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El yo-ideal y el ideal-yo de la élite bogotana

Tomás Felipe Molina

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Según el psicoanálisis, nuestra identidad está compuesta por dos elementos: el “ideal del yo” y el “yo-ideal”. El primero corresponde con el modo en que nos gustaría ser vistos por otros.

Es la imagen que representa lo que nos gustaría ser. Por ejemplo, cuando nos vestimos de tal o cual manera, cuando decoramos nuestro apartamento así o asá, nos queremos presentar ante el mundo de un modo, es decir, como nos gustaría ser vistos por los demás. Ese tipo de acciones reflejan nuestro “ideal del yo”. Evidentemente, cuando nos sentimos insultados creemos que la otra persona no está reconociendo nuestro “ideal del yo”, es decir, que nos está poniendo muy por debajo de él.

En segundo lugar, tenemos el “yo-ideal”. Se trata básicamente de la perspectiva desde la que nos vemos y nos juzgamos. Zizek explica que es la agencia que intento impresionar a lo largo de mi vida. Es el punto en el gran Otro, o el orden simbólico de la sociedad, desde el cual me digo a mí mismo si estoy haciendo las cosas bien o mal. La ley, el sentido común, los estándares sociales, las demandas de los padres, etc., constituyen este “yo-ideal”. Por ejemplo, nos sentimos bien o mal vestidos desde unos estándares sociales que hemos interiorizado y a partir de los cuales nos juzgamos y nos damos un lugar en el mundo.

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Uno podría decir que en cada país las distintas clases sociales tienen un “ideal del yo” y un “yo ideal” diferente. Esto explica, al menos en parte, las diferencias en gustos y costumbres. A pesar de eso, es posible identificar tendencias dominantes en el mundo entero. En las últimas seis o siete décadas, EEUU representa con claridad un “ideal del yo” más poderoso que otros. Incluso en la antigua Unión Soviética, por ejemplo, los artículos norteamericanos gozaban de un prestigio enorme, al menos en los setenta y ochenta. Lo contrario no pasaba, sin embargo, en Estados Unidos: los artículos soviéticos nunca fueron coleccionados con asiduidad, ni eran símbolos de ascenso económico. Esto muestra que, incluso en el país que le intentaba disputar la hegemonía a EEUU, había un deseo de ser como ellos. Los jóvenes soviéticos habían introducido en su “ideal del yo” el ser como los norteamericanos: estos últimos representaban el modo en que querían ser vistos.

Todas las sociedades tienen un “ideal del yo” y un “yo ideal” hasta cierto punto imitativo. Es decir, el modo en que les gustaría ser vistas y la perspectiva desde la cual se juzgan son de algún modo tomadas de otros. Incluso a los romanos ricos y educados les gustaba presentarse ante el mundo exterior como griegos; y la perspectiva desde la cual se evaluaban correspondía al menos en parte a la de los ideales educativos griegos.

Pero tal vez este carácter imitativo sea aún más pronunciado en las sociedades periféricas, dado que justamente por su carácter subyugado adoptan como propio el deseo de quienes las dominan. La élite bogotana, por ejemplo, ha adoptado un “ideal del yo” y un “yo-ideal” que se transforma con cada nueva dominación económica y cultural. Mientras los españoles dominaban, los criollos querían ser como la aristocracia madrileña; adoptaban sus costumbres, sus ropas y sus estilos. Cuando la aristocracia británica se volvió la más prestigiosa, la élite bogotana adoptó un estilo de vida falsamente británico. Se hizo casas Tudor, se vistió con trajes cortados en Londres, bebió whisky y aprendió inglés. Así lo pone Plinio Apuleyo cuando recuerda las casas de la clase alta bogotana:
“Los perros que acudían ladrando cuando uno llamaba a la puerta no eran los viles y bastardos que ladraban a los autos en nuestras carreteras de provincia, sino animales de raza, dignos de figurar en un grabado inglés. Dentro había también una atmósfera a la vez británica y otoñal. Ardían leños en una chimenea. Galgos y figuras de la Inglaterra victoriana en porcelana de Royal Dolton o Weedgood adornaban mesas y repisas. Hasta el aire del crepúsculo parecía trémulo e inglés a la hora de tomar el té o de servirse un primer whisky”.

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Esta copia de lo británico es una muestra de lo que vengo diciendo: la élite bogotana quería que la vieran como británica, pero también quería juzgarse desde la perspectiva británica, sobre todo la de su aristocracia. Esto le permitía sentirse superior a las demás clases sociales, puesto que no cumplían con el ideal británico; al tiempo, le hacía sentirse inferior a la misma aristocracia británica, dado que ella misma—es decir, la élite bogotana—no lograba ser aquello que deseaba. La élite bogotana era inferior a su “ideal del yo”. Esto le produjo y le produce un gran complejo de inferioridad. Por más que imite a su modelo, nunca podrá llegar a ser él, solo superficialmente como él. Vista desde la perspectiva de la aristocracia británica, la élite de Bogotá es una pobre oligarquía de un rincón apartado del mundo, que no solamente carece de algún imperio significativo, sino que ni siquiera domina plenamente su propio país.

Paradójicamente, lo anterior no disminuye en nada el enamoramiento con ese “ideal del yo”. Freud explica que en ciertas formas de la elección amorosa “llega incluso a evidenciarse que el objeto sirve para sustituir un ideal propio y no alcanzado del Yo. Amamos al objeto a causa de las perfecciones a las que hemos aspirado para nuestro propio Yo y que quisiéramos ahora procurarnos por este rodeo, para satisfacción de nuestro narcisismo”. Es decir, la élite amó a la aristocracia británica precisamente para procurarse las perfecciones a las que aspiraba por medio de este amor, o como dice Freud, por este rodeo. Esto produce un problema: por medio del amor a lo británico, la élite bogotana pretendía sustituir un ideal propio y no alcanzado del yo, pero al mismo tiempo, precisamente porque ese amor nunca logra sustituir al ideal plenamente, el juicio del superyó es claro: la élite bogotana es inferior. A su vez, este sentimiento de inferioridad refuerza el amor por lo británico, porque por medio de ese amor se procuran parcialmente las perfecciones a las que aspiraba y evita un mayor sentimiento de inferioridad. López Michelsen notaba este amor incansable por medio del cual se “obtienen” las perfecciones del otro en “Los elegidos”, cuando decía, comentando una mansión de la élite bogotana:
“El ideal de aquel mundo feliz de "El Pinar", en medio del cual iba a vivir, no era otro que el de realizar a cabalidad, las formas de vida británicas, tal como las revelaban las revistas inglesas, cuyos tres últimos números estaban sobre la mesa del salón principal: "El Tattler", "El Graphic" y el "Illustrated London News". Estas publicaciones eran para mis nuevos amigos como el Corán para los musulmanes. Allí se veían las fotografías de los lores con sus mujeres en las carreras de caballos, o tomando el té con tostadas a las cinco de la tarde en sus casas de campo, o jugando al golf con trajes singulares que en todos los "Pinares" del mundo era necesario copiar para seguir a tono con el mundo londinense”.

Hoy, con la fuerte hegemonía estadounidense, la élite bogotana y sus clases medias aspiran a un “ideal del yo” y a un “yo-ideal” fuertemente influenciado por Estados Unidos. Esto explica por qué hay colegios donde hasta se importan los buses de las escuelas públicas estadounidenses, o al menos se copian, de manera que uno se pueda presentar en Colombia desde la perspectiva de un “ideal del yo” norteamericano. De no conseguirlo, el superyó los juzgará como fracasados. De ahí que en Bogotá y en otras ciudades haya una tendencia a usar anglicismos como método de probar la correspondencia entre el “ideal-yo” norteamericano y lo que uno es, así en realidad uno ni siquiera hable bien inglés. ¿Habrá una salida de esta imitación vergonzante? Ya hemos dicho que todo “ideal del yo” es hasta cierto punto imitativo. Uno empieza, como dice Freud, por idealizar e imitar al padre. Pero una cosa es imitar al padre para luego construirse a uno mismo como adulto y otra es permanecer en la niñez eterna, es decir, en la imitación irreflexiva.