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Todos hablan del antropoceno

Manuel Guzmán-Hennessey

portada

Desde que Elizabeth Kolbert revelara el neologismo “antropoceno” en su libro “La sexta extinción”, muchos científicos (y también artistas) han empezado a pensar y a escribir sobre el fenómeno: la nueva era geológica que vivimos, la única causada por una especie, la nuestra, en desmedro de todas las demás: la vida. Fue Paul Crutzen el inventor de la palabra. Y (refiere Kolbert) se le ocurrió durante una reunión de científicos en que el expositor hablaba insistentemente del Holoceno. De repente dijo: “Acabemos con esto: ya no estamos en el Holoceno, estamos en el Antropoceno”. Acto seguido escribió su famoso artículo en la revista Nature: “Geology of Mankind”.

Las evidencias de esta nueva era, son, según Crutzen:

  • La actividad humana ha transformado entre una tercera parte la mitad de la superficie del planeta.
  • La mayoría de los principales ríos del mundo están regulados o trasvasados.
  • Las plantas de fertilizantes producen más nitrógeno del que fijan de forma natural todos los ecosistemas terrestres del mundo.
  • Las pesquerías extraen más de una tercera parte de la producción primaria de las aguas costeras de los océanos.
  • Los humanos usan más de la mitad del agua dulce fácilmente accesible del mundo.

Crutzen no dejó de lado lo más significativo: la alteración irreversible de la atmósfera. No pierde de vista que la concentración de dióxido de carbono ha subido un 40% durante los dos últimos siglos, y la de metano, un gas de efecto invernadero más potente que el carbono, se ha duplicado.
 
En el libro, casi póstumo, que en forma de conversación, escribió Jorge Wagensberg con Joan Martínez Allier, “Solo tenemos un planeta” (2016), se detienen a examinar el antropoceno. Lamentó el primero la extinción del león del atlas, que Delacroix pintó a mediados del siglo XIX y cuyo último ejemplar (probablemente) fue avistado hacia 1925. Anota que el arte tiene archivos más antiguos sobre el cambio climático que la ciencia. Lagos helados donde hoy no hay lagos, vida salvaje donde hoy hay ciudades, peces ya extinguidos , aves, mamíferos, reptiles.

El politólogo de la Universidad de Málaga, Manuel Arias Maldonado ha escrito un libro: “Antropoceno, la política de la era humana”. Y pone este epígrafe del artista Nick Cave: “Hay poderes en acción más grandes que nosotros, ven aquí y siéntate y reza una breve oración, al aire que respiramos, y a la asombrosa llegada del antropoceno”. Diane Ackerman escribió “The human age”, y en el Foro extraordinario sobre el antropoceno (2014) Stephanie Wakefield dijo que la verdadera crisis es la edad que hoy vivimos. Simon Dalby se refirió, en el Geoforum de 2013, a la biopolítica y la seguridad climática en el antropoceno. Historiadores como Donald Worster y filósofos como Peter Sloterdijk se han referido a este fenómeno: en The Journal of American History, el primero, y en “has de cambiar tu vida”, el segundo. Y Bruno Latoir, por supuesto, dedica la cuarta conferencia de su último libro “Cara a cara con el planeta” (siglo veintiuno, 2017) a reflexionar sobre esta encrucijada. Helmuth Trischler se ha preguntado si se trata de una era geológica o cultural.
 
Pero de todos estos es Edward Wilson, quizás el más significativo, debido a que es el padre indiscutible del concepto de la biodiversidad y la consiliencia, pioneros ambos para comprender la nueva complejidad del mundo. En su último libro “Medio planeta: la lucha por las tierras salvajes en la era de la sexta extinción” (Errata naturae, 2017) , se refiere al impacto ya causado sobre la biosfera por parte de la tecnosfera, y propone un plan global para enfrentarlo y garantizar la vida de las futuras generaciones. Esto escribe: “Por primera vez se ha llegado a la creencia, entre quienes piensan el futuro a más de una década de distancia, que estamos jugando el final de una partida global. El control de la humanidad sobre el planeta carece de fuerza y es cada vez más débil. Damos palos de ciego, mal dirigidos, sin más objetivos que el crecimiento económico, el consumo sin límites, y la salud y la felicidad personales. Los miembros de nuestra especie se han convertido en los arquitectos y gobernantes de la era del antropoceno.

Sobre el antropoceno trabajan hoy numerosos institutos de ciencia, entre otros, el Antrophocene Institute, el Cabot Institute, el Simpson Center y centros de la Universidad de Aarhus y Harvard, aparte del Stockolm Resilence centre de Suecia. Pero déjenme volver a Wagensberg, pues escribí mi última columna en esta revista sin saber que, a esas horas, él rendía su última cita con el destino. Murió mientras mi columna “arte+ciencia=física” (https://www.urosario.edu.co/revista-nova-et-vetera/Inicio/Columnistas/Arte-Ciencia-Fisica/) estaba en edición. Aquí va mi homenaje: Jorge Wagnesberg, Barcelona 1948, Barcelona 2018.

La nota del diario “El País” sobre su muerte refiere que encontró, como nadie, la piedra filosofal de la fusión de arte y ciencia en España, pues fue creador de uno de los museos más innovadores de Europa, el CosmoCaixa de Barcelona y Madrid. La crónica dice que Wagensberg se definía como un “disperso genético”, algo que no solo se tradujo en sus gustos intelectuales sino que lo extendió a la práctica material, lo que le hizo combinar actividades aparentemente antagónicas como el lanzamiento de martillo y el violín. Yo había leído, en alguna revista de Cataluña, sobre su afición al atletismo, por eso cuando me lo topé, durante el encuentro “Dalí, nuevas fronteras de la ciencia, el arte y el pensamiento”, se me ocurrió abordarlo con la técnica del lanzamiento del martillo que, en mi caso, había aprendido en la Escuela Naval de Cadetes. Captó el mensaje y eso me sirvió para un café. Hablamos de los vínculos entre el arte y la ciencia, de la serie sobre física cuántica y biología molecular que había hecho Dalí, y sobre su fascinante universo atómico: objetos que se descomponen en partículas corpusculares, elefantes que flotan, musas que exhiben los átomos que las componen, sostenidos por fuerzas de atracción y repulsión recíprocas: Galatea de las esferas. Era el año de 2004 y yo había ido a la ciudad natal de Salvador Dalí, a celebrar, como muchos, sus primeros cien años.

Wagensberg era el organizador del encuentro, que se iba a celebrar allí, en conmemoración de otro llevado a cabo diecinueve años atrás, en la primavera de 1985: “Proceso al azar”, que había contado con la asistencia remota del propio Dalí, quien no solo recibió la transmisión del encuentro por ‘teleconferencia’ sino que atendió luego la visita de René Thom y de Ilya Prigogine, en su casa. Wagensberg, que deja un proyecto a medio camino: la dirección museológica del futuro Museo del Hermitage que la pinacoteca rusa estudia abrir en Barcelona, decía: “Buscaré un diálogo entre ciencia y arte usando una singular combinación de piezas, fenómenos y metáforas museográficas…  desde Altamira hasta Dalí, una aventura de 20.000 años de antigüedad”. Ojala el mundo cuente con alguien de su estatura que de continuidad a este proyecto. Pero sobretodo a este diálogo entre el arte y la ciencia. En el año 2004 no se hablaba tanto de cambio climático como hoy, a pesar de que en aquella primavera se preparaba, con fruición, la cumbre mundial de Buenos Aires. Hoy el tema está servido, y no precisamente de una manera que invite a la esperanza. Quizá debido a ello, todos hablan del antropoceno.

@GuzmanHennessey