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Cultura

Antepenúltimas preguntas a Germán Espinosa

Andrés Felipe Escovar

09/10/2019

Volumen 5 - Nº 53 oct./2019
ISSN: 2422-2216

Antepenúltimas preguntas a Germán Espinosa

Han pasado trece años desde que le hice estas preguntas a Germán Espinosa (1938-2007).

Han pasado trece años desde que le hice estas preguntas a Germán Espinosa (1938-2007). Jamás lo conocí personalmente, es más, ni siquiera lo vi en persona. Le envié el cuestionario por correo electrónico porque él tenía problemas de salud. Apenas charlamos por teléfono y aún recuerdo su voz entrecortada por la enfermedad. No dialogamos más de tres minutos; todo fue muy ejecutivo, como una charla con un operador de call center.

Eso fue: un call center para hacer encuestas sobre “la literatura”.
Este interrogatorio no ocupa el distinguido puesto de haber sido el último que surtió Espinosa como escritor, ni siquiera su publicación fue póstuma pues ocurrió meses antes de su deceso. Es una entrevista más y ese hálito de lo repetible, precipita la presencia de la muerte como una amenaza que nos induce a calcular una inocua huida.

No hice muchas variaciones a mis preguntas, borré algunas acotaciones que las precedía o sucedían; estas sobran y me ponen en evidencia como un muchacho que buscaba parecerle inteligente a su entrevistado.
 
En sus relatos, ¿qué es primero: la anécdota o la idea?      
Pueden suceder ambas cosas o ninguna de las dos. Quiero decir que no necesariamente un relato supone un planteo de algo, salvo de una situación digna de ser contada. No creo que la narrativa deba constituirse en un púlpito, sólo en una forma de despertar inquietudes. Si mueve, claro, a reflexiones más o menos fructíferas, bienvenidas sean. Por ejemplo, al escribir mi relato “El gesto del profeta”, me inspiré únicamente en una creencia budista; sin intentar defenderla, pensé que se prestaba mucho para desarrollar una ficción. Eso y nada más. Claro, en ciertos casos, no puede uno evitar inventar algo para sostener alguna convicción; o que la anécdota que uno propone termine sosteniendo algo. En otros, son los comentaristas los que enriquecen el texto proponiendo   interpretaciones...
 
¿Cómo establece la forma narrativa de un relato?
Por regla general, dejo que sea el argumento mismo el que, luego de darle muchas vueltas, me diga cómo debe ser contado. Nunca he acostumbrado “aplicar técnicas” por el mero afán de exhibirlas. Un asunto no tiene sino un modo de ser narrado y, si no damos con él, la cosa naufraga. La mayor parte de las veces, hallar la manera en que debemos referir la anécdota puede costar muchísimas más meditaciones que ésta en sí misma. Por eso hay obras que escribimos en cosa de meses y otras que nos toman años.
 
En “La noche de la trapa”, confluyen elementos históricos, de ciencia ficción y filosóficos, ¿Cómo logró la articulación de estos aspectos que para muchos pueden ser excluyentes?
No veo por qué deban excluirse, mas lo cierto es que todo ocurrió de modo muy espontáneo. La escritura del libro que Ud. cita tomó como cuatro o cinco años y en ese lapso, cuando se es joven como lo era yo, uno va de lectura en lectura y abarca numerosos mundos. Los elementos que señala corresponden, pues, a inquietudes diversas que iban brotando. No he creído mucho en la necesidad de imprimir una unidad de acero a los libros de cuentos. En ello creen numerosos autores actuales, incluso dándolo como atributo de eso que llaman “posmodernidad”, pero tal cosa no me quita el sueño. Cada relato es para mí un orbe propio y cerrado, no tiene por qué profesar lealtades a los demás del mismo libro. Menos afinidades temáticas. No creo, pues, haber logrado articulación alguna, sólo un surtido de inquietudes.
 

 

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¿De dónde viene la idea de “Los doce infiernos”, libro en el cual los epígrafes forman parte esencial de los relatos a tal punto que en ocasiones pareciera que ellas fueron escritas después de los relatos?
Es curiosa esta última anotación, pues la verdad es que, en la mayoría de los casos, el hallazgo del epígrafe apropiado pudo venir años después de concluido el relato. No. Sucede que, en una ocasión, un profesor infatuado trató de convencerme de que colocar epígrafes a un texto era muestra de pedantería. Por esos días daba el orden final a Los doce infiernos y entonces resolví poner un epígrafe en cada uno de los relatos. Ello tomó un tiempo pero, en la medida en que leía o en que iba haciendo memoria, las citas iban surgiendo. A menudo, las cosas son así de simples.
 
¿Cómo llegó a elaborar textos que estuvieran en la línea limítrofe entre el ensayo y el cuento, como los aparecidos en “El naipe negro”?
Es algo surgido de mi convicción de que la narrativa y en especial la novela constituye no un género aparte, sino una síntesis de los demás géneros y de que, por tanto, participa de todos ellos. Cualquiera puede ver, por ejemplo, cómo en el Quijote irrumpen con frecuencia relatos cortos que se insertan en la narración o cómo, incluso, poemas enteros. En cuanto al ensayo, la posibilidad de asimilarlo a la novela no es nueva: la practicó, por ejemplo, Voltaire y, en el siglo XX, Thomas Mann en obras como La montaña mágica. Ahora bien, en ciertos casos, como en el de mi novela La tejedora de coronas, el relato va moviéndose entre la pura narración o la reflexión ensayística, según lo pida el desarrollo; en otros, como en el de mi novela El signo del pez, la obra en sí había sido inicialmente concebida como ensayo, sólo que se dio el paso a la novela como un modo de interesar más al lector. No huelga anotar aquí cómo justamente El signo del pez puede erigirse en ejemplo de texto narrativo mío escrito para destacar un punto de vista, el del cristianismo como sincretismo entre creencias hebreas, neoplatónicas, estoicas y gnósticas (no, por supuesto, para defenderlo ni mucho menos tratar de imponerlo).
 
 

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¿Qué distinción o similitudes hay entre la oposición de oscurantismo y búsqueda de la verdad y ciencia que los críticos han encontrado en su novela “Los cortejos del diablo” y la que late en Genoveva Alcocer al explicarse la Europa racional del siglo XVIII por medio de la magia e intuición?
No es que en La tejedora de coronas tratara yo de explicar la Europa racional del siglo XVIII por medio de la magia e intuición: es que así ocurrió en la realidad. Tal como toda la filosofía occidental nació de las intuiciones cosmogónicas de los “filósofos niños”, así el racionalismo dieciochesco lo hizo en antros esotéricos, espiritistas, masónicos... Claro, como Uds. lo señalan, quise yo, eso sí, oponer lo dionisiaco, encarnado en la magia, al orden supremo de rango apolíneo representado o bien en la Iglesia o bien en la Monarquía. Es lo que liga inseparablemente en intención a las dos novelas por Uds. señaladas. No sobra indicar aquí la forma como, en La tejedora..., quise relevar la importancia de la dirección científica en un mundo presidido hasta entonces por la superstición, pero asimismo el modo como muestro —sobre todo en las secuencias del castillo del barón von Glatz— el peligro en que la ciencia habría de sumergirnos al intentar destronar la espiritualidad. Lo de “ciencia remota a conciencia” no es un mero decir.
 
¿En qué consiste la llamada identidad cultual mestiza?
Reclamo esa identidad para el latinoamericano, no sólo en cuanto constituimos una mezcla de razas (por lo demás, el concepto de raza está siendo revaluado: todas no son más que una sola), sino en cuanto conformamos una cultura de culturas, es decir, una síntesis de todas las culturas del mundo. Ello ocurrió por igual en Europa, sólo que los europeos detestan recordarlo. A nosotros, como lo señaló Borges, felizmente nos permite aspirar a todas las tradiciones.
 
A lo largo de su obra se hace mención a distintos autores ¿esta alusión explícita la realiza como un reconocimiento o es una suerte de mensaje cifrado para lectores que gocen de cierta erudición?
Por Dios, puede haber tan variada intención en la mención de éste o de aquel autor... A veces, citamos como respaldo a lo que afirmamos; otras, para encadenar ideas; otras, por mera admiración. Lo importante, me parece, es que las citas sean bien traídas y no de los cabellos.
 
¿Todos los géneros literarios han sido inventados o revelados? ¿No queda otro camino que una mixtura o hibridación de ellos?

Creo haber respondido ya a esta pregunta. Los géneros literarios son como hipóstasis los unos de los otros. Del poema heroico y del drama teatral surgió la novela. Quizás la única razón por la cual se apela a la división en géneros sea la de facilitar la exploración del crítico. En cuanto a invención o revelación, no lo sé. Al parecer, los primeros textos literarios fueron los llamados “textos sagrados”. ¿Fueron revelados éstos?
 
¿Qué opinión le merece esta marejada de nuevos escritores que han venido publicado en los últimos años?
No los conozco bien. Pero supongo que los habrá buenos y malos. Toda generación trae su marejada. El tiempo va filtrando.

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