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Cultura biográfica

Los protagonistas del arte colombiano

Camilo Sarmiento Jaramillo

09/05/2021

Volumen 7 - Nº 69 may./2021
ISSN: 2422-2216

Los protagonistas del arte colombiano

Hace unos años, cuando promediaba la primera década de este siglo, tuve un curso extraordinario de “Propedéutica de Textos”, asignatura de primer semestre del ciclo básico de la Escuela de Ciencias Humanas.

Al finalizar el semestre, en la charla que acostumbraba proponer con los estudiantes para buscar recomendaciones y comentarios que me permitieran mejorar en el siguiente curso, me hicieron notar que las lecturas de base y los problemas centrales estaban muy anclados en la tradición europea. Argumentaban que las competencias que buscaba desarrollar el programa podían igualmente fomentarse con la lectura de clásicos latinoamericanos, y específicamente colombianos, lo que consideraban más cercano a su realidad y a las preguntas que tenían sobre su contexto social y cultural.

Me pareció tan acertado este consejo que medité profundamente en él durante el periodo intersemestral. Al retorno de vacaciones propuse lecturas de pensadores reconocidos en las ciencias humanas de Colombia, desde la antropología y la filosofía hasta la historia, el periodismo y la literatura, y formulé el curso con base en documentos, temas y problemas relacionados con el país, su realidad, su cultura y su historia. El resultado de este giro fue un mayor interés por investigar el contexto de las lecturas y por formular preguntas propias, y un inusitado aumento de la participación de los estudiantes en los debates que se daban en las clases. Empecé a entender que lo colombiano podía valer la pena, y que merecía figurar en los programas que se me encomendaran de ahí en adelante.

Eso también ayudó a que empezara a enfocar mi labor investigativa cada vez más en Colombia, especialmente en la historia del arte, campo en el que había emprendido mis estudios de posgrado. Entendí que un vacío importante en mi formación había sido el arte colombiano, y me propuse la tarea de subsanar esa carencia en los estudiantes que tuviera a mi cargo en los cursos relacionados con arte que impartía en la Escuela de Ciencias Humanas. Fue así como, desde entonces, la última parte del semestre de mi curso de “Arte y Sociedad” la he dedicado a explorar el arte colombiano. También lo implementé de esta manera en cursos de los ciclos profesionales de Filosofía y de Historia, donde propuse electivas que profundizaban en las maneras de contar la historia del arte y de relacionarlas con el pensamiento y la estética, especialmente en los estudios sobre arte y artistas colombianos.

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Los estudiantes del semillero en la visita al taller de Nadín Ospina (5 de noviembre de 2019).

Ahí descubrí que proponer estos temas podía aumentar la entrega de trabajos que involucraran análisis de obras, artistas o momentos específicos de la historia del arte en Colombia. Y entonces decidí, desde el segundo semestre de 2015, convocar a un semillero en historia del arte colombiano a quienes sintieran una inclinación a profundizar y a aprender más en este campo. La respuesta fue alentadora, y desde entonces el semillero ha funcionado ininterrumpidamente con una asistencia que ha oscilado entre los seis y diez estudiantes por semestre, y una participación total de más de cuarenta estudiantes, egresados y profesores a lo largo de seis años. Durante este tiempo, nos hemos concentrado en explorar la historia del arte colombiano enfatizando en sus procesos, sus protagonistas, sus temas y sus problemas. Hemos apoyado procesos de investigación y creación relacionados con el arte colombiano, así como invitado a curadores e investigadores de amplia y reconocida trayectoria. También hemos visitado exposiciones y archivos y hemos conversado con curadores, expertos y coleccionistas. Todo en aras de conocer y discutir más acerca del arte colombiano.

En este sentido, quisiera señalar algunas de las actividades que hemos realizado en estos casi seis años de existencia. Como invitados al semillero vinieron al Rosario historiadores y críticos de arte con una reconocida trayectoria como Álvaro Medina, Ivonne Pini, Elkin Rubiano, María Margarita Malagón y Christian Padilla. También visitamos exposiciones como la de Leo Matiz en el MAMU del Banco de la República; las de Andrés de Santa María, Carlos Rojas y Gonzalo Ariza en el Mambo;  las de Lorenzo Jaramillo, Fernando Botero, Juan Manuel Roda y Pedro Nel Gómez en el Museo Nacional, y todas las curadurías permanentes de arte colombiano en el MAMU y en el Museo Nacional. Además, nos adentramos en las colecciones del Rosario, en la restauración de algunas de sus piezas y en el fascinante proceso de consolidación del museo universitario que ahora las alberga de la mano de Margarita Guzmán, su directora. En muchos de estos recorridos tuvimos como guías a los curadores de las exposiciones o a expertos en las obras de los artistas, lo cual nos ayudó a conocer de primera mano detalles sobre las obras y las curadurías.

Visitamos, también, un archivo impresionante de arte latinoamericano, el archivo Arkhé, en su primera sede del barrio San Felipe, y allí su director y propietario, Halim Badawi, tuvo con nosotros una charla abierta y generosa sobre arte, coleccionismo, crítica y política. Nos mostró lo difícil que es hacer coleccionismo en Colombia y salvaguardar archivos privados con la nula participación de fondos públicos. Y también fuimos invitados al taller de uno de los artistas plásticos contemporáneos más reconocidos del país: Nadín Ospina. Cuando lo visitamos, estaba empacando la exposición que presentaría en el Museo de Antropología de Madrid –y que a la postre resultaría afectada por la crisis mundial generada por la pandemia–, y fue emocionante escuchar sus historias sobre las obras que llevaría y sobre otros proyectos de su larga trayectoria. Fue una mañana inolvidable de arte, reflexión y diálogo que nos llenó de perspectivas y aprendizajes nuevos a quienes tuvimos la fortuna de asistir.

En resumidas cuentas, el semillero se ha articulado en torno a diferentes núcleos temáticos relacionados con la historia del arte colombiano, los cuales se definen cada semestre en la reunión inicial, y en torno al diálogo con los protagonistas del arte en el país. Esto ha permitido integrar diferentes discursos a nuestros propios debates. En un principio, nuestra investigación se centró en los años veinte y treinta del siglo XX, pues nos interesaba explorar cómo se habían planteado las condiciones que dieron lugar al arte moderno en Colombia y cuestionar las genealogías que se han planteado a este respecto, las cuales sitúan su origen en los años cuarenta e incluso en las dos décadas posteriores. Descubrimos, entonces, que se podía encontrar una serie de artistas que ya habían sospechado de las formas clásicas y académicas y que habían sentado las bases para la ruptura que se consolidaría a mediados de siglo. Y también descubrimos que muchos de esos artistas eran completamente desconocidos en nuestros días para la gran mayoría de los miembros de la comunidad universitaria y que, salvo las dudas que despertaban algunos nombres señeros del arte de la época como los de Pedro Nel Gómez o Luis Alberto Acuña, primaba una indiferencia hacia la historia del arte colombiano en general.

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Los estudiantes del semillero en la visita al taller de Nadín Ospina (5 de noviembre de 2019).

Fue por eso que, en alguna de las reuniones regulares, surgió la idea de hacer un proyecto que permitiera presentar algunos de esos artistas a la comunidad rosarista. La base del semillero había sido un curso de historiografía del arte donde habíamos estudiado el modelo biográfico, iniciado por las célebres Vidas de los más excelentes pintores, arquitectos y escultores italianos, de Giorgio Vasari, obra clave de la cultura occidental cuyas dos ediciones clásicas vieron la luz en Florencia en 1550 y 1568, respectivamente, y que fue fundamental para construir el prestigio del Renacimiento y dimensionarlo históricamente.  Varios estudiantes sugirieron, entonces, que adaptáramos ese modelo y escribiéramos biografías cortas de artistas que nos hubieran llamado la atención. Después de analizar y discutir los riesgos del modelo, emprendimos la selección de artistas y la investigación en torno a sus figuras en el segundo semestre de 2017, y pudimos empezar a publicar los textos en Nova et vetera en abril de 2018.

En su orden, se publicaron biografías de Débora Arango, Eladio Vélez, Carolina Cárdenas, Hena Rodríguez, Gonzalo Ariza, Rómulo Rozo y José Domingo Rodríguez. Si bien estos artistas encarnaron diferentes preocupaciones estéticas que los acercaron de una manera u otra a las tendencias indigenistas y a los primeros lenguajes modernos, no se trataba de los más conocidos por el gran público, con la excepción quizás de Débora Arango, quien había sido objeto de diferentes reivindicaciones por parte de entidades públicas y privadas, lo que había aumentado su recordación entre muchas personas de las generaciones más jóvenes, que se preguntaban con ansia quién sería la mujer que figuraba en los nuevos billetes de dos mil pesos colombianos. El resto de artistas permanecía en el olvido y sus nombres fueron rescatados, al menos para los lectores de este medio universitario, gracias al esfuerzo conjunto del semillero y de la revista. Algunos lectores escribieron complacidos por la aparición de la nueva sección, que los editores acertadamente decidieron denominar “Cultura biográfica”. Y, luego de la publicación de las siete biografías, en el seno del semillero se consideró que se había cumplido con el cometido inicial y que bien merecía la pena emprender nuevos proyectos y examinar nuevos horizontes del arte colombiano.

Fue entonces cuando decidimos adentrarnos un poco más en el siglo XX, y concentrarnos en los años sesenta y setenta, dos décadas de transición que configuraron nuevos rumbos del arte nacional y cambiaron los puntos de referencia del arte europeo al estadounidense.  Iniciamos con una exploración del performance, en el primer semestre de 2018, para luego dedicarles periodos enteros a la fotografía, al videoarte y a la gráfica testimonial, respectivamente. Encontramos unas décadas muy fértiles como objeto de estudio, donde la pluralidad de artistas y de formatos fue tan notable que necesitamos dos años para hacer un abordaje inicial. Consultamos archivos de obras y analizamos varios minutos de videos y registros de acciones efímeras en espacios públicos y privados. Enriquecimos notablemente nuestras herramientas como observadores del arte contemporáneo y, ante las dudas, consultamos de nuevo a los especialistas que orientaron nuestros enfoques y educaron mejor nuestra mirada. A finales de 2019, nos percatamos de que ya podíamos iniciar la redacción de una nueva entrega de “Cultura biográfica”, esta vez consagrada a artistas que protagonizaron los cambios referidos y exploraron la realidad nacional a través del grabado, el cuerpo, el dibujo, la fotografía y el video.

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Visita guiada a la exposición “El joven maestro Botero. Obra temprana” (1948-1963), en el Museo Nacional, a cargo de Christian Padilla, curador de la exposición (octubre de 2018).

Aunque las circunstancias propias del 2020, que aplazaron casi todos los proyectos académicos y editoriales en el planeta, nos impidieron acceder a los archivos y a las fuentes como hubiéramos deseado, presentamos desde este número el resultado de esa segunda fase de exploración de algunas vidas prominentes en la historia del arte colombiano. Comenzaremos en mayo con Luis Ángel Rengifo, dibujante y grabador caucano quien retrató con crudeza y valentía los excesos cometidos por los actores violentos en las décadas de los  cincuenta y sesenta, cuando la violencia campeaba en el territorio y los artistas no tenían mucha más salida que negarse al silencio y al olvido. El mes siguiente presentaremos a Delfina Bernal, pintora y artista conceptual barranquillera que hizo parte del agitado ambiente intelectual de la capital del Atlántico en los años sesenta. En el caso de esta biografía, la artista acompañó personalmente el proceso de investigación y corrigió datos y fechas, lo cual supuso una interesante interacción y un enorme aprendizaje. También la videoartista caleña Sandra Llano, con quien continuará la serie, fue entrevistada varias veces para elaborar su biografía. Los meses siguientes les ofreceremos textos sobre el dibujante caleño Ever Astudillo, la actriz y performer quindiana María Teresa Hincapié, el pintor y dibujante bogotano Luis Caballero y la pintora antioqueña Martha Elena Vélez, entre otros y otras que aspiramos a  presentarles en los siguientes números de esta revista.

Esperamos, con ello, hacer una pequeña aproximación a la vida y obra de los protagonistas del arte colombiano del siglo XX, e introducir a la comunidad rosarista en algunos de los procesos culturales y artísticos que se llevaron a cabo en las décadas del Frente Nacional. En un contexto tan complejo signado por el bipartidismo, por la violencia que le fue connatural y por la desigualdad social y política que causó, bien vale la pena recordar que muchos artistas, ya fuera en formatos tradicionales como el dibujo y la pintura o en nuevos medios como el video o el performance, intentaron dar cuenta de las preocupaciones y realidades de su entorno y plasmarlo a través de diferentes manifestaciones artísticas. A reconstruir parte de esa complejidad, la parte que le corresponde al arte, se dedica esta segunda entrega de Cultura biográfica. Ojalá la disfruten y la encuentren tan significativa como nosotros en su proceso de elaboración.

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