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Columnistas

¿Pueden los colombianos pensar?

Tomás Molina

09/03/2019

Volumen 5 - Nº 46 mar./2019
ISSN: 2422-2216

¿Pueden los colombianos pensar?

Este artículo comienza con una pregunta que en principio no es muy inteligente: ¿pueden los colombianos pensar? Todos sabemos que los colombianos son seres humanos y, por tanto, son capaces de pensar.

Sin embargo, parece que no todos lo saben. Desde tiempos de la Colonia, en nuestro país y en Europa hay muchos que dudan de nuestra capacidad para pensar. Buffon, por ejemplo, pensaba que dadas las condiciones climáticas de nuestro país los seres humanos que aquí viven resultan con habilidades mentales disminuidas. Dirá alguien que esa opinión fue hace mucho refutada. Pero yo creo que, pese a que individualmente sabemos que podemos pensar, quizá gran Otro no lo sabe. En este artículo me propongo mostrar justamente que tanto el gran Otro colombiano como el europeo niega de algún modo nuestra capacidad para pensar.

Entre los lacanianos hay un viejo cuento que ilustra el problema del gran Otro en este caso. Un hombre que se cree un grano de maíz es llevado a una institución mental donde intentan convencerlo de que en realidad es una persona, no un grano de maíz. Finalmente logra aceptar que es un hombre, pero justo después de abandonar el hospital vuelve temblando. El doctor lo increpa del siguiente modo: “¿pero no había entendido usted que es un hombre y no un grano de maíz?”. “Claro que lo sé, ¿pero acaso lo sabe la gallina?”, respondió el paciente. Con esto queda ilustrado el poder de lo que en psicoanálisis se llama el gran Otro, es decir, el orden simbólico de la sociedad. Como individuos podemos saber muchas cosas, pero si el gran Otro no las sabe entonces esas cosas no tienen efectividad simbólica, es decir, no funcionan a nivel social. Volvamos, entonces, a la pregunta inicial de este artículo: como individuos, sabemos que los colombianos podemos pensar, ¿pero lo sabe el gran Otro? Mi apuesta aquí es que la respuesta es negativa. No solamente nuestro gran Otro niega que podamos pensar, sino que el gran Otro que domina el nuestro (es decir, el europeo/anglosajón) nos niega de manera tajante la posibilidad de pensar. Permítaseme ilustrar esto.

Una de las cosas más llamativas de la recepción europea del pensamiento de nuestro filósofo Nicolás Gómez Dávila es la sorpresa o incluso perplejidad ante el hecho de un colombiano que piensa. He escuchado a profesores europeos decir que Gómez Dávila podía pensar porque básicamente había recibido toda su educación juvenil en Europa, es decir, que era europeo de alma. La conclusión lógica es que si el filósofo hubiese sido plenamente colombiano el pensamiento habría estado fuera de su alcance. Estos profesores insistían mucho en la europeidad de Gómez Dávila, como si no hubiese otra cosa que explicara un colombiano que piensa. Para Martin Mosebach, Gómez Dávila era un europeo de alma que había decidido exiliarse aquí. Por su locación geográfica era un pensador colonial, claro, pero también era una excepción a la lógica colonial misma: se trata de un milagro colombiano, como lo llamaron en una ocasión en una emisora de radio europea. El mismo Gómez Dávila dudaba de que los colombianos pudieran pensar. Por eso anotaba con sorna que:

Creo que la única ciencia de la cual existen tratados escritos por colombianos es la economía política; por eso dudo que sea una ciencia.

En otras palabras, nosotros mismos nos negamos la posibilidad de participar de la ciencia o la filosofía. En un giro irónico del destino, muchos desdeñan —sin haber leído— la filosofía de Gómez Dávila como bocadillo con queso, es decir, como una simple curiosidad folclórica: aquí no puede haber filosofía auténtica. La sola idea de que aquí podemos pensar repugna al gran Otro y mueve a risa a muchos. López Michelsen comentaba esta propensión de nuestro gran Otro de negarnos la capacidad de pensar o de construir una cultura auténtica en el siguiente pasaje de su novela Los Elegidos:

—Aquí es muy distinto. Yo estimo que para que el país progrese se necesita que lo gobiernen hombres con experiencia de los negocios. Castañeda, por ejemplo, que es un joven educado en los Estados Unidos, debía ser ministro o, con el tiempo, Presidente. Es muy capaz. Con hombres como él llegaríamos a la altura de la Argentina o del Canadá.

 —Dime, Fritz —lo interrumpí entonces—. Yo no me he atrevido a preguntarle a nadie; pero me impresiona oír tan frecuentemente en las conversaciones privadas y aun en los documentos públicos ese anhelo de ser como algún otro país, de llegar a ser como la Argentina, como Bélgica, como Suecia. ¿Por qué ustedes no consideran algún día la posibilidad de llegar a encontrarse, de ser ustedes mismos, en lugar de vivir equiparándose imaginariamente con los demás? Es otra obsesión que yo no he visto sino aquí y en los países balcánicos. Cuando se inauguraba un edificio en Rumania lo primero que se oía decir era que se parecía a algún edificio de Berlín o de Londres.

 —¿Cómo podemos ser nosotros mismos si aquí no hay nada? ¿Qué cultura, qué tradición, qué raza existen como base para ser como tú dices, nosotros mismos? Aquí lo que se necesita es mucha inmigración europea, mucha sangre blanca...

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En el último párrafo está la clave: nosotros no podemos pensar a menos de que tengamos sangre blanca. ¿Por qué? Justo porque en ella se concentra el pensamiento auténtico, la verdadera ciencia. Tal cosa le dijo una profesora sueca a un amigo que pretendía analizar la situación de Venezuela desde la perspectiva latinoamericana: en nuestra región no hay pensamiento, no hay teorías, no hay nada. Por tanto, estamos condenados a pensar desde Europa o Estados Unidos. Recientemente esa opinión fue confirmada por un ingenuo viceministro. Insistía que en la Universidad de Columbia le habían enseñado que una institución que en Colombia sí funciona en realidad no funciona. Esta es una variación del viejo chiste de Groucho Marx: ¿a quién le creerá usted? ¿A sus ojos o a Columbia? Y claro: Columbia locuta, causa finita. En efecto, en esa universidad está el verdadero conocimiento. No importa lo que nuestros ojos o nuestra razón nos dicten: como nosotros no podemos pensar, debemos obedecer lo que se diga en esa nueva Roma. Si fuésemos mayores de edad kantianos, si la razón auténtica nos iluminara, a lo mejor podríamos cuestionar el conocimiento del Norte. Pero no es así: simplemente debemos hacer la paz con el hecho de que allí nos enseñan cosas contrarias a lo que nuestros ojos y nuestra —¿disminuida?— razón ven.

Esta lógica desafortunadamente se reproduce en los mismos sistemas de educación colombianos. Allí la aspiración máxima es ser como los europeos: quizá de ese modo sí podremos pensar. Por esa razón, muchos colegios deciden contratar profesores europeos que, aunque en la práctica tengan los mismos o menos conocimientos que quienes tienen pasaporte colombiano, resultan simbólicamente más valiosos: nos permiten educar a nuestros hijos para que sean otra cosa. Lo importante es que sean del Norte: vienen a blanquear nuestro pobre pensamiento, vienen a enseñarnos a pensar. Nosotros no pudimos y el hombre blanco tuvo (de nuevo) que hacerse cargo de nuestra miseria. Esto, por supuesto, es algo que casi nadie está dispuesto a aceptar abiertamente. Es una verdad incómoda.

Entre más alto suba usted en la escala social colombiana, más evidente es la pretensión de ser otro. ¿Pero por que? Justo porque consideramos que nosotros no somos capaces de nada por nosotros mismos. Por eso la universidad más cara del país se muestra de manera transparente como una copia de las universidades estadounidenses y deriva un prestigio inmenso de ello. El tamaño del absurdo es evidente cuando se dice en voz alta: la universidad más cara es prestigiosa justo porque, como diría el personaje de López Michelsen, “se parece a alguna universidad de EEUU”. Pero como también anota luego ese mismo personaje, el efecto de esa mentalidad colonial es el contrario al que busca conscientemente: en vez de igualarnos a EEUU, en realidad nos hace iguales a otros países periféricos. Por eso las casas inglesas de Bogotá se parecen más a las casas inglesas de los Balcanes que a las de Londres. Nuestra situación epistemológica es una tragicomedia.

Lo anterior no quiere decir que debamos rechazar la ciencia occidental para construir la nuestra. No es preciso reinventar la rueda. La actitud colonial no consiste en que adoptemos conocimiento útil y verdadero de otras partes. Lo  esencial consiste en creer que solo en el Norte se produce verdadero conocimiento, que el nuestro no puede pasar de ser una pálida copia. Por eso mismo, la actitud colonial señala que no podemos desarrollar instituciones propias para nuestra situación particular: debemos imitar sin más lo que en el Norte se hizo o se piensa. La actitud colonial resalta que debemos dedicarnos a reproducir lo que se hace en otra latitud sin posibilidad de hacer algo auténtico, de ser originales y atrevidos. Esa es la verdadera actitud colonial, baja, vil y humillante que deberíamos rechazar.  En efecto, nuestro gran Otro ha adoptado como verdad natural y evidente que no somos capaces de nada auténtico: el mismo conocimiento tiene más validez cuando viene de una mente europea que cuando viene de una colombiana. El conocimiento europeo es tan superior que sigue siendo cierto aunque contradiga nuestra experiencia y nuestra razón. Parece que el gran Otro colombiano interiorizó la idea de Buffon: hay algo en el aire de aquí que nos hace menos humanos, menos razonables, menos capaces de pensar. Por eso debemos someternos a la suave mano del conocimiento superior.

Quizá ya va siendo hora de susurrarle al gran Otro en el oído una verdad incómoda: sí podemos pensar.

Tomás Felipe Molina
 
Acerca de
Tomás Felipe Molina
Tomás Felipe Molina

Politólogo de la Universidad del Rosario

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