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Omnia

Un vitral empolvado: historia y procesos de la migración en el oriente boliviano

Sebastian Polo Alvis

08/03/2019

Volumen 5 - Nº 46 mar./2019
ISSN: 2422-2216

Un vitral empolvado: historia y procesos de la migración en el oriente boliviano

Al ser un país que está localizado en parajes remotos de difícil acceso, marcados por una diversidad geográfica extrema que va desde las gélidas alturas de los Andes hasta las inhóspitas tierras del Chaco, Bolivia cuenta con una historia migratoria de gran importancia.

A pesar de ser un país geográfica y culturalmente fragmentado en dos partes -los collas de la sierra y los cambas del oriente-, dentro de su territorio se han construido crisoles culturales que, durante los últimos cincuenta años, han mantenido un peso progresivamente relevante para el futuro del país. Especialmente, en la región del oriente boliviano, entre los departamentos de Pando, Beni y Santa Cruz, esta particularidad ha mantenido especial vigencia, lo cual nos induce a realizar una aproximación analítica somera que convenga para tener una lectura de este caso.

Bolivia es una realidad política particular en la historia de América Latina. Desde su independencia en 1825, este país se ha enfrentado a la condición de ser un punto de confluencia de diversos poderes dentro del escenario internacional sudamericano en el que los procesos de construcción nacional, la consolidación y delimitación de fronteras y diferendos, y los intereses propios de orden económico y estratégico, entre otros elementos, han configurado el lugar y el perfil de este país y su sociedad. Dentro de sus características, su surgimiento como un protectorado de la Gran Colombia, su lucha contra la idea persistente durante la primera mitad del siglo XIX de mantenerse como una unidad política con Perú, su fractura social entre los criollos republicanos y los aborígenes recluidos en sus ayllus, su creciente sucesión de derrotas militares que significó el desmembramiento de su territorio hasta ser consumada su mediterraneidad geográfica tras la Guerra del Pacífico, entre otros elementos, definieron el perfil de esta nación como una sociedad anárquica, caótica e ingobernable. No obstante, la posibilidad de la existencia de grandes yacimientos de recursos minerales y metales preciosos, así como de grandes extensiones de tierra sin utilizar, entre otros elementos, supusieron una posible ventana de oportunidad para el migrante en este país.

Las experiencias migratorias representaron resultados contradictorios para Bolivia. A pesar de que se benefició tangencialmente de las oleadas migratorias de alemanes e italianos que coparon destinos de colonización como Brasil, Argentina, Chile, Perú y Paraguay, serían los mismos procesos de conquista del territorio los que le traerían diversos problemas. A pesar de la existencia de vías de interacción transfronteriza con Perú y Argentina como canales tradicionales de comercio e intercambio, dos regiones se verían puestas en condiciones difíciles por procesos de integración transfronteriza, relaciones comerciales y colonización: el departamento del Litoral y el Acre. Por una parte, ciudades como Cobija y Antofagasta, locaciones remotas que estaban separadas del resto de Bolivia por el desierto de Atacama y la cordillera de los Andes, fueron puertos comerciales y centros de avanzada de explotación minera de nitratos, que también se posicionaría con la llegada de diversas poblaciones de varias nacionalidades. Por ejemplo, desde 1868, el puerto de Antofagasta, cuya población como la de Cobija era en más del 90% chilena (Bonilla, 1985; en Bethell, 1991a, pág. 235), además de contar con la presencia de croatas, ingleses y griegos que reforzarían la internacionalización de las ciudades. Con el advenimiento de la Guerra del Pacífico (1879-1883), la anexión chilena de este territorio se vería reforzada con estas condiciones demográficas, siendo esta plenamente consolidada con el Tratado de Paz y Amistad de 1904.

Por otra parte, la región del Acre sería objeto de una euforia económica causada por la bonanza cauchera durante la segunda mitad del siglo XIX, además de ser un territorio objeto de fuerte competencia y tardía delimitación fronteriza. Las condiciones marcadas por una no esclarecida delimitación fronteriza en esta región motivó a desarrollar iniciativas de colonización como forma de control real del territorio en las diversas cuencas fluviales del Amazonas, dentro de las que se encuentran las de los ríos Purús, Madre de Dios y Madeira-Mamoré. A pesar de haber establecido un tratado de delimitación fronteriza entre Bolivia y Brasil en 1867, se identificaron diversos elementos que comprometían la soberanía boliviana sobre este territorio, tales como el reconocimiento de la soberanía peruana del Acre tras la revisión del tratado en 1898 y de su colonización por seringueiros brasileños provenientes de la diáspora nordestina de finales del siglo XIX. Estas condiciones, acompañadas de una intentona separatista en 1899 detonaron en la Guerra del Acre (1899-1903), la cual significó otra pérdida territorial para Bolivia en favor de Brasil y una mayor complicación de la delimitación fronteriza en la zona del norte amazónico con Perú; escenario que se materializaría en una crisis diplomática con Argentina y Perú tras el dictamen del Laudo Arbitral de 1909 que fue objeto de protesta por Bolivia.

Sin embargo, todavía estaba pendiente la delimitación fronteriza de la región del Chaco, en litigio con Paraguay, y cuya importancia tomaría considerable importancia dentro de la primera mitad del siglo XX. Además del gran potencial agroindustrial del oriente boliviano conjugado con su conexión con la Ferrocarril Madeira-Mamoré como obra de infraestructura de compensación brasileña a Bolivia por la pérdida del Acre, se descubre en la región del Chaco la existencia de yacimientos petrolíferos. No obstante, dicha potencialidad supondría una seria amenaza a los intereses bolivianos sobre la región en reclamación con Paraguay al estar en condición de indefinición fronteriza la región ante la caducidad del Protocolo Moreno-Mujìa de 1915 que mantenía un statu quo basado en el Tratado Pinilla-Soler de 1907 de establecer una zona por delimitar por negociación bilateral o por arbitraje internacional. Ante dicho contexto, en 1905 se avanzaron procesos de colonización reducida sobre la margen norte del río Pilcomayo por decreto ministerial, en adición a la apertura de concesiones petrolíferas a la Standard Oil Company entre 1927 y 1928 en el sector occidental del Chaco Boreal (Klein, 1985; en Bethell, 1991b, pág. 223), en detrimento de la Royal Dutch Shell de la que su participación en la región sería fomentada por Paraguay y que, finalmente, el resultado global se materializaría en la Guerra del Chaco (1932-1935) con su subsecuente pérdida territorial para Bolivia.

A pesar de estos incidentes derivados de los procesos de colonización migratoria que representaron escenarios adversos para la soberanía de Bolivia, no implicó un desentendimiento total de las migraciones como forma de poblamiento del territorio y motor del desarrollo en el país. Sería precisamente la región del oriente la que sería objeto de una expansión demográfica y económica a raíz de las rentas petroleras y de las colonizaciones agrícolas, a pesar de ser un proceso de lento avance. Un proceso significativo de migración hacia el oriente serían el de la migración croata, en el que:

[…] se inicia a mediados del siglo XIX; es decir, varias décadas después que marinos del mismo origen, tripulantes de veleros de Ragusa (Dubrovnik), genoveses y españoles habían comenzado a “desertar” de aquellas naves al llegar a Buenos Aires y Montevideo, donde comenzaban una nueva vida. El ingreso de aquellos inmigrantes a Bolivia se producía simultáneamente con el ingreso de otros compatriotas a Chile y Perú. Sus metas eran las zonas mineras. Ello testimonia que ya entonces se tenía conocimiento en Croacia de la existencia de diversos minerales en Cerro de Pasco (Perú), de oro en Tipuani y en los arroyos situados entre La Paz y el Monte Illimani, de plata en Potosí, de cobre, oro y salitre en Antofagasta, y de plata y salitre en Tarapacá -en estos dos casos, se trataba de territorios pertenecientes a Perú y Bolivia, y anexados por Chile después de la guerra del Pacífico- (Portal Web de Herencia Croata, 2014).

De acuerdo con la Oficina Central del Estado para los croatas en el Exterior de la República de Croacia (2018), en Bolivia hay unos 5000 croatas y son descendientes de tercera y cuarta generación de emigrantes dálmatas que llegaron entre 1915 y 1931. Asimismo, alrededor de 1500 croatas vivían en Bolivia en vísperas de la Primera Guerra Mundial y, después de la Segunda Guerra Mundial, también migró un grupo de refugiados políticos y sacerdotes católicos croatas disidentes del régimen de Josip Broz.

Dentro de la región del oriente boliviano, también se destaca la presencia importante de una comunidad migrante particular que, a lo largo del siglo XX, se ha expandido en diversos países de América Latina: los menonitas. El ingreso de los menonitas a Bolivia puede ser el resultado de un proceso de transición social en Bolivia referente a su condición étnica y cultural tras la independencia. De acuerdo con Polo (2014, pág. 44), los procesos de construcción nacional en Bolivia se caracterizaron por lo siguiente:

Bolivia […] ha desarrollado múltiples intentos de construcción nacional bajo diversos órdenes políticos destinados al fracaso, debido principalmente a la heterogeneidad histórica y cultural que le han impedido una homogeneización de su sociedad. Puesto que la vinculación de las comunidades indígenas al proyecto de nación boliviano se ha enfrentado a la fortaleza de sus instituciones sociales y culturales provenientes desde la dominación española.

Gran parte de esos esfuerzos se materializaron en una conciliación política y social de los elementos derivados de los órdenes culturales de lo hispánico y lo indígena, el cual es un tema que incide transversalmente en el plano nacional, desde la memoria histórica hasta la distribución de la tierra. Por ende, dentro de los procesos de colonización en el oriente boliviano, se tuvo una alta dependencia de la modernización de las relaciones sociales de propiedad y de vinculación social, ya sea dentro de procesos de asimilación cultural, como de organización social ciudadana. Iniciativas como la promulgación del Decreto de 20 de mayo de 1866 bajo la presidencia de Mariano Melgarejo (1864-1871), se impartieron como reformas forzosas contra la preservación de los ayllus indígenas como una forma de regularización total de la tierra como objeto de propiedad privada:

Las crecientes necesidades fiscales de un gobierno constantemente involucrado en la actividad militar para mantenerse en el poder, junto con la necesidad de recompensar el apoyo de familiares y clientes, fueron los principales motivos de la decisión de Melgarejo de vender las tierras de las comunidades indias. El decreto del 20 de mayo de 1866 declaró propietarios a los indígenas que poseían terrenos del estado a condición de que pagaran una cantidad entre 25 y 100 pesos al registrar sus títulos individuales. Quienes no lo hicieran en el plazo de 60 días quedarían privados de la propiedad y sus tierras serían subastadas públicamente." El alcance de este decreto quedó aún más claro en septiembre de 1868, cuando la Asamblea Nacional Constituyente declaró las tierras de la comunidad de propiedad del estado, al mismo tiempo que cancelaba el tributo indígena (Bonilla, 1985; en Bethell, 1991b, pág. 231).

A pesar de que los efectos de esta iniciativa provocaron una fuerte resistencia, paulatinamente se fue organizando la tierra por titulaciones de propiedad que, asimismo, fue forzando a las poblaciones indígenas a vincularse a esta transformación de la propiedad de la tierra. Gran parte de esa desarticulación social se daría como resultado de la Revolución Liberal de 1899, de la que paradójicamente serían activos participantes los indígenas de la región del altiplano. A partir de ello, con la victoria liberal y ascenso de José Manuel Pando (1899-1904) a la presidencia, los liberales procederían a hacer una persecución brutal contra los aliados indígenas hasta la ejecución del general Pablo Zárate Willka en 1905. Con la ultimación de este cuerpo sublevado, y paralelamente con la liberalización de la propiedad de la tierra tras el desmonte de los ayllus, surgiría la presencia de poblaciones yanaconas -indígenas sin tierra- y procesos de migración campo-ciudad que comenzarían a despoblar las zonas rurales. A partir de ello, el escenario de colonización de territorios por comunidades migrantes empezó a ser posible gracias a la existencia de un mercado de tierras que le permitiera desarrollar nuevas actividades de orden agroindustrial. Luego del divorcio social entre las toldas liberales y las comunidades indígenas, los efectos resultantes de la Guerra del Chaco (1932-1935) derivaron en la construcción social de las bases ideológicas del Movimiento Nacional Revolucionario de 1952:

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A pesar de la enorme pérdida territorial en favor de Paraguay, fue en esta guerra en la que se logró lo que la Guerra del Pacífico inició en Bolivia: el origen de un pensamiento nacionalista plenamente incluyente, puesto que todos los sectores de la sociedad boliviana, tanto criollos, como mestizos e indígenas, se reconocieron mutuamente en las trincheras como compatriotas y llegaron a pensarse como nación (Guevara-Ordóñez 2010).

A partir de lo anterior, Cruz (2012, pág. 73) supone una condición particular de la iniciativa de consolidación de una realidad nacional vinculante de los indígenas que parte del MNR:

Los indígenas, dentro del proyecto del MNR, fueron asimilados como campesinos mestizos. Si bien el modelo nacional revolucionario tuvo como innovación la inclusión de la ideología del mestizaje, la cual tuvo más capacidad para articular al indígena en el nacionalpopulismo boliviano, la integración del indio a la nación tenía como condición que dejara de serlo y se convirtiera en mestizo. […] El mestizaje implicaba que los fundamentos de la nación no se encontrarían en asimilarse a las naciones civilizadas.

En el marco de la implementación del Plan Bohan de 1942, resultante de una misión norteamericana para el desarrollo de las zonas fronterizas con Brasil, Paraguay y Argentina realizada en 1905, Bolivia suponía emular las experiencias de sus vecinos en lo que compete a la expansión de una frontera agrícola con miras a consolidar el oriente boliviano como una región de producción agroindustrial a gran escala. Dicha expansión se basó en la creación de ocho áreas de colonización en el norte y oriente del país, siendo distribuidas dentro de los departamentos de La Paz, Cochabamba, Beni y Santa Cruz.

Ahora bien, como resultado de la implementación de la Ley de Reforma Agraria de 1953, la cual buscaba incentivar la colonización agrícola en el oriente boliviano, se dio apertura a la entrada de los menonitas como colonia agrícola dentro del departamento de Santa Cruz mediante la garantía por el respeto de la libertad de cultos en el país. Esta población se caracteriza por practicar la religión menonita, en la cual uno de sus principios básicos es el pacifismo. Según Kopp (2015, pág. 44), en el caso de los menonitas colonos de ascendencia holandesa-alemana, se suman a sus convicciones religiosas dos peculiaridades relacionadas entre sí: son agricultores y viven en comunidades separadas del “mundo exterior”. Los menonitas en América Latina surgieron de la reemigración de estas poblaciones provenientes de Rusia, Estados Unidos y Canadá, de los cuales se destacan sus asentamientos, a mediados de los años veinte, en las zonas rurales de países como México, Paraguay, Argentina y Uruguay. De ese proceso de colonización, se establecieron 40 colonias en Santa Cruz de menonitas provenientes de Canadá y Rusia, de los cuales se estima la presencia de 49.813 menonitas en 57 colonias para 2011 (INE, 2012).

Por último, uno de los grandes colectivos que colonizaron el oriente boliviano también se benefició de la Reforma Agraria de 1953 como oportunidad de entrada para el desarrollo de un proceso migratorio considerable en la historia de Bolivia: los japoneses. Se registra que hubo antecedentes de migración japonesa en 1899, como resultado de la reemigración de comunidades niponas provenientes de Perú que se asentaron en la región septentrional del departamento de La Paz, en las inmediaciones del río Mapirí, con la finalidad de trabajar en la producción de caucho que en aquella época estaba en auge, hasta conducirlos a los territorios de Sorata y Pando. Además, con las fuertes motivaciones del gobierno boliviano de obtener un control territorial de la región septentrional gracias a las problemáticas derivadas de la Guerra del Acre, “para 1910 un nuevo grupo de japoneses arribó por el río Madre de Dios, recorriendo senderos poco conocidos, hasta asentarse en la ciudad de Riberalta. Ellos trabajaron persistentemente, logrando establecerse en espacios que convirtieron en habitables, abriendo sendas y en terrenos aptos para la agricultura” (Kunimoto, 2013).

A partir de lo anterior, el avance de la colonia japonesa se materializaría en el establecimiento de redes de almacenamiento y comercio a lo largo del oriente boliviano, en el que:

En la ciudad de La Paz destacó la Casa Comercial Kimori, fundada en torno a 1920; suministraba productos de importación, para luego entrar en la compra de minerales y en la industria textil local (fábrica de camisas y de textiles). En Trinidad se distinguieron en el comercio de abarrotes, con 28 tiendas; un estudio indica los lugares donde éstas estaban asentadas en la trama urbanística (Kunimoto, 2013).

No obstante, el avance agroindustrial de la comunidad japonesa en Bolivia se daría como resultado de los procesos migratorios posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La migración japonesa se enfocaría en la creación de colonias agrícolas como ventana de oportunidad para el crecimiento y posicionamiento de la comunidad nikkei en el departamento de Santa Cruz:

Fue el sentimiento de solidaridad de las asociaciones de residentes japoneses el que impulsó la llegada de inmigrantes de postguerra provenientes en su mayoría de Okinawa. En 1951 se obtuvo la aprobación de la prefectura de Santa Cruz para acomodarlos en terrenos fiscales, y así nacieron las colonias agrícolas de Okinawa y San Juan de Yapacaní (Kunimoto, 2013).

Para 2012, la población japonesa en Bolivia ascendió a 1.489 nacionales (INE, 2012), de los cuales se estima una población ampliada (segunda y tercera generación) de 11.350 acorde con cifras del Ministerio de Asuntos Exteriores del Imperio del Japón (2018). De dicha población, el 35% llegó durante los años cincuenta y sesenta (INE, 2012). Dentro de los aportes de los japoneses, se destaca la producción agrícola y pecuaria, de la cual se especializaron ambas colonias en el cultivo de soya y trigo en la Colonia Okinawa, y la siembra de arroz y la producción de huevos en la Colonia de San Juan de Yapacaní; proyectos que fueron financiados desde el Gobierno Japonés, mediante la firma del Acuerdo de Inmigración firmado con Bolivia en 1956, y que se fundaron en la posibilidad de fortalecer las comunidades nikkei en Bolivia.

A manera de conclusión, es posible resaltar que en Bolivia, siendo un país que a lo largo de su historia ha sido convulso, sus procesos migratorios han estado directamente marcados tanto por sus procesos de transformación social, como por aquellas empresas colonizadoras de sus países vecinos. En las luchas fronterizas, Bolivia evidenció que la ingobernabilidad de los territorios que experimentaron procesos migratorios y colonizadores supusieron ventanas de oportunidad para algunos de sus adversarios. No obstante, a pesar de esa condicionalidad, las migraciones en Bolivia han dejado una gran estela de desarrollo y progreso, de la cual el oriente boliviano ha sido una región altamente beneficiada. Además, a pesar de su mediterraneidad geográfica, el entorno migratorio en Bolivia no ha dejado de ser un crisol cultural que, al sol de hoy, pasa por inadvertido para quien le desconoce. El estudio del reciente escrito ha demostrado, una vez más, que la incidencia de las migraciones en América Latina, a pesar de ser disímiles acorde con los casos en cuestión, han sido un proceso de influencia transversal en el desarrollo de dichas naciones y que, sin ellas, sería imposible concebir la actualidad de esta región si se desprovee de su lectura.
 
Bibliografía
Bonilla, H. (1985). Perú y Bolivia. En: Bethell, L. (1991a). Historia de América Latina – Tomo VI: América Latina Independiente, 1820-1870. Barcelona: Editorial Crítica, pp. 202-237.
Guevara-Ordóñez, N. S. (2010) Discurso, historia y construcción nacional en Bolivia. Revista Papel político, 15 (1), 235-254. Disponible en: http://www.redalyc.org/pdf/777/77719013009.pdf
Instituto Nacional de Estadística de Bolivia – INE (2012). Censo Nacional de 2012. Disponible en:
Klein, H. (1985). Bolivia, desde la Guerra del Pacífico hasta la Guerra del Chaco, 1880-1930. En: Bethell, L. (1991b). Historia de América Latina – Tomo X: América del Sur, 1870-1930. Barcelona: Editorial Crítica, pp. 202-237.
Kopp, A. (2015). Las colonias menonitas en Bolivia: antecedentes, asentamientos y propuestas para un diálogo. Tierra.
Kumimoto, I. (2013). Los japoneses en Bolivia. 110 años de historia de la inmigración japonesa en Bolivia. La Paz: Plural editores.
Ministerio de Asuntos Exteriores del Imperio del Japón. (2018). Datos básicos sobre Bolivia. Disponible en: https://goo.gl/5CHnRw
Portal Web de Herencia Croata. (2014). Historia de la Inmigración Croata en Bolivia. Disponible en: https://goo.gl/NgvYFp. Consultado el 18 de noviembre de 2018.
Polo Alvis, S. (2014). La nación ante la victoria y la derrota: Los discursos nacionalistas bolivianos y chilenos tras la Guerra del Pacífico. Tesis de Grado: Repositorio de la Universidad del Rosario.

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