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Los 90 de Fidel

Mauricio Jaramillo Jassir (Profesor de la Facultad de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales del Rosario)

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En agosto Fidel Castro llegó a los noventa años, en un momento clave para la región y para Cuba.  En cuanto a la primera, la zona asiste al cada vez más inocultable, repliegue de la izquierda. En algún momento, llegó a representar una ola progresista que modificó en buena medida, el desastre provocado, por una década de neoliberalismo que dejó a millones de latinoamericanos en la pobreza y en la indigencia, mientras algunas de esas economías crecían al compás de los incrementos en los precios de materias primas. Esa brecha enorme que aún es perceptible en la región, dejó una deuda expresada en inconformidades frente a los sistemas democráticos, y en el nuevo milenio llegaron alternativas políticas que jamás hubiesen podido prosperar en la Guerra Fría, cuando Estados Unidos hacía todo lo posible por limitar esos progresismos. 

Atrás ha quedado esa hegemonía de izquierda, que alcanzó para crear la Unión de Naciones Suramericanas en 2008, y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños en 2010. Esta última agrupa a todos los países de la región con excepción de Estados Unidos y Canadá, como una clara muestra de la evolución de la gobernanza regional.

Paralelamente, Cuba superó aunque no sin traumas, una de las décadas más críticas y dramáticas para una revolución cuyos adjetivos aún no despiertan consenso. La desaparición de la Unión Soviética, no sólo significó una drástica reducción de recursos, sino la idea de que el socialismo real era inviable y que aquellos regímenes que habían optado por seguir ese modelo, estaban condenados a la extinción. ¿Cómo podría sobrevivir Cuba, si países de Europa central y oriental habían fracasado estrepitosamente? A la Isla le esperaba un aislamiento sin antecedentes, y se especulaba acerca del tipo de transición que tendría lugar. La respuesta del castrismo –uno de los adjetivos que no convence a todos- en cabeza de Raúl y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) consistió en flexibilizar el sistema económico, permitiendo la circulación del dólar, tolerando cierta iniciativa de la empresa privada, abriendo la posibilidad de inversión extranjera en al sector turismo, y de forma un poco más reciente, estimulando el “cuentapropismo”. Ese alejamiento de la ortodoxia estatista, le permitió a la economía cubana sobrevivir, y adaptarse mientras las reformas en el plano político, iban a otra velocidad mucho más lenta.  Le lección del modelo europeo y soviético era clara: combinar la apertura económica con la política, podía acabar definitivamente con el comunismo.

Pero en medio de semejantes retos, en 1999 con la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela, el panorama político cambió por completo en la región.  El suministro de 100 mil barriles diarios de petróleo, a cambio del trabajo de profesores, médicos y entrenadores inauguró un esquema de cooperación clave en el renacimiento de Cuba y la proyección de  Venezuela hacia el Caribe. Esto tuvo mucho que ver, en que el régimen volviera a algunos matices de la ortodoxia estatista, pues atrás había que dejar el llamado “periodo especial en tiempos de paz”.  Con una salud deteriorada, Fidel Castro sorprendió al mundo en julio de 2006, al anunciar su retiro formal del Consejo de Estado, órgano ejecutivo y para muchos, detentor del mayor poder en la Isla. Esa decisión significó que el máximo líder de la Revolución, no moriría ejerciendo el poder como lo vaticinaban quienes lo han acusado incesantemente de ser un megalómano y déspota.

Con esto se abrieron las posibilidades para un cambio real, y para que el liderazgo de los Castro, abriera paso a otra dirigencia que pugna por una mayor apertura. La presión que ejercen aquellos que ejercen oficios que viven del turismo es cada vez mayor. En contraste, las profesiones emblemáticas de la Revolución como profesores y maestros, no quieren abandonar las conquistas sociales del largo proceso. Detrás de este blanco y negro, aparece una escala de grises con posiciones intermedias, de aquellos que quieren un cambio pero sin dejar atrás atrás la generosidad cada vez más estrecha del Estado.

En todo este debate, la ausencia del Fidel Castro es notable y sus opiniones cada vez más esporádicas. Esto tiene varios significados. El proceso tiene hoy una inercia histórica que supera la voluntad de algunos de sus dirigentes más poderosos. La violenta reacción de Fidel al restablecimiento de relaciones con Estados Unidos es muestra de ello. Aunque se desprecie el poder de nuevas generaciones y resulte indiscutible la influencia de los Castro, este nuevo aniversario marca una nueva era de cambios, eso sí serán paulatinos y no irán a la velocidad que muchos en el interior y afuera de Cuba esperan. En el VII Congreso del Partido Comunista en abril, quedó clara la voluntad de abrir el camino para que la nueva dirigencia vaya apoderándose del proceso. En este renovado panorama es clave el vínculo diplomático con Washington así como la llegada de un nuevo mandatario a la Casa Blanca, y el cambio en varios países suramericanos que pasaron a gobiernos conservadores. 

Fidel Castro seguirá siendo influyente, de eso no cabe duda. Sin embargo, se debe tener presente que se trata de un peso y de una relevancia moral, y no tanto de una incidencia directa en el proceso de toma de decisiones. La gran pregunta que queda en el ambiente, consiste en saber qué postura sumirá frente a los grandes cambios que se esperan como dotar a la Asamblea Nacional de mayores poderes, para que funcione de una manera más cercana a los parlamentos en las democracias liberales, un sistema de elección de dirigentes menos rígido y con posibilidades para que campañas electorales tengan lugar, y por supuesto la existencia de más voces que sigan encauzando el proceso. Fidel seguirá tomando partido, pero su voz se irá apagando pues la Revolución tiene ya una inercia. Paradójicamente esa circunstancia es su triunfo.