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Omnia

Discurso del sociólogo venezolano Tulio Hernández

Santafé de Bogotá, 16 de agosto de 2019

09/09/2019

Volumen 5 - Nº 52 sep./2019
ISSN: 2422-2216

Discurso del sociólogo venezolano Tulio Hernández

Mesa directiva del Acto de Graduación en el Aula Máxima del Claustro del Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario, presidida por el decano Julio Londoño Paredes.

 

​Discurso del sociólogo venezolano Tulio Hernández, Orador invitado al Acto de Grado 2019 de la Facultad de Ciencias Políticas y Gobierno, Relaciones Internacionales y Gestión y Desarrollo Urbano de la Universidad del Rosario.

Buenos días,
 
Julio Londoño Paredes, decano de la Facultad de Ciencias Políticas, Gobierno y Relaciones Internacionales.
 
Luis Enrique Nieto Arango, exsecretario general y director de la Unidad de Patrimonio Cultural e Histórico.
 
Francesca Ramos Pismataro, vicedecana de la Facultad de Ciencias Políticas, Gobierno y Relaciones Internacionales; y directora del Observatorio Venezuela, primer centro de estudios creado en Colombia especializado en el tema.
 
José Francisco Rodríguez La Torre, director del Área de Metodología y Formación e Investigación de la Facultad de Ciencias Políticas, Gobierno y Relaciones Internacionales.
 
Andrés Mauricio Suárez, representante del Consejo Estudiantil de Programa de Relaciones Internacionales.
 
Carlos Fernando Girón, vicepresidente del Consejo Estudiantil del Programa Ciencias Políticas y Gobierno.
 
Yeripsa Benavides Chacón, secretaria académica de la Facultad de Ciencias Políticas, Gobierno y Relaciones Internacionales.
Apreciados graduandos y sus familiares y amigos.
 
Señoras y señores. 
 
I. Desde hace un año y medio, casi todos los viernes, a eso de las siete de la mañana, envuelto por un frío que reaviva mi condición de forastero, me adentro en el Claustro de la Universidad del Rosario. Lo que quiere decir que, todos los viernes, visito una de las más hermosas edificaciones del Centro Histórico de Bogotá, sede principal de una de las más antiguas universidades de Colombia. Atravieso su patio central, saludo a la estatua del fundador, subo hacia la Casa Rosarista y en una de sus salas participo, durante unas tres horas promedio, en la reflexiones y debates que juntos oficiamos profesionales venezolanos del Grupo Ávila/Monserrate y colombianos del Observatorio Venezuela de la Universidad del Rosario.
 
Al terminar la sesión hago el camino inverso. Es el momento cuando me invade la certidumbre de que con este pequeño ritual, con el solo hecho de participar de esta actividad académica cobijado por un edificio que ha visto pasar por siglos generaciones diversas de profesores y estudiantes dedicados a enseñar y aprender, a investigar y transmitir saberes; que solo este pequeño gesto, insisto, hace que me sienta menos extranjero y vulnerable, más habitante y menos desplazado, acompañado por la fuerza de la academia porque al final todo indica que en cada universidad caben todas las universidades del mundo, porque cada una de ellas, a su manera, es un espacio de la libertad, la creación y el pensamiento.
 
Ya de regreso a casa, deambulo por la séptima avenida mientras recuerdo, siempre recuerdo, que soy un exiliado político y reavivo el día cuando –huyendo de una orden de cárcel de un gobernante cuyo apellido no quiero recordar– salí de mi país a pie por la frontera, entonces pienso agradecido que en este otro lado al que crucé, en Colombia, en este país que ahora es también mío, no solo he recibido protección, amistad y generosidad, también he encontrado la cercanía de una Casa de Estudios que me hace sentir más cerca de la mía, por ahora extraviada. El alma mater de donde vengo se llama Universidad Central de Venezuela y data de 1721. El alma mater que esta mañana me abre sus puertas, se llama originalmente Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario, fue bautizado así en 1653. Yo, Tulio Hernández, se los agradezco en la persona del decano Julio Londoño y del resto de las autoridades aquí presentes.
 
II. Se pueden entonces imaginar ahora la alegría inmensa que ha significado para mi persona y para mi esposa, aquí presente, aceptar la invitación para hacer de Orador de Orden, en este acto de grado en las carreras de Ciencias Políticas y Gobierno, Relaciones Internacionales, y Gestión y Desarrollo Urbano de esta ilustre universidad.
 
Un acto de grado universitario, no lo olvidemos, es siempre el recordatorio, la celebración, de que un grupo de personas –ustedes los graduandos– han terminado la etapa fundamental de adquirir una formación básica, aprender una profesión y hacerse merecedores de un título que los autoriza a ejercerla. Y en este ritual, hoy realizado en esta hermosa Aula Máxima iluminada por el arte pictórico y vestida de historia, venimos a valorar la proeza –su proeza apreciados graduandos–, y a darle su trascendente significado, para cada uno de ustedes, sus familias, sus profesores y la Universidad.
 
Pero, y ahora sí voy entrando en materia, me gustaría creer que no es solo la obtención del título, el final de esfuerzo, lo que deberíamos celebrar hoy. Celebramos también con alegría el largo y rico viaje de años, el encuentro que ustedes han tenido durante este tiempo con un mundo nuevo y complejo de sensaciones, aprendizajes, relaciones, iniciaciones, que hace que los adultos que hoy egresan tengan una mucha mayor riqueza interior que los casi adolescentes que años atrás ingresaron por las mismas puertas de este claustro.
 
Porque, efectivamente, lo más importante de la vida universitaria, no termina ni comienza en las aulas de clases. Lo mejor de la universidad es pasar por ella: los debates realizados, las películas vistas, los libros leídos, los enigmas del pensamiento y los misterios de la existencia con los que topamos reflexivamente por primera vez, las causas complejas de la política y los movimientos sociales con los que entramos en contacto. Y no excluyo: las fiestas vividas, las amistades hechas, los afectos nuevos y los amores bienvenidos que en muchos casos serán para siempre.
 
Por eso comparto la idea de que la formación de pregrado es ante todo un formidable viaje, no exento por supuesto de dudas, obstáculos y dificultades, pero viaje al fin donde lo importante no es el lugar a donde se llega, sino las riquezas maravillosas y los aprendizajes paralelos que fuimos encontrando por el camino.
 
La universidad, y esta es la segunda idea fuerza que quiero compartir con ustedes, no es, o no debería ser, solo una maquinaria de producción en línea de profesionales. Sin dejar de preparar a sus egresados para el trabajo, la universidad tiene que mantener vivo su papel de centro de pensamiento, de lugar de la reflexión y la imaginación, de santuario de la crítica social no importa que esta resulte incómoda al poder; porque la universidad tiene que ser vigilante centro de denuncia de aquello que en el país al que pertenecemos no marcha bien: de las injusticias, las exclusiones, los abusos de poder que se deben corregir.
 
Y, en contrapartida, porque la crítica a secas por sí sola no sirve, la universidad debe ser un centro de generación de ideas, metodologías, innovaciones gerenciales, estrategias operativas, tecnologías, diseño de políticas que ayuden a los gobiernos, los entes privados y las ONG, a gestionar mejor la realidad con la que les toca enfrentarse.
 
III. Hace muchos años, tuve la suerte de leer una conferencia dictada en Ciudad de México por el novelista portugués José Saramago. En aquella ocasión, el Premio Nobel de Literatura que hablaba en la Cátedra Julio Cortázar, contó que venía de regreso de un reciente viaje a Marte. Y explicó a los presentes que los marcianos no eran verdes. Que, por el contrario, se parecían mucho a nosotros los terrícolas. Solo que no tenían hombros. ¿Y saben por qué no tenían hombros? Porque los habían perdido. Porque a cada marciano le importaba tanto la vida de cada otro marciano, a cada marciano le importaba tanto el destino de todos los demás marcianos, que no conocían ese gesto de encoger los hombros con el que los humanos solemos expresar que algo no nos interesa: cuando decimos, levantándolos, “ese no es mi problema”. “En el tiempo que estuve en Marte –confesó Saramago– nunca vi a un marciano encogerse de hombros”.
 
Esta parábola de Saramago la cito como puente para entrar en la tercera idea: ser profesional universitario es un privilegio que, por tanto y en consecuencia, se convierte en una descomunal responsabilidad –especialmente en regiones como América latina, donde ningún país supera el 20% de la población con acceso a educación superior– y, más aún, si han estudiado en una universidad de alto nivel como esta donde hoy conversamos.

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Porque este privilegio, además de la satisfacción familiar y de la gratitud personal que debemos sentir, nos compromete más aún a los universitarios con quienes no han tenido ni este ni otros privilegios y con el país al que debemos buena parte de nuestra formación.
 
Como a los marcianos de Saramago, a los universitarios terrícolas (sin necesidad de perder los hombros porque nos veríamos muy extraños), nos debería interesar el destino de cada uno de nuestros congéneres y asumir el compromiso con todos y cada uno de ellos. Sin compromiso social, sin responsabilidad para con los demás, sin pasión por hacer que nuestros conocimientos sean útiles, nuestra vida profesional es incompleta. Solo se llega a la excelencia por vía del compromiso y no a la inversa.
 
IV. No puedo terminar estas palabras, sin mencionar la situación de los venezolanos en Colombia. No para hacer referencia a la tragedia que ya todos ustedes conocen. Sino para recordar que el destino de nuestros dos países ha estado siempre entrelazado. Que nuestras vidas nacionales están unidas por un cordón umbilical. Que la rueda de la fortuna unas veces ha castigado a Colombia, empujando a millones de sus habitantes a buscar refugio en Venezuela. Y otras veces, como en el presente, ha empujado a los venezolanos, que este año arribamos a casi un millón y medio de desterrados, a buscar refugio de este lado.
 
Eso lo sabemos. Pero lo novedoso, lo que nunca antes había ocurrido como en el presente, es que la situación política de uno de los dos países, en este caso de Venezuela, afectara de manera tan contundente y decisiva la del otro. Porque al fenómeno migratorio, que ya es un reto mayor para el gobierno y para el pueblo colombiano, hay que sumarle la manera como el gobierno dictatorial venezolano, el totalitarismo vestido de seda, ha hecho del nuestro un territorio de libre operación para las bandas criminales, el ELN, la disidencia de las FARC y los ilícitos del narcotráfico; los contrabandos de gasolina, personas, órganos y capitales, convirtiendo a Venezuela en una amenaza para la estabilidad de Colombia y de toda la región latinoamericana.
 
En consecuencia, el destino de Colombia esta hoy indisolublemente unido a la manera como los venezolanos salgamos del secuestro de nuestra democracia. Y lo que va quedando claro, tal y como lo anuncian muchos estudios universitarios, es que la reconstrucción de Venezuela –en la que desde ya estamos trabajando centenares de profesionales dentro y fuera del país–, solo será posible de manera integral y exitosa si ocurre al mismo tiempo que la siempre deseada, pregonada, pero aún no realizada, integración económica, política y cultural entre ambos países. Una tarea en la que se avanzó de manera importante cuando dos hombres de frontera, el doctor Virgilio Barco, nacido en el Norte de Santander y Carlos Andrés Pérez, nacido en el estado Táchira, coincidieron en la Presidencia de cada país. Y –esta mañana es para mi un honor reconocerlo públicamente–, usted, decano Julio Londoño, era canciller de la República de Colombia y puso todo su empeño trabajando en esa misión. Sin embargo, a pesar de los logros entonces alcanzados, aquel proceso no perduró en el tiempo ni resistió los giros políticos, y la integración sigue siendo una asignatura pendiente para ambas naciones y nacionalidades.
 
Eso nos permite concluir, que sí, que la situación actual generada por la barbarie delincuencial de pensamiento fanático que gobierna a Venezuela, es una gran amenaza, pero también que debemos mirar desde el presente, la reconstrucción inminente que vendrá, como una extraordinaria oportunidad de ver a las dos naciones avanzando juntas, hombro a hombro, por el camino del bienestar de manera que más nunca ni los colombianos ni los venezolanos tengan que partir intempestivamente de sus patrias y que cada nacionalidad, antes que una carga, sea un apoyo firme para el crecimiento económico y el desarrollo social integral de la otra. Que cada nación por su cuenta, y las dos juntas, logren dejar de ser repúblicas del odio y la intolerancia oficiados por políticos armados y se conviertan en territorio del entendimiento, la equidad y la convivencia pacífica entre quienes piensan diferente.
 
V. Estimadas autoridades y profesores de la Universidad del Rosario aquí presentes, apreciados graduandos junto a sus familiares y amigos, señoras y señores: desde que supe que tendría que hacer estas palabras de hoy, comenzó a rondar en mi memoria uno de los versos del himno de mi Alma Mater que dice:
 
“Esta casa que vence las sombras, os invita su voz a escuchar”.
 
En ese corto verso están reunidas tres palabras, sencillas y claves, para terminar de entender el significado trascendente de la institución universitaria.
 
“Esta casa”, porque eso es lo que es una universidad: una casa, en el sentido de hogar, de lugar que nos provee alimento, en este caso de alimento espiritual. No por casualidad “madre nutricia” es la traducción literal de la alocución latina “alma mater”.
 
“Que vence las sombras”, porque vencer las sombras ha sido una tarea básica de las universidades y en general del pensamiento, el arte, la ciencia, la literatura. Y las sombras se ocultan no solo en los poderes tiránicos, como el de mi país, sino en la pretensión fanática de imponer verdades, olvidando, como se lo escuché decir acá en Bogotá al escritor nicaragüense Sergio Ramírez, recién investido del Premio Cervantes, que “(…) La verdad siempre estará sujeta a revisión, porque las creencias eternas se vuelven inmóviles, y la inmovilidad significa la muerte, tanto como la homogeneidad del pensamiento”. Por eso un libro, decía Ramírez, –y yo agrego: una conferencia, un curso bien impartido, un trabajo de ascenso bien realizado, una investigación hecha con rigurosidad– debe ser para su autor “un territorio libre de imposiciones, libre de la cobardía de la autocensura, y al mismo tiempo libre de la pretensión de imponer verdades”. La obsesión fanática de imponer verdades forma parte también de las sombras a vencer.
 
Y por último, “os invita su voz a escuchar”, porque no se puede aprender si no se sabe escuchar. Pero tampoco enseñar, si no escuchamos a quienes tienen algo que decir y especialmente a quienes no piensan como nosotros. Saber escuchar es también ser plural, respetuoso del Otro, actitud que de ser permanente nos hubiese ahorrado muchas guerras.
 
Apreciados graduandos: quiero despedirme diciéndoles que hoy es su día. Disfrútenlo. Ustedes, no importa a qué se dediquen, inician ahora su vida profesional. Y ejercer como profesionales no es solamente sobrevivir económicamente, que también es un deber, pero para solo eso no tenían por qué haber venido a la universidad. Ser buenos profesionales es realizarse vocacionalmente y comprometerse con los demás. Con la familia, con los amigos, con el país, con la región latinoamericana, incluso con el planeta y con los demás seres vivos. Es decir, estar vivos. Pero estar vivo no es solo respirar. Se puede respirar y, sin embargo, tener el alma congelada.
 
Estar vivo es despertarse todos los días con ganas de aprender, con ganas de querer, con ganas de superar el dolor –el propio y los ajenos–; con ganas de ayudar a quien lo necesita.
 
De ustedes es el futuro. Salgan a la calle con sus títulos en las disciplinas sociales en las que se graduaron, están bien formados en una buena universidad, háganse buenos profesionales y mejores personas. Y cuando se sientan atribulados, o crean que en su país, su empresa o su persona todo va mal, piensen en aquella canción de Fito Páez, uno de los músicos mayores del rock en español, que habla de naciones y de esperanzas, exclamen con él:
 
“¿Quién dijo que todo está perdido,
yo vengo a ofrecer mi corazón”.
 
¡Ofrezcan siempre sus corazones!
 
Muchas gracias.
 
Tulio Hernández
Sala Máxima del Claustro del Colegio Mayor Universidad Nuestra Señora del Rosario.
Bogotá, 16 de agosto de 2019

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