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Cultura

Desayuno en Tiffany & Co - Bogotá

Jaime Luis Charris

09/06/2020

Volumen 6 - Nº 60 jun./2020
ISSN: 2422-2216

Desayuno en Tiffany & Co - Bogotá

En agosto de 2017 asistí al lanzamiento en Colombia del libro El séptimo círculo del infierno -Escritores malditos, escritoras olvidadas, del escritor español Santiago Posteguillo.

En él se compila una colección de relatos dedicados a la historia de la literatura. En su intervención, Posteguillo se refirió a la única e irrepetible sensación de leer por primera vez ciertas obras de la literatura; hacía alusión a uno de los libros de esa magnífica escritora de novela negra injustamente olvidada: Vera Caspary. Sostuvo en esa conferencia que envidiaba a todo aquel que leyera por primera vez Laura (o que viera la película basada en el libro), una de las novelas más importantes de Caspary, ya que él jamás volvería a experimentar la sensación de su primera lectura, ese momento genial que solo ocurre una vez. No pasó mucho tiempo para que yo consiguiera un ejemplar de Laura y viera la película y creo que si Posteguillo hubiese tenido conocimiento de esos hechos, la envidia le habría llevado a dispararme a sangre fría.

            Juan Gabriel Vásquez, reconocido escritor colombiano declaró sin tapujos en el programa Leer por gusto, que sentía envidia por todas esas personas que aún no habían leído Cien años de Soledad: “A mí me da mucha envidia la gente que todavía no ha leído Cien años de Soledad, porque leer ese libro por primera vez, es algo que yo quisiera hacer”. Yo también siento envidia de ellos. 

            Y siento envidia de los que vayan a leer por primera vez Desayuno en Tiffany’s, esa obra extraordinaria que publica Truman Capote en 1958 y cuya adaptación cinematográfica, dirigida por Blake Edwards, se estrenó en 1961 con el papel estelar de Audrey Hepburn y George Peppard. Los pasajes inolvidables del libro, así como las escenas de la película, ya convertidas en clásico, hacen que esta obra encuadre perfectamente dentro de esos trabajos que al leerlos dejan la nostalgia de ver pasar el momento feliz que significó ese primer encuentro.

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            Holly Golightly, personaje alrededor del cual gira la historia construida por Capote, está convencida que no encontrará un lugar que le confiera tanta tranquilidad como la famosa joyería Tiffany’s. Me atrevería a afirmar que la filosofía de Holly Golightly (o Lulumae), se resume en el siguiente aparte del libro:
 
What I’ve found does the most good is just to get into a taxi and go to Tiffany’s. It calms me down right away, the quietness and the proud look of it; nothing very bad could happen to you there, not with those kind men in their nice suits, and that lovely smell of silver and alligator wallets. If I could find a real-life place that made me feel like Tiffany´s, then I’d buy some furniture and give the cat a name
 
He comprobado que lo que mejor me sienta es tomar un taxi e ir a Tiffany’s. Me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como me siento en Tiffany’s, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato
 
            Esta reflexión nos lleva a escarbar un poco en nuestra mente acerca de cuántos lugares nos ofrecen la sensación de calma, seguridad y confort que a la señora Golightly le confería la famosa joyería. Estoy seguro que muchos sienten lo mismo cuando visitan determinado centro comercial, almacén o tienda de autos. El aroma, confort de los muebles o la amabilidad de los trabajadores que exponen las características de lo que venden, hacen que resulte inevitable percibir la calma del lugar. Es lo más cercano a la plenitud y creo que cualquiera desearía quedarse a vivir allí.

            Pero como la “literatura no se agota con la lectura” según lo expresado por Mario Vargas Llosa en un conversatorio en España; quise ir más allá, porque cuando una obra me atrapa, siento la necesidad de vivirla y experimentarla de todas las formas posibles. Pienso que el papel del lector no debe limitarse a seguir las páginas con la imaginación; debe ser más profundo, hasta donde sus posibilidades se lo permitan. En mi caso, procuro dar vía libre a todas las herramientas, trasladando lugares y situaciones a momentos de mi vida cotidiana. En ese orden, visitar la tienda Tiffany’s en New York, donde se filmó la escena más emblemática de la película, dejó de ser buena idea cuando me enteré que allí se recrea de manera fidedigna el episodio. Tiffany & Co New York abrió una cafetería con vista al Central Park, en donde por unos US$32 puedes degustar el croissant con los que Holly Golightly solía contemplar la vidriera de la joyería. Perdió sentido, para mi propósito, que incluso te dejaran ingresar a la tienda con el desayuno. Por eso necesitaba otro reto.

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En Bogotá en el 2014 abrió sus puertas la primera tienda oficial Tiffany & Co en Colombia, 177 años después de que fue fundada. El Centro Comercial Andino, gracias a la puesta en marcha del próspero negocio de joyas, regresó a los años sesenta. Yo debía entrar allí. Debía encarnar a ese narrador anónimo profundamente atraído por la belleza de Holly. Y es cierto, en un lugar como Tiffany & Co - Bogotá no podría ocurrirte nada malo; es casi un museo, ya que se exhiben fotografías enmarcadas relacionadas con la historia de la famosa tienda. Pregunté por algunas de esas prendas que lucen imponentes en esas manos de guantes negros de los asesores, mientras me llevaba a la boca un croissant de Tostao, para así aniquilar mi deseo de observarme dentro de esas emblemáticas escenas.
 
            A pesar del éxito del libro y la película, Capote realmente quería que el papel de Holly Golightly lo interpretara Marilyn Monroe, pero esta no aceptó el ofrecimiento porque sus representantes consideraron que podía dañar su carrera. En el caso de Vera Caspary, la muerte de Marilyn significó el fin de un magnífico proyecto que adelantaba con 20th Century Fox. El libro de Santiago Posteguillo reseña que a Caspary le ofrecieron US$150.000 por su guion de Illicit, una historia original que jamás había sido publicada como novela y que iba a ser protagonizada por Marilyn Monroe, quien falleció en 1962, trayendo como consecuencia el archivo del proyecto.
           
Para los que quieran despertar la envidia en Posteguillo y en mí, pueden iniciarse en estas lecturas y películas; será una experiencia única respecto a aquellos que la vivan por primera vez.

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