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Cuando fuimos entusiastas periodistas

Ismael Iriarte Ramírez

Cuando fuimos entusiastas periodistas

Se cumple casi una vida desde que tomé la decisión de ingresar a la escuela de periodismo movido más por una idea romántica y anacrónica, que por un conocimiento real de las implicaciones de la práctica de esta profesión.

Entonces no resultaba fácil para mí afrontar esa nueva aventura con una visión crítica, deslumbrado por la seductora idea de la búsqueda de la verdad y la confortable presencia en mi proceso formativo de ilustres nombres como el del recordado maestro José Salgar, capaz en su momento de “torcerle el cuello al cisne” de la desbordada creatividad del joven redactor Gabriel García Márquez.

Sin embargo, el paso del tiempo y el ejercicio profesional me han permitido alejarme de la consuetudinaria incapacidad de autocrítica del periodismo como institución, que lleva a muchos de sus representantes a buscar la justificación de sus propios vicios en factores externos. La llegada de una nueva conmemoración del Día del Periodista se convierte en una inmejorable ocasión para reflexionar sobre algunos de los factores que impiden el desarrollo de esta labor en concordancia con sus principios y generan una brecha inevitable entre el entusiasmo presente en las escuelas y la compleja inserción de los jóvenes en la práctica profesional.

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Cobra entonces especial vigencia la pregunta sobre los referentes de la profesión, formulada de manera obligatoria tanto a los aspirantes de entonces como a los de la actualidad. Sin dudas resultaba mucho más fácil hallar una respuesta plausible en aquellos días, cuando aún era posible encontrar representantes de una generación virtualmente extinta, en la que los rasgos más destacados eran la tenacidad, la determinación y la capacidad de análisis y no la destreza en el manejo de las herramientas tecnológicas.

La ausencia de referentes periodísticos dignos de imitar por los más jóvenes ha quedado en evidencia en los últimos años y es cada vez más frecuente que nuestros líderes de opinión más respetados puedan definirse como magistrales actores que interpretan roles cargados de irreverencia, frivolidad e incluso odio, y cada vez menos como periodistas aguerridos conscientes de la importancia de su labor.

Esto permite entender la nociva tendencia de algunas de estas figuras pseudoperiodísticas  que las lleva a creerse más importantes que los medios, las noticias e incluso que sus audiencias, dando cuenta de su talante más emparentado con el espectáculo y el entretenimiento que con la esencia del periodismo. 

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Cabe también mencionar la escasa tolerancia a los cuestionamientos que exhiben estos mismos líderes de opinión, tendientes en muchos casos a la victimización como reacción instintiva, que acapara los titulares y le resta importancia a labor mucho más valiente y noble de otros periodistas menos famosos, pero más tenaces.
Tampoco resulta fácil escapar a lo que en mi opinión es la principal fuente de censura en nuestros días, la tiranía de lo políticamente correcto y el llamado “buenismo” que ha excedido los límites de la tolerancia y el respeto a la diferencia, para validar cualquier comportamiento por perjudicial que este resulte, pero que por ningún motivo admite una opinión diferente.

La falta de rigor, el monopolio ejercido por las grandes cadenas y el matoneo promovido desde los medios a determinados personajes caídos en desgracia se cuentan también entre los factores que propician que algunos estudiantes experimenten una especie de desencanto, lo que dificulta su llegada o permanencia en las salas de redacción. Sin embargo, son ellos mismos los llamados a derribar estas barreras y a remplazar gradualmente estos vicios por buenas prácticas, motivados por su profesionalismo, compromiso y convicción, que encarnan los valores cada vez más olvidados de una profesión a la que debo entre otras cosas haber descubierto el valor de la amistad y el feliz encuentro con la literatura, pero que pide a gritos una renovación.