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Markolino, el pianista rebelde de la salsa

Felipe Cardona

Markolino

Están los hombres que nacen para el agite, para circular en medio de las atmósferas más hostiles, Marc Dimond es uno de ellos.

Desde su juventud, este pianista estuvo asociado con la polémica.  El mismo Héctor Lavoe, en la canción “Te están buscando”, advierte de la perdición de su compañero de agrupación al que busca la policía por andar en malos pasos.

Eran los años sesenta, y Markolino, cómo lo apodaban sus colegas, siempre andaba en problemas. Su temperamento rebelde le caía de perlas para una ciudad repleta de arbitrariedades, era la Nueva York donde los hijos de los inmigrantes latinos se abrían paso como podían en una sociedad marcada por la exclusión y la inequidad.

Se puede decir entonces que Markolino estaba a la altura de las circunstancias, sobre todo porque desde muy joven rotuló su fama en los círculos musicales de la Gran Manzana. A través del “tumbao” sensacional de su piano el joven afroamericano se convirtió en el niño mimado de muchas agrupaciones de latin Jazz que estaban explorando un nuevo sonido que más tarde se conocería como la salsa.

Lo que más impresionaba a sus contertulios era su oído musical, sin haber estado nunca en una escuela, el pianista era capaz de interpretar una canción y transcribirla en partituras después de haberla escuchado sólo una vez.  También se pavoneaba ante sus compañeros orgulloso de su condición de autodidacta, cosa que nunca nadie desmintió, sobre todo porque a pesar de ser una persona extrovertida se cuidaba mucho de revelar más de la cuenta.

Las andanzas musicales del pianista comenzaron desde muy temprano, con apenas 16 años empezó a tocar junto al flautista Andy Harlow, hermano del también pianista Larry Harlow. Juntos formaron un sexteto de miedo a mediados de los años sesenta. Andy recuerda el primer encuentro con el pianista en un club de Brooklyn mientras asistía a una presentación de su hermano Larry: “Estaba tomando un poco de aire cuando un chico pequeño se acercó y me dijo que era cantante y que quería formar una banda junto con su amigo pianista que estaba en el interior del bar”.

De este acercamiento surgiría una agrupación muy recordada en los clubes de la calle 80 de Broadway. Junto con Harlow y el cantante Ismael Miranda de apenas 17 años, Markolino empezaba su carrera con pie derecho. Fue tanto así que a los pocos meses el pianista fue invitado a tocar con una nueva orquesta que contaba con dos exponentes de la nueva generación que prometían revolucionar el mundo de la música latina: Willie Colón y Héctor Lavoe.

Sin embargo, este aspecto agradable de su vida se veía opacado por una situación: Desde su incursión en el mundo del espectáculo el pianista había iniciado con el consumo de heroína. Varias personas cercanas al músico recuerdan con asombro que en cuestiones de drogas nadie era más duro que él. Lo más asombroso del caso era su capacidad de integrarse musicalmente en la agrupación en los momentos en que parecía estar en medio de sus viajes narcóticos: Sus condiciones motrices no se veían afectadas y su destreza parecía adquirir un nivel admirable.

Fue así que, en medio de las vacilaciones de la adicción, Markolino tendría su época dorada, su gran mediodía.  Desde “The Hustler” el primer disco con la orquesta de Willie Colón no pararían los elogios para el joven pianista. Los conocedores de la salsa sostienen que el sólo de la canción “Guajirón” es toda una proeza musical. El músico compone un montuno a contracorriente con el bajo, algo que no se había oído hasta ese momento y que convertiría la pieza en un referente para los futuros interpretes del piano salsero.

Vendría el segundo disco de la banda llamado “Guisando” en 1969. Es aquí donde Héctor Lavoe expone a su compañero en el tema Te están buscando. No contento de revelar los problemas del pianista con la policía, el cantante de los cantantes expone con picardía que Markolino es un “Fumanchu”, término coloquial que se usaba entre los jóvenes latinos para referirse a los consumidores de marihuana.

Fue tanto el éxito del disco que la orquesta de Colón firmó en 1971 un contrato millonario con el empresario Richie Bonilla para grabar el siguiente Long Play de la banda titulado “Cosa Nuestra”. Sin embargo, Markolino no estaba en la mente del empresario como pianista de la agrupación.  En una entrevista que dio Bonilla años después, el manager comentaba que la única forma de darle un rostro profesional a la agrupación era a través de una contundente depuración porque la banda estaba llena de drogadictos que empezaban a diezmar su concluyente notoriedad. Fue así que incluyo a Louie Romero en el timbal y para el piano trajo a Joe Torres. 
A pesar de del golpe, Markolino se recompuso y grabó ese mismo año el disco “Brujería” junto al joven artista Ángel Canales. Este álbum marca la cúspide del pianista como compositor y arreglista con un total de ocho temas de su autoría. Todo parecía andar de viento en popa, pero la droga se interpone de nuevo y Canales decide despedir al pianista. Años después el disco sería reeditado por el mismo Canales pasando por alto el nombre de Mark Dimond en los créditos de las canciones.

Es este revés el que marca el declive del pianista durante los próximos años donde tiene actuaciones esporádicas en la agrupación Dicupé sin ninguna grabación notable. Preocupados por el franco deterioro del pianista, sus amigos más cercanos abogan por su participación en “La Voz”, el primer álbum como solista de Héctor Lavoe en 1974.  La reaparición de Markolino dio para pensar en que era su momento de redención, los solos de las canciones “Rompe Saraguey” y el “Todopoderoso” muestran a un Markolino en la mejor de sus facultades, dos apariciones imponentes llenas de poesía y giros inesperados.

Todo resulta prometedor en la carrera del pianista y 1975 lo recibe con mimos, llega el momento de la consagración, finalmente Markolino puede liderar su propia banda y graba su primer y único álbum con resultados notables. El cantante Chivirico Dávila lo acompaña en esta odisea donde sobresale el tema “Por qué adoré”, una canción que se ha vuelto de culto para los melómanos.

Sin embargo, la adicción, los problemas de dinero y las constantes rencillas con la ley hacen mella en el joven pianista que decide retirarse de los escenarios para internarse en las penumbras de la vida libertina.  Sus apariciones se tornan más escasas hasta que llega el momento en que desaparece completamente del entorno musical.  Los hermanos Harlow emprenden su búsqueda, pero nadie tiene noticias de su paradero.
En 1985 mientras Andy Harlow se encuentra podando el jardín de su casa de Miami se le presenta un individuo de aspecto andrajoso, del memorable pianista no queda ni la sombra, Markolino ahora es casi un vagabundo que pide ayuda al amigo que antes fue su mentor en el azaroso mundo de la música. Harlow le regala un piano eléctrico y le encarga varios arreglos para su proyecto llamado “Miami Sessions”.

Esta sería la última vez que se escucharía el piano de Markolino en una grabación.  Una vez concluido el disco el pianista desaparecía nuevamente.  Un año después Harlow recibiría una llamada inesperada que anunciaba la muerte del pianista en la lejana Georgia donde se había retirado para empezar una vida alejado de la música como vendedor en un centro comercial.

Con tan sólo 36 años Markolino abandonaría este mundo como consecuencia de una sífilis cerebral ocasionada por su adicción a la heroína. La suerte posterior de su legado también sería adversa, su nombre es hoy una incógnita en los anales de la música latina. Son pocos los que saben de este rebelde del piano, el hombre que marcaría un antes y un después en la interpretación del género, el genio detrás de muchos de los temas más contundentes de la salsa.