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El modesto encanto de la democracia

Tomás Molina

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La democracia tiene innúmeras desventajas. Los antiguos, medievales y modernos se han dedicado a analizarlas, así que no me detendré a describirlas en profundidad. Baste decir que las democracias suelen ser manipulables por demagogos como Alcibíades o Trump, que el pueblo puede elegir mal (al punto de que vota en contra de sus propios intereses económicos) y que la manipulación y la corrupción están a la orden del día. No obstante, quizá nuestra actual posición histórica nos haga olvidar por lo menos dos ventajas de la democracia.

Primero, la democracia liberal soluciona el problema de cómo garantizar una entrega pacífica y estable del poder: el gobierno democrático pasa de una mano a otra sin que haya mayores desórdenes y complicaciones. Basta con que haya elecciones abiertas e instituciones creíbles para que todo salga bien. Además, como una porción importante de la población cree influenciar el resultado final de la entrega, hay cierto grado mínimo de satisfacción popular con ella. Y aunque no la haya, existe la esperanza de que en poco tiempo se pueda cambiar el resultado de la elección con mecanismos democráticos. Eso evita el derramamiento innecesario de sangre y la amenaza de guerra civil.

Otros regímenes no son tan afortunados. Los dictadores pueden, por ejemplo, elegir un sucesor para que gobierne tras su muerte. No obstante, si un sector de la élite o de la población general no está contento con el heredero, los únicos modos de cambiar el resultado son la intimidación, la conspiración, el asesinato, el exilio, o la guerra civil. Además, los nuevos dictadores siempre deben asesinar, exiliar y encarcelar a sus enemigos percibidos con el objeto de asegurar su poder. Por ejemplo, Kim Jong Un, actual dictador de Corea del Norte, ha realizado una serie de asesinatos selectivos (que incluyen a su tío) para asentarse más seguramente en su trono dictatorial.

Las monarquías hereditarias puras estaban obligadas a dar herederos legítimos so pena de desatar una guerra civil o internacional por el trono. Una parte importante de la violencia endémica del mundo predemocrático europeo se debía al problema de la sucesión. Pero incluso si el heredero legítimo ocupaba el trono, existía la posibilidad, como en el caso de las dictaduras, de que una élite insatisfecha quisiera el poder para sí. No obstante, a diferencia de la democracia, donde las élites insatisfechas meramente forman un partido de oposición y esperan cuatro años para hacerse con el poder, las élites dentro de las monarquías debían asesinar, exiliar, o declarar la guerra al heredero para hacerse con el poder.

Guerra de las rosas, guerras de sucesión polacas, guerras carlistas, etc. E incluso la guerra de tronos. (En un mundo democrático, los aspirantes al trono de hierro meramente formarían partidos de oposición, en vez de formar ejércitos con dragones). Comparada con esas opciones, la democracia ya no parece tan mala. Claro está que hay excepciones. Una elección democrática puede resultar en guerra civil, pero solo si los individuos no aceptan las normas democráticas, i.e., si deciden cambiar el resultado por medio de la guerra. Por otra parte, el cambio de gobierno en una dictadura o una monarquía puede resultar en guerra civil precisamente porque las normas no dejan otra opción a quienes aspiran al poder.

El demócrata, pues, usualmente no debe asesinar a sus enemigos. Pero no es porque los demócratas sean más virtuosos. Simplemente sucede que la estructura del sistema democrático disminuye la necesidad de asesinar al enemigo. En una democracia abierta, aunque los partidos se odien mutuamente, los políticos saben que eliminar físicamente al enemigo no sirve de mucho: lo que sirve es ganar elecciones. Por tanto, dedicarán toda su inmoralidad a la victoria electoral y no a la guerra. Esa, aunque no lo parezca, es una ventaja significativa. Es preferible que los candidatos digan mentiras sobre los otros a que se maten entre sí. No obstante, el asesinato y el encarcelamiento pueden reaparecer como opciones políticas si el régimen democrático empieza a volverse cada vez más cerrado. Verbigracia, Rusia y Ucrania. Uno podría pensar el problema mediante la siguiente formulación:

Entre más democrático es un régimen hay menor necesidad de usar la fuerza legal y física para hacerse con el poder. Y entre menos democrático es un régimen, más necesario es el uso de la fuerza legal y física para hacerse con el poder.

Los demócratas dicen que una de las grandes ventajas de la democracia es que ésta permite que cualquiera acceda al poder, sin importar su origen o rango. De esa manera todos los sectores de la sociedad pueden y deben estar debidamente representados en el sistema. Pero a mí me gusta pensar que la ventaja más tangible es una que se deriva inmediatamente de la entrega pacífica del poder: el vicioso puede perder el poder por medios pacíficos. Eso es muy bueno para la comunidad política. Explicaré por qué.


Platón ya había notado que si el poder es un bien para quien lo tiene, es preciso concluir que ser poderosos mejora nuestra vida. Pero eso tiene como requisito que sepamos usar el poder para hacernos el bien. De otro modo seremos como un loco con un cuchillo: podríamos obligar a otros a hacer lo que de otro modo no harían, es verdad, pero les haremos daño y es muy probable que terminemos haciéndonos daño a nosotros mismos. Por tanto, no seríamos auténticamente poderosos. Eso es exactamente lo que sucede con los demagogos y tiranos: no existe el primer tirano auténticamente poderoso, pues siempre termina haciéndole daño a su comunidad y, de hecho, a sí mismo. En efecto, Platón ya había visto que solamente las almas que se dominan a sí mismas y conocen el Bien son capaces de ejercer el poder sin dañarse y sin dañar a la comunidad política misma.

¿Pero cómo saber que le estamos entregando el poder al verdaderamente virtuoso, i.e., al que está efectivamente preparado para usar el poder correctamente? Es imposible saberlo con certeza. Todos los que hemos votado alguna vez sabemos que incluso aunque apliquemos toda nuestra dedicación al estudio de un candidato, nos podemos equivocar.

Los seres humanos somos frágiles y nos dejamos engañar con facilidad. Una democracia, por tanto, no puede garantizar que el poder se le entrega siempre a los mejores. De hecho, ningún régimen político real puede garantizarlo. Pero la democracia por lo menos sí puede garantizar que el vicioso puede perder el poder por medios pacíficos. Aunque sea hábil mintiendo, aunque sea hábil comprando votos, el vicioso siempre corre el riesgo de quedarse sin el poder.

Un monarca hereditario puede ser, por los azares del destino, un gran rey-filósofo. Pero también puede ser un tirano difícil de remover. Con rarísimas excepciones (v.g. Arquitas de Tarento), el demócrata nunca será un rey-filósofo, pero como compensación podemos quitarle fácilmente el poder si se porta extremadamente mal, al menos si hacemos uso de nuestro deber ciudadano y si el régimen es razonablemente transparente y funcional. De tal modo no tendremos un dechado de virtudes, pero tampoco tendremos que soportar a un Nerón o un Kim Jong Un durante toda nuestra vida. Aquí también podemos pensar la ventaja mediante una formulación casi tautológica y autoevidente:

Entre más transparente y activa es una democracia, es más fácil que el vicioso pierda el poder. Y entre menos transparente y activa es una democracia, es más difícil que el vicioso pierda el poder.

Evidentemente lo anterior supone que el pueblo escoge bien, i.e., que es capaz de quitarle el poder al político malo. Pero ya hemos dicho al principio que en la democracia el pueblo puede elegir mal y que la manipulación y la corrupción están a la orden del día. ¿Entonces cómo es posible que la gente saque a los malos del poder? Por lo menos existen formas de aumentar la capacidad de acertar mediante el voto y castigar a los malos: con educación y sistemas transparentes, aunque no garantizamos nada, aumentamos la posibilidad de que la gente decida bien. Noruega, Finlandia y Dinamarca parecen confirmar la tesis. Corrijamos entonces la formulación:

Entre más transparente, activa y educada es una democracia, es más fácil que el vicioso pierda el poder. Y entre menos transparente, activa y educada es una democracia, es más difícil que el vicioso pierda el poder.

Como corolario, la permanencia de los viciosos en el sistema político colombiano es prueba de que la ciudadanía carece de suficiente educación y virtud, y de que el sistema no es transparente. Pero la gente carece de educación y virtud precisamente porque el sistema no es transparente. Y no es transparente porque la gente carece de educación y virtud.

Etc. Pero la culpa no es de la democracia en sí, sino de nuestro diseño institucional y cultural. Sí es posible otra democracia más funcional que, aunque no asegure una gran virtud, por lo menos asegure que los malos gobernarán solo por tiempo limitado.

La democracia liberal, pues, tiene ciertas modestas ventajas. Un modesto encanto, podríamos decir.