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Cultura

El mito de la Segunda República: El Frente Nacional contra la República

Juan Antonio Pretelt

09/11/2019

Volumen 5 - Nº 54 nov./2019
ISSN: 2422-2216

El mito de la Segunda República: El Frente Nacional contra la República

«¿Por qué no hicimos más para ayudar a los antifascistas durante la Guerra Civil?», preguntó Eleanor Roosevelt. «Porque a usted y a mí nos hubieran cortado la cabeza si hubieran ganado», replicó Winston Churchill (en noviembre de 1942) (Roosevelt and Churchill: Men of secrets, por David Stafford).

Con una larga trayectoria de inestabilidad política, un historial de asesinatos a presidentes de gobierno, la dictadura de Miguel Primo de Rivera y una república maltrecha, España consumó su decadencia al entrar en la guerra civil.

Con la imagen lamentable del monarca Alfonso XIII, quien, tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, abandonó España para un no retorno. Así nació la república. Los movimientos republicanos integrados por la Derecha Liberal Republicana, de Niceto Alcalá-Zamora; el PSOE de Indalecio Prieto y el UGT, de Julián Besteiro, se congregaron alrededor del Comité Ejecutivo Revolucionario. Finalmente, la alianza se selló el 17 de agosto de 1930 con el pacto de San Sebastián. Posteriormente constituyeron un gobierno a la sombra presidido por Alcalá-Zamora.

Tras la caída del dictador Miguel Primo de Rivera, la popularidad de Alfonso XIII se precipitó. El monarca era visto como un ser banal e incapaz. Así que, durante las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, convocadas por el recién nombrado presidente de gobierno, Juan Bautista Aznar, existía el temor latente de que las candidaturas republicanas se hicieran con los ayuntamientos. Lo cierto es que en el campo ganaron las candidaturas monárquicas, pero en las grandes ciudades triunfaron los partidos contrarios a la monarquía.

Dámaso Berenguer, quien había antecedido al almirante Aznar como presidente de gobierno, se desempeñaba a la fecha de las elecciones como ministro de Guerra, éste dio la orden al ejército de acatar la voluntad popular cualquiera que fueran los resultados. El anuncio de la victoria electoral en las grandes ciudades de las coaliciones republicanas-socialistas precipitó la salida de Alfonso XIII, quien con la intención de evitar un derramamiento de sangre emprendió su huida a Cartagena donde se embarcó hacia Francia. La ingobernabilidad en la que se encontraba España sumado al espacio vacío tras la salida de Alfonso XIII, catalizó el esperado ascenso de la república. El Comité Revolucionario Republicano, de forma abiertamente ilegítima, proclamó la II República y  Alcalá-Zamora asumió la presidencia del gobierno.

Bajo la “paternidad espiritual” de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala nació la II República. Ésta tuvo que soportar el ruinoso legado de la dictadura de Miguel Primo de Rivera tras un mastodónico plan de inversión pública en infraestructura. Lo cierto es que la república recibió un país: Ilíquido, tras la fuga de capitales; endeudado, con la banca internacional; la Hacienda pública quebrada y la peseta devaluada. La difícil situación económica sumada a la inestabilidad política obligó a que Alcalá-Zamora gobernara mediante decretos, es decir, de forma excepcional, sin ejercitar las instituciones republicanas que propendía defender.

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Si existía dificultades económicas, la geografía castrense no estaba mejor. Por iniciativa de los generales Goded, Ponte y Orgaz, le ofrecieron al director de la Guardia Civil, el general José Sanjurjo, alzarse contra la república y asumir la jefatura del país, pero los conspiradores no tuvieron éxito, y su líder, el General Sanjurjo fue arrestado luego del intento del golpe o “sanjurjada”. También existieron intentos de levantamiento por parte de los anarquistas, monárquicos, comunistas y fascistas que abiertamente se declararon contrarios a la república. A pesar de todo, existieron partidos que asumieron un rol democrático. A la derecha se encontraba Acción Nacional (más tarde Acción Popular) el partido de Antonio Goicoechea, José María Gil Robles y el sacerdote Ángel Herrera Oria, estos dos últimos posteriormente fundaron la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) partido que ganó las elecciones de 1933.

Tras el fin del primer bienio o bienio reformista (1931-1933) encabezado por el socialista Manuel Azaña, como presidente de gobierno, en reemplazo de Alcalá-Zamora, –quien posteriormente ocupó la presidencia de la república– la derecha se dispuso a gobernar. Durante el primer bienio, Azaña demostró ser incapaz de mantener la paz en la república. A pesar del aparente respeto confesional de la república, fue tristemente célebre la actitud cómplice omisiva del gobierno de Azaña en el episodio de la quema de conventos. Incluso, Azaña llegó a afirmar que “ni todos los conventos de Madrid juntos, valen la vida de un republicano”. Pero la furia anticlerical de los socialistas y la posición ominosa de la izquierda fue castigada en las urnas, cuando en las elecciones de el 19 de noviembre de 1933, los españoles eligieron a la coalición de derechas quienes prometían ponerle fin a la violencia y persecución de la izquierda.

Luego de pactar con La Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), los radicales conformaron gobierno en cabeza de Alejandro Lerroux. Lerroux hizo sus nombramientos y convocó al CEDA para que participara en el gobierno. Pero el gobierno de la derecha no cuajó y estuvo envuelto en una serie de escándalos de corrupción. En octubre de 1934 estalló el escándalo del estraperlo, y en diciembre, el de Tayá-Nombela. Así que Alcalá-Zamora preparó la salida del bienio radical-cedista. La pieza clave fue el líder socialista Francisco Largo Caballero quien se hacía llamar el “Lenin español”. Aunque se identifica erróneamente el golpe de 1936, –conjurado por el bando nacional–, con el inicio de la guerra, lo cierto es que apenas dos años atrás, la izquierda se encontraba ya sublevada. De corta duración, aquella sublevación izquierdista en 1934 hirió mortalmente a la república.

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Con un PSOE stalinizado de la mano de Largo Caballero, fue cuestión de meses para que la izquierda se alzara contra el gobierno de Lerroux. Largo Caballero pretendió recrear los hechos de la revuelta de Petrogrado en Madrid y declaró la “guerra civil” en 1934. A la revolución también se le sumó los separatistas catalanes. El 6 de octubre, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys proclamó la república catalana desde el balcón. También existieron alzamientos en León, Santander y Vizcaya pero fue en Asturias donde escaló la revuelta y con la unión entre la Alianza Obrera y el CNT, se armaron más de 15.000 obreros con fusiles proporcionados por Indalecio Prieto. Los obreros insurrectos tomaron las plazas de Mieres, Gijón, Avilés, Trubia, La Felguera, Sama de Langreo y Oviedo, donde quemaron iglesias, saquearon monasterios, asesinaron sacerdotes y católicos.

Los republicanos de izquierdas fueron eclipsados por los comunistas interesados en instaurar la dictadura del proletariado y los republicanos de derechas comprobaron amargamente que se encontraban indefensos ante la violencia política. Así fue cómo socialistas, comunistas, anarquistas, sindicalistas y separatistas consumieron a la república. Mientras que la represión de Asturias precipitó la caída del gobierno de Lerroux, se esperaba que fuera el CEDA de Gil Robles quien conformase gobierno, pues su partido mantenía la mayoría en las cortes, pero Alcalá-Zamora recurrió a Manuel Portela para que aquel ejecutara el decreto de disolución de las cortes.

Como parte de la estrategia de la Comintern, Los partidos de izquierdas se conglomeraron para presentarse unidos en las elecciones del 16 de febrero de 1936, cuya táctica consistía en agrupar a todos los partidos de filiación izquierdista para hacerse con el poder. Tomado el poder, los comunistas iniciarían la “revolución del proletariado” –que en la práctica consistía en traicionar a los partidos republicanos  y destruir el orden de la república–. En el Séptimo Congreso de la Internacional Comunista se fijó dicha directriz, se les ordenó a los partidos comunistas europeos aliarse con los partido republicanos y conformar un “Frente Popular” para contener el avance fascista en Europa, para finalmente convertir a los países en satélites de la URSS como bien lo describió Georgi Dimitrov, secretario de la Comintern quien advirtió que “Cuando hayamos fortalecido nuestras posiciones, entonces podremos ir más allá”. Ir “más allá” significaba eliminar a sus antiguos aliados políticos.

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Los partidos que integraban el Frente Popular se presentaron a las urnas y sus milicianos, fusil en mano, robaron las actas de los colegios electorales. De esta forma quedó consumado el fraude. Días después de las elecciones generales de 1936, el presidente de gobierno Manuel Portela renunció y Alcalá-Zamora recurrió a Azaña para que éste asumiera de nuevo la presidencia del gobierno. Durante el ínterin de Azaña, la violencia se crispó. El temor del retorno de la violencia en complicidad de un Estado ominoso, impulsó la idea de un golpe militar para frenar la avanzada del terror socialista, que efectivamente llegó a su cenit tras el magnicidio de José Calvo Sotelo, líder de la oposición. Para el momento de la sublevación de los generales Emilio Mola, José Sanjurjo y Francisco Franco no existía una república que defender y Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala entre el pudor y la vergüenza se retractaron publicamente de haber impulsado la república.

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