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La apuesta por el NO

Mauricio Jaramillo Jassir

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Qué fácil es la apuesta por el NO, por la que optaron algunos de los que se opusieron a la refrendación de los acuerdos con las FARC. La fórmula que escogieron no sólo fue desafortunada, sino que traicionó los ideales que esa derecha había reivindicado con dignidad, y que definieron su postura frente a la salida del conflicto.

Los argumentos de los promotores del NO, estuvieron orientados a señalar la impunidad en los procesos de sometimiento a la justicia de las FARC, a las ayudas que éstos recibirán en el proceso de desarme, desmovilización y reintegración, y a la supuesta candidez de quienes optaron por el SÍ.   Son todos argumentos muy ligeros, y además desconocen que cuando esa derecha estuvo en el poder durante 8 años, incurrió en los mismos errores que hoy le endilgan al gobierno.

Los detractores del SÍ, olvidaron muy pronto que una vez posesionado como presidente Álvaro Uribe Vélez, propuso una activa participación de Naciones Unidas para una negociación con las FARC, y un monitoreo de acuerdos. Aspectos que han criticado vehemente sus seguidores casi anónimos, que han buscado contagiarse de una popularidad que se evapora cada vez más. Deben recordar la propuesta de activar “cascos azules a la colombiana” que las propias Naciones Unidas rechazó, por no ajustarse al modo operativo de las misiones de paz. La idea de esos cascos azules, era garantizar el retorno de los desplazados. Al comienzo de ese gobierno el número alcanzaba los 2 millones, al finalizar se incrementó a 4,9 millones.

Y tal vez el hecho más controvertible: la búsqueda de Kofi Annan, entonces secretario general de la ONU, para que mediara en un diálogo que le pusiera fin al conflicto. Annan declinó esa figura y propuso más bien los buenos oficios, pero las FARC descartaron cualquier negociación con ese gobierno, e incluso fustigaron la labor de esa organización en el conflicto entre Israel y Palestina. Ese gobierno intentó negociar, pero jamás supo con precisión, la mejor forma de aprovechar el interés internacional por hallarle una salida pacífica al conflicto colombiano.

Lo que sí se puede constatar es que ese gobierno tuvo mucho que ver en el debilitamiento militar de la guerrilla, algo que miembros de las FARC reconocen. Tal fue el testimonio que alias Martín Sombra, le entregó a Revista Semana:
Pastrana permitió el Caguán, pero Uribe es muy inteligente. Uribe es un buen enemigo. A diferencia del Caguán, en donde la gente (Farc) estaba todo el tiempo montada en carro y tomando whisky, con Uribe la cosa fue a otro precio, pero sirvió para formación de tropa y para ver quiénes servían y quiénes no servían.

Esa administración fue clave en que la guerrilla se replegara y se dieran las condiciones para que descartara de una vez por todas, la toma de Bogotá, y el acceso al poder mediante las armas. Desde el punto de la vista de la negociación, los ocho años de Uribe fueron clave. No obstante, el éxito militar y policial, no supo administrarse pues el margen de maniobra militar se fue perdiendo principalmente en dos frentes que hoy le cuestan al uribismo, y han convertido el santismo en una fuerza política, a la que se han unido todo tipo de políticos oportunistas orientados por la supervivencia.

La política exterior en los últimos años del segundo mandato de Uribe, puso a Colombia en una situación de aislamiento inédito. En la historia quedó el liderazgo regional colombiano que en otras épocas brilló en la OEA, la Comunidad Andina y el Grupo de Contadora. Ese gobierno se jactaba de haber convertido a Colombia en la Israel de Suramérica. Y el otro campo en el que él uribismo falló, consistió en no haber tomado suficiente distancia frente al gobierno de Santos. Se dedicó a criticarlo en todo, sin reconocer nada. Eso le ha restado credibilidad a argumentos que podrían tener valor. En vez de apoyar la paz, y criticar la abyecta red clientelar que este gobierno ha patrocinado, el uribisimo se ha contradicho en el afán de desacreditar a Juan Manuel Santos. Apoyar el SÍ, le hubiera valido a esa fuerza política un renacimiento. Habría sido más valioso apoyar ese proceso que es activo de varios gobiernos (al menos desde Belisario Betancourt), y criticar aspectos que van más en contravía que ese colectivo reivindica. 

Apostar por el NO, es un facilismo, especialmente con la pobreza de argumentos que han proliferado en redes sociales, debates y campañas.  Acusar a quienes promovieron el SÍ de inocentes porque asumen que todo será perfecto en el futuro, es tan sesgado como perseguir a quienes defienden la democracia acusándolos de ingenuos, que creen que por sí sola todo lo resuelve. La democracia como esta paz pactada con las FARC, es apenas un ideal, que jamás se concreta de manera literal. Han insistido los disidentes del SÍ en que este periodo no debe llamarse Postconflicto sino Postacuerdo, como si algún escenario posterior a la firma de un acuerdo entre combatientes y el Estado, hubiese derivado en una paz perfecta y absoluta. Quienes con la ambición de aparecer como dueños de una sensatez, aplomo y conocimiento hablan de Postacuerdos, deberían asomarse por el escenario de postconflicto en la República Democrática del Congo, Ruanda, los Balcanes o América Central. Seguramente, entenderán que ese tipo de negociaciones no solucionan todo, pero el silencio de los fusiles beneficia a miles de inocentes que, atrapados en la lógica de la guerra, esperan desesperadamente que, desde la política, se resuelva aquello con la violencia solo se complica más.