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Otros tiempos rosaristas CUANDO ESCRIBIMOS TOPICOS…

Víctor Manuel Ruiz *

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Sabiendo de antemano que el motivo para el remedo de crónica rosarista que intentaré en seguida contrariará la natural discreción del Director de esta Revista, debo empezar advirtiendo que la idea de escribirla me surgió justo durante la solemne sesión de la Academia Colombiana de la Lengua convocada  para  recibir como nuevo miembro correspondiente  a Luis Enrique Nieto Arango, cuando el  distinguido jurista,  afortunado hombre de letras y, como pocos, gran cultor de la amistad en la palabra compartida, presentó el trabajo intitulado La epigrafía en El Rosario, ilustrada oración de honda raigambre histórica, escrita  a partir de la más pura estética  en lenguas  castellana y   latina, para mostrar así desde la placa consagrada al Fundador, Fray Cristóbal de Torres, hasta la redactada en honor del General Rafael Uribe Uribe por el Capellán Emérito, Monseñor Germán Pinilla Monroy.

De modo principal, tan hermoso inventario  grabado e inserto en los muros del   Colegio Mayor   fue propicio para evocar  héroes de la Patria, estadistas, literatos, científicos, fundadores de la República, en fin, varones ilustres con cuyos nombres y  ejecutorias nos fuimos acostumbrando a discurrir por esos patios, por esas aulas, por esos balcones y corredores que a diario nos encarecían dónde estábamos formándonos en la pasión por  la Ley, en la guarda de la Justicia, en el respeto a las Libertades, en el  culto a la   Democracia y  sus principios  esenciales toda vez que el Rector es elegido con participación directa de  los estudiantes más destacados.

También, escuchando a Nieto con admirada atención,  los colegas promocionales del diserto orador allí presentes  volvimos, literalmente, al Claustro de aquellos  años (1965-1969) durante los cuales   se nos dio el auténtico privilegio de oír cátedra impartida  por  continuadores de quienes, por sus virtudes y talento, figuran justamente  en esas placas  (piedra y mármol)  como  ejemplo para muchas   generaciones  formadas durante siglos en el Rosario tradicional,  cachaco,  santafereñísimo: el mismo de hoy (al fin y al cabo “Nova et Vetera”) pero ahora, además,  abierto, multidisciplinario  y devenido en Universidad.

Y pues bien: ocurrió  que ese acto académico  (en  un mediodía septembrino de 2016) lo vivimos también  como afortunada ocasión para memorar actividades extracurriculares que de algún modo comprometieron nuestro interés particular, desde entonces, tras el egreso de las aulas y, como en  mi caso y para siempre (sin mayor suerte ni brillo alguno, por supuesto),  con el periodismo escrito.

Corría 1968  y cursábamos cuarto año de Jurisprudencia  cuando fue inevitable que  por el grueso portón verdoso marcado con el número 6-25 de la Calle 14 entraran    impetuosos los vientos de una sociedad que en Europa, en buena parte de América Latina y, sí,  aun en varios rincones de  Colombia, con voces amplificadas desde la educación superior planteaban, sugerían, realmente exigían cambios sociales, políticos y culturales en un modo del pensar educativo que ya debía superarse, cuyo análisis escapa a la intención de estas líneas apresuradas pero cuya tónica dominante resultaba (según muchos de sus educandos) en buena parte ajena a esa “forma de ser”  del Colegio Mayor,    explícita en sus legendarias Constituciones pero ya para entonces indudablemente superada: introvertida y medio selectiva, harto indiferente al debate popular, rígida y disciplinada, conservadora,  católica, apostólica y romana.

Pues fue justo tras la muerte del Rector,   Monseñor José Vicente Castro Silva, durante el proceso para elegir sucesor, cuando se hizo evidente, entre el sano fragor estudiantil apuntalado a fuerza de inofensivos gritos y arengas (hasta entonces allí completamente inéditos o tolerados apenas de soslayo), que el alumnado de Jurisprudencia, Economía, Administración de Empresas y Medicina estaba dividido: un buen número intimidante, mayestático y presumido,  favorable al statu quo en la más irritante acepción del vocablo; y una gran mayoría progresista, liberal, inconforme, ávida de ventilar criterios y propuestas  de avanzada: éramos rosaristas de corazón, claro, pero por eso mismo jóvenes deseosos  de acceder a nuevas plataformas del pensamiento académico y cultural que ya imperaban en la marcha de  los campos universitarios y avanzaban con fuerza por el mundo de la educación superior.

Pedíamos una especie de aggiornamento  consistente en  que El Rosario diera cabida a formas de pensar y proceder que no siguieran dejándolo  al margen de la contemporaneidad, en aras de una tradición respetabilísima pero a un mismo tiempo (¿cómo negarlo?) anacrónica y, para los protestantes, en gran medida insoportable.

 

No diga memorian, sino memoriam Tópicos. n.1 sept. 3 1968

En esa dirección, el bullicio huelguístico tomó cuerpo, respetuoso pero vehemente y hasta enérgico, al punto de que cuando, de pronto, como por arte de birlibirloque, sacado de la manga por uno o dos Consiliarios y Colegiales integrantes del Cuerpo Elector, se comunicó, a manera de úcase, que el nuevo Rector virtualmente sería el doctor Samuel Barrientos, pese a no haber sido escogido de forma unánime,  la inconformidad se transformó en oposición frontal,  verificación del trámite electivo llevado a cabo y   comprobación de que se había incurrido, qué pena, en  fallas protuberantes que la comunidad universitaria, literalmente levantada en almas, se vio obligada a enfrentar “por las buenas”, según la costumbre.

De inmediato, aún vivo el alboroto armado en el Aula Máxima tras la “elección” de Barrientos, un grupo de inconformes visitó al expresidente Alberto Lleras  y le pidió permitir su postulación al cargo de Rector, que finalmente  seleccionaría el Presidente de la República como Patrono del Colegio. El ilustre repúblico  se mostró en desacuerdo. No obstante, por Decreto 2136 de agosto 5, el Gobierno nacional  dispuso que aquél  fuera el señalado por juzgarlo, conforme a las Constituciones,  “…el más a propósito para el buen gobierno del Rectorado”.

Ipso facto,  la idea de fundar un periódico para ventilar, hasta donde fuera posible,  hechos que   rebullían la vida  sosegada del Rosario, surgió, espontánea y acogida sin reservas  (con desinterés, entusiasmo y alegría) entre seis estudiantes de mi curso: Jorge Suescún Melo,  Luis Fernando Lloreda, Luis Enrique Nieto, David Luna Bisbal, Alfredo Vásquez Villarreal   y  yo, vinculado a El Tiempo como corrector de pruebas, ocasional columnista de opinión y escribidor de múltiples “Cosas del Día” y de unos pocos   editoriales.

Así nació (repentino, espontáneo, libre como el viento), apenas “craneado” en el refectorio del Claustro y sobre las mesas del cercano Café Pasaje, un TOPICOS que en pocos días, el 3 de septiembre, apareció como   No. 1 del Año 1º, creo recordar que en tiraje de 300 ejemplares de papel muy fino (6 planas de  30X40 cms.), enunciando “licencia en trámite” ¡que nunca solicitamos!, armado en  imprenta de linotipo en caliente situada en la carrera 8ª con  calle 5ª y al módico precio de $ 1.oo, todo gracias a un tipógrafo de expresión adusta pero auténtico maestro, paciente, abnegado y culto, don Eduardo Salazar, avenido con nuestros modestos recursos en pago de la edición, huérfana total de pauta publicitaria y de ventas.     

Ese primer  TOPICOS, esdrújulo en mayúsculas  sin tilde marcada, lo veo aquí, sobre mi mesa de trabajo, 48 largos años después de la mañana yerta en que, contentos y talvez ufanos, lo  distribuimos como pan caliente en el Claustro,   y no dejo de pensar, con  nostalgia inevitable por esa bella época, en que, colmados de ilusiones y creyendo que así traspasaríamos algún día todas las fronteras intelectuales existentes, de momento estábamos a un año y punta de comenzar el ejercicio del Derecho llevando de la mano, como a ese  hermano menor que tanto se quiere, al Periodismo.

De mi antediluviana “Remington” salieron: una especie de carta  “Al  lector”; el editorial  “Razones y Propósitos” y tres columnas con “Comentarios” diversos sobre la agitación estudiantil del momento, todo sin firma (yo era el Director) pero  planteado con tan copiosa  adjetivación, subido lirismo  y mística provinciana que apenas si dejaba entrever el propósito fundamental, ya mencionado aquí, de nuestra ópera prima.

Su enjundia, en cambio, corrió por cuenta de mis colegas de aventura, hoy todos  juristas de grandes calidades y no menor prestigio: Luis Enrique (el mismo Juan de Araque y Masústegui, Convictor del Colegio Real y Mayor, Pedro Oidor y Veedor) escribió “La participación estudiantil”, “La tradición” y “A manera de recuento”; David, “El porqué de una reacción”; Luis Fernando, “También la Iglesia por un cambio”, y Jorge, “Nuestras normas electivas”. Aparecieron además el Decreto presidencial designando Rector  al Doctor Lleras y su carta  negándose  a aceptar el cargo; un “Pronunciamiento de los rosaristas” sobre los hechos de esos días; “Camilo Torres, una conciencia, un hombre”, de Jorge Ramírez Aljure; “Educación y pluralismo”, de Jorge Carrizosa Serrano; breve obituario de Monseñor Castro Silva, y “Correo” (¿huelga decirlo?), inventado.
Tal fue nuestro júbilo por la aparición de TOPICOS que de inmediato escribí una “Cosa del día”, en extremo autoelogiosa, encareciendo la trascendencia que significaba abrir así las puertas al “éxito asegurado” para  el empeño de escribir un periódico universitario sobre puntos diversos bajo el lema “altura, dignidad y verdad”.
Pero tanta dicha se nos averió cuando el Director del diario capitalino, Don Roberto García-Peña (el hombre más bueno que he conocido en este mundo), agregó un último párrafo: “Lo único que consideramos equivocado es el título. Tópico, de acuerdo con nuestra academia, vale tanto como “lugar común” y con tal sentido se usa la palabra en España, y la propia academia advierte que es barbarismo tomar el vocablo por asunto, tema”.  

 

Tópicos, n. 3 mayo 1969.

En mayo de 1969 apareció el No. 2  (la licencia seguía “en trámite”…) con diagramación idéntica a la  primera; contenido editorial (“Telones; balance y liquidación” y “Comentarios”) pesadamente ladrilludo; saludo al nuevo Rector, doctor  Antonio Rocha, en los primeros meses de cuya gestión (a lo mejor magistral, pero   muy distante de la comunidad) la protesta estudiantil llevó al cese de actividades y obligó a permitir la conformación de un Consejo Estudiantil con  atribuciones participativas en la marcha del Colegio. No pudo impedir, sin embargo,  que, ante la torpe censura impuesta a los estudiantes de Medicina (liderados por Santiago Currea y Álvaro Mejía) por el montaje de una obra teatral que se juzgó pecaminosa e inmoral para la “esencia” rosarista, el Decano, doctor Guillermo Fergusson Manrique, dimitiera, privando así al Rosario de un científico, académico  y humanista de excepción, auténtico paradigma de la condición humana.

Completaron ese número sesudas columnas de actualidad, entre otras: “Misión juvenil en el Sesquicentenario”, de Heriberto Vergara Molano; una estupenda crítica a “Nuestra Revista”, de Juan Lector, Convictor del Colegio; y  “La eficacia del diálogo”, donde  Vásquez Villarreal escribió: “Cuando al estudiante se le niega su derecho a formarse plenamente, limitándolo a ser un inanimado recipiente de conocimientos que tiene que memorizar, sus posibilidades de cumplir el papel que le corresponde en la sociedad se hacen completamente nugatorias”. Por último, aparecieron  varios sueltos y “Al lector”, advirtiendo  que compartíamos (¡pero no era así!) la observación de  García-Peña, a quien luego visitamos agradecidos,  sobre la impropiedad del  término TOPICOS  como nombre de nuestro periódico.

En lo restante de 1969 no pudimos concretar otra edición,  por varias razones elementales: porque, próximo ya el final de la carrera, los más aplicados se dieron a estudiar para exámenes preparatorios y no disponían de tiempo para menesteres distintos; porque de algún modo se nos hizo entender que publicaciones de ese tipo no eran de buen  recibo en El Rosario. Y por otra más, esa sí definitiva y asumida con tristeza pero también con satisfacción por cuanto habíamos conseguido: porque el malestar ocasionado a las directivas del Colegio con  el ímpetu juvenil contrario a concepciones arcaicas y formas  de gobierno inconsultas, al final  había resultado, afortunadamente, en aceptar un principio de diálogo y apertura que, cuando menos sobre el papel, oía nuestras voces y era probable que a futuro llegase a ser satisfactoria realidad.

Así, aun cuando pareciera increíble, fue una verdad de a puño que TOPICOS había servido como canal de expresión a la comunidad estudiantil rebelada contra la parsimonia más que tricentenaria del Rosario, y eso nos complacía a quienes, cortesmente,  habíamos ayudado a conseguirlo, apoyados siempre por la festiva camaradería de nuestros vecinos de bancas. Ellas: Inés, Gabriela,  Susana, Olga María, Fanny, Genoveva y Ana Susana. Y ellos: Hernández, Echeverría, Álvarez, Yáñez, Vergara, Domínguez, Salazar, Alzate, Lozano, Mazuera, Gamboa, Mendoza, Niño,  Restrepo, Useche y  Velandia.

Así las cosas, unos y otros (quienes ya nos dejaron y quienes aún seguimos en la pasión por el  Derecho o en la ilusión por el Periodismo)   recordaríamos para siempre que fue en las pequeñas dimensiones tipográficas de TOPICOS  donde expusimos por primera vez los fundamentos de una convicción profunda, sincera e indubitable, que ahora reiteramos, reunidos y fraternos, cada que nos es posible: que El Rosario abierto al mundo, participativo y plural,  despojado de ataduras que  pares suyos recogieron hace muchos años,  debía de ser en ese entonces, es hoy,  y más aún será mañana, inestimable patrimonio de manejo tripartito (directivos, docentes y dicientes) en la Historia intelectual de la República. Pero, al parecer también, un auténtico canto a la vida, según lo anhelábamos desde cuando escribimos, siendo apenas   inquietos muchachos,  esas doce paginitas de  TOPICOS.