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Cultura biográfica

Ever Astudillo: una vida entre las sombras

Manuel Alejando Beltrán Zorro

09/07/2021

Volumen 7 - Nº 71 jul./2021
ISSN: 2422-2216

Ever Astudillo: una vida entre las sombras

El sol ardiente golpea con fuerza sobre las calles polvorientas, los postes desnudos emergen entre una maraña de cables y las densas sombras ambulantes parecen murmullar a través del viento seco.

La quietud de la tarde es un preámbulo lleno de zozobra, un constante estado de alarma. Con el ocaso el calor sofocante se disipa e irrumpe con alboroto el vórtice nocturno de salsa, trago y riñas callejeras. Es la marginalidad de una ciudad marginal, de un enclave de modernidad en el Pacífico. Cali, la ciudad que nunca dejó de ser proyecto, que se repensaba década tras década alrededor de una nueva bandera que encausara su incesante búsqueda de identidad, fue el hogar de uno de los artistas gráficos más prolíficos del siglo XX en Colombia: Ever Astudillo (1948-2015).

Su obra es una oda a la urbanidad incipiente de una región provincial. Su estilo transita entre la documentación fotográfica y la ficción cinematográfica, son intersecciones entre la pausa y la acción, entre lo concreto y lo indeterminado. En todo caso, Astudillo no tuvo que incurrir en el hiperrealismo -la tendencia de la época- para crear una realidad paralela a la suya, un universo complejo lleno de personajes anónimos, historias sencillas y atmósferas violentas. La riqueza conceptual y la profundidad psicológica de su propuesta lleva a otro nivel la discusión sobre la representación, pues si bien sus dibujos conducen inevitablemente a la Cali turbulenta de finales de los 60 y principios de los 70, no se quedan en el registro, sino que logra convertir en enigma lo cotidiano, desdibujando así las fronteras entre el recuerdo, la fantasía y la realidad.

Analizar su historia invita a recoger sus pasos, a adentrarnos en la aparente contradicción que plantea el hecho de que un vecindario pintoresco, quimérico y peligroso como el Saavedra Galindo haya concebido a un artista monocromático, modesto y rutinario como Ever Astudillo. De origen humilde y extracción popular, Astudillo nació en un contexto poco fértil para la idea que tenemos de un artista tradicional. Su padre era conductor de bus y su mamá costurera. Sin ser acomodados permitieron que sus hijos tuvieran ciertas posibilidades más allá de las que su entorno les ofrecía. Astudillo se inició en el arte con apenas 9 años, por la recomendación del profesor de guitarra de su hermana, que reconoció de inmediato su talento al verlo garabatear unos dibujos. Sus padres permitieron que se inscribiera a la Escuela Departamental de Bellas Artes, donde tomó algunos cursos durante un año. No pudo continuar por su corta edad, ya que había módulos de desnudo con modelo y además, tenía que continuar con el colegio. En todo caso, ya sabía cuál era su pasión y prefirió, unos años más tarde, estudiar en Bellas Artes de día y terminar el bachillerato de noche.

Para tomar sus clases, Ever tenía que atravesar lugares icónicos de la ciudad, teatros que hoy son gasolineras y espacios llenos de atractivo y misterio para un introvertido estudiante de arte. Cinemas, prostíbulos, bares e inquilinatos se sucedían uno tras otro en un trayecto colmado de personajes decadentes y sombríos. Era un paseo de rumba, trago, cine y algo de miseria. Esa fue la cotidianidad que forjó su visión, algo encandilada por el sol del mediodía, pero que hallaba reposo en las sombras de la noche.

Su imaginación, sin embargo, se consolidó al interior de las salas de cine. Allí, su fragmentada realidad se cohesionaba en una pantalla, en una historia finita y concreta. Luego, al salir, la realidad la comprendía a través de ese filtro cinematográfico, la encajaba en una sucesión de fotogramas a blanco y negro. Era un espectador silencioso que caminaba la ciudad buscando la historia que le diera sentido a su entorno. Una historia que, entendió, nunca podría concluir.

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Astudillo se obsesionó en particular con el cine mexicano, que en esa época estaba en auge, en parte, porque lograba establecer una relación de identidad entre la audiencia y los temas que abordaban sus películas. Los teatros se convirtieron en una suerte de cámara oscura, proyectaban en sus pantallas una imagen estilizada del exterior: putas, galanes de barrio, pobreza y música popular. Eso eran las melodramáticas películas de la época dorada del cine mexicano. Relataban los infortunios con los que se tenían que enfrentar los pobres por ser pobres: “Una suerte de neorrealismo latinoamericano”, como lo afirma Katia González. Esta fijación con lo “mexicano” hizo que, a pesar de la tendencia de sus colegas de ir a formarse a Europa, Astudillo viajara en el 76, gracias a una beca, a estudiar a la UNAM de México en la que probablemente fue su única incursión extranjera memorable. Luego, su vida se puede resumir en un ir y venir entre Cali y Popayán, donde ejerció como docente por más de 30 años.

Tal vez, por sus orígenes humildes o tal vez, por su fijación con el cine y la fotografía, optó por el dibujo en papel y grafito -o carboncillo- para plasmar casi la totalidad de su monocromática obra. Es apenas obvio afirmar que la gran mayoría de artistas, en Colombia y el mundo, vienen de clases sociales altas y sus trabajos son posibles, al menos al principio, gracias al soporte de los patrimonios familiares o de mecenas. La creatividad pocas veces es lucrativa, pero ante los escenarios más obtusos logra convertir las limitaciones en oportunidades. En este caso, es probable asumir que los suplementos artísticos eran algo que una familia como la de Ever no se podía costear, por eso, tal vez su genio se adaptó -como se adaptaron sus intereses- a lo que le ofrecía su contexto y qué más a la mano que el lápiz y el papel. Con eso le bastó. Solo eso era suficiente para un artista moderno de pocas palabras y pretensiones sencillas.

Ahora bien, en los setenta, las condiciones de posibilidad ya estaban dadas para que un artista pudiera deliberadamente elegir como técnica al dibujo, un arte que hasta entonces era menor o accesorio de la pintura o la escultura. En esta década, y en esta ciudad, hubo un auge por las artes gráficas materializado en tres bienales en el Museo de Arte Moderno de La Tertulia. La validación institucional, como ha ocurrido en repetidas ocasiones en la historia del arte, garantizan la exploración, creación y valoración de cierto tipo de manifestaciones artísticas. Para Astudillo fue factible, entonces, darle independencia al dibujo, dotarlo de valor e introducirlo en la escena artística nacional. Sin embargo, lo que hace especial a su obra es el diálogo en el que puso al dibujo con técnicas como la fotografía, un diálogo que se vio enriquecido fundamentalmente por la fructífera relación con sus colegas y amigos Fernell Franco y Óscar Muñoz.

No estamos, pues, en frente de un artista, sino de una generación. El corpus visual de la Cali de los setenta fue configurado por miradas simbióticas y técnicas diversas que se entrelazaban a partir de un eje común, la experiencia de ciudad. Una ciudad que, sin embargo, solo es accesible a través de sus imágenes: remembranzas de una Cali que se consumió en la vorágine de una promesa inconclusa de desarrollo. La transformación  desmesurada del paisaje urbano, en un principio por las adecuaciones para alojar los Juegos Panamericanos, fragmentó aún más una sociedad que ya tenía una tradición segregadora y violenta. El ojo de los artistas se volvió hacia lo que había quedado a las sombras de la parafernalia institucional del evento deportivo. Fernell Franco desarrolló toda una iconografía de los prostíbulos, Óscar Muñoz hizo lo propio con los inquilinatos, y Ever Astudillo creó una poética visual paralela a esta realidad. El diálogo entre las fotos de Franco y los dibujos de Muñoz y Astudillo creó un ecosistema que nos habla de nuevas dinámicas urbanas, turbulentas y marginales, de un no-lugar que no le pertenece a nadie pero que todos transitan. Esta relación se consumó en la exposición colectiva de 1979 “Ever Astudillo dibujos, Fernell Franco fotografías, Óscar Muñoz dibujos” realizada en el Museo de Arte Moderno de La Tertulia. De ahí en adelante sus vidas y sus trabajos tomaron rumbos hacia la consolidación, en el caso de Astudillo, y hacia la experimentación técnica y conceptual, en Franco y Muñoz.

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El tratamiento metodológico en la obra de Astudillo parte de una aproximación fotográfica, de un registro sobre el cual se construye un escenario, una atmósfera que logra encapsular un fragmento de tiempo en donde la tensión por lo que puede ocurrir desborda la propuesta del artista y, de esta manera, la responsabilidad de completar la obra recae sobre el espectador. Esa ambivalencia en el tiempo de la obra hace que de lo fotográfico se transite a lo cinematográfico: de la foto al fotograma. Es un continuo donde dice más lo que se omite que lo que se muestra, indicios de un momento indeterminado.

Sus dibujos siempre muestran una perspectiva, un ángulo, un encuadre determinado, pero, además, en muchas ocasiones nos presenta al espectador de ese encuadre, una silueta que interviene la escena con su presencia y, con esto, la modifica, la altera, la activa y la pone en tensión. Su punto de vista es el detonante de la obra, en donde los planos se superponen como capas, y donde se dirige nuestra mirada a la fuga de las posibilidades. Sin embargo, la obra de Astudillo no se queda en el recuadro que nos muestra, sino que se sale del marco y nos involucra, somos un espectador que ve lo que ve el espectador, espiamos al espía, y como era de esperarse, nuestra presencia modifica la obra y cada vez que la vemos se reabre la posibilidad, cada vez es una historia distinta. El asesinato se consuma, los desconocidos se enfrentan, el hombre cruza la calle, la luz del poste se vuelve intermitente, se abre la cortina…

Referencias:
ConversanDOS. (4 de Abril de 2012). Ever Astudillo, pintor, en ConversanDOS, con Darío Henao y Pakiko Ordoñez. Obtenido de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=_d35w8o8r_g
Díaz, O. (Enero - Junio de 2014). Entrevista a Ever Astudillo. ¿Qué está mirando?(2), 5- 28.
Giunta, A. [et al.]. (2014) Encuentro de investigaciones emergentes: reflexiones, historias y miradas. Bogotá: Instituto Distrital de las Artes, Universidad Jorge Tadeo Lozano.
González, K. (2014). Cali, ciudad abierta. Arte y cinefilia en los años setenta. Bogotá: (Díaz, 2014)Universidad de los Andes.
Serrano, E. (2006) Actitudes y comportamientos. En: Ever Astudillo: De la memoria urbana. Cali: Universidad del Valle y Secretaría de Cultura y Turismo de Cali.

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