio de diamantes. Comparé al Maracucho con un diamante, pero en bruto. Vi cómo miraba de soslayo a las mujeres, en especial a las colombianas y a las que veía solas les desparramaba una verborrea de piropos haciéndose el conquistador. Me pareció un poco ordinario en su vestimenta: camisa manga corta, floreada y sicodélica, la cual ondeaba por fuera de las bermudas caqui que portaba. Sin medias, las sandalias que lo soportaban dejaban ver las uñas gruesas, y mal cortadas, de los dedos de sus pies. Este pantagruélico personaje me pareció único e irrepetible, apreciación que cambió cuando seguimos recorriendo los demás almacenes comerciales y las calles de San Antonio del Táchira donde en cada esquina y en cada vehículo último modelo que pasaba raudo, rugiendo motores y con la música a todo taco, me topaba con otros similares, fieles copias, totales reproducciones; eso estaba plagado de Maracuchos.

Hoy no veo al Maracucho dentro de los migrantes que atraviesan las calles, avenidas y autopistas de nuestro país, lo que veo es a un muchacho casi desarrapado, con tenis gastados y con un morral al hombro, cuando no una bolsa plástica, donde guarda no sólo sus pertenecías sino también su sueños; o a una familia llevando casi a rastras sus pequeños hijos con la ilusión, falsa o verdadera, de poder ofrecerles un futuro mejor o, al menos, un bocado de comida o de agua; o a esa pareja de avanzada edad, sosteniéndose el uno al otro, apoyándose en el bordón que con furia apisona cada paso del camino, pero con la dignidad que su pasada vida refleja en los blancos cabellos que coronan sus cabezas…

Hoy, sea lo que sea y como sea, preferiría ver al Maracucho de antes, con su gusto excéntrico, su pose de superioridad, su fantochada, su hablar maluco, su pinta de parafernalia, su barrigota, su música estridente, su mamadera de gallo, pero, en especial, con su felicidad. Esa felicidad que El Maracucho no vendería ni por todos los diamantes del mundo, excepto para comprar, hoy, su misma felicidad.

Jairo Hernán Ortega Ortega
 
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Jairo Hernán Ortega Ortega
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Médico especialista en cirugía


 

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