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La belleza perdida de Bogotá. Un lamento y una explicación

Tomás Molina

La belleza perdida de Bogotá. Un lamento y una explicación

Bogotá ha perdido su antigua belleza. Nunca fue tan hermosa como París, Florencia o Buenos Aires, pero por lo menos sus habitantes disfrutaban de una arquitectura decente y tranquila. No obstante, hoy las cosas han cambiado. La ciudad se ha afeado considerablemente. Además, ninguno de sus gobernantes recientes se ha preocupado mucho por construir una ciudad auténticamente bella. Las vías, los puentes, las zonas francas, la pobreza, la educación, la movilidad, etc., dominan el discurso político bogotano, pero en ninguna parte se escucha nada sobre lo bello. Con suerte, la belleza termina siendo más un accidente de ciertos planes urbanos que su propósito principal. Pero como la suerte es poca, en todas partes se levantan edificios horripilantes, independientemente del estrato y la clase social. Aquí un edificio corporativo de vidrio y plexiglás, acullá un edificio de interés social; feos ambos a su manera, pero ambos igualmente feos.

Y sin embargo, el olvido de la belleza no hace que la belleza deje de ser fundamental para la buena vida y, por tanto, para la buena ciudad. Si la gente huyó del centro de Bogotá es porque, entre otras cosas, se afeó. No es solo una cuestión de seguridad, o de acceso a bienes y servicios: es que nadie quiere vivir en un sitio tan feo como la décima con 19. Lo anterior podrá sonar a una verdad de perogrullo, pero muchos arquitectos, y casi la totalidad de los políticos parecen olvidarlo; la prueba está en que no se preocupan profundamente por la belleza de la ciudad. Todavía no ha habido un plan vigoroso y reciente para embellecer auténticamente la ciudad. Por tanto, es necesario recordar esas simples verdades.

¿Pero por qué Bogotá se ha afeado tanto? Aparte de accidentes históricos como el Bogotazo y de problemas sociales como la pobreza y la desigualdad, las causas de la fealdad de Bogotá pueden dividirse en dos: una modernización torpe y una arquitectura moderna fea. Veamos cada una de ellas.

  1. El malestar en la modernización

Desde finales del siglo XIX las élites bogotanas quisieron modernizar la ciudad. El modelo urbanístico ya no sería más el español, sino el norteamericano, el anglosajón. Eso implicó la redefinición del espacio urbano en términos modernos: ahora la ciudad iba a gozar de alumbrado público, higiene pública, grandes avenidas comerciales, entretenimientos modernos y demás. Pero dicho modelo moderno era opuesto al colonial: las avenidas iban a reemplazar las estrechas callejuelas antiguas; los grandes edificios, aireados y con todas las comodidades contemporáneas, iban a reemplazar a las casonas frías de blasones y antiguallas. La ciudad antigua, en suma, tenía que desaparecer para dar paso a la moderna.

No hay que perder de vista que las ideas modernas de ciudad tenían un elemento estético: la ciudad moderna, para las élites bogotanas, era amplia, hermosa, progresista y eficiente. Dispondría de rectas avenidas que llevarían a un mundo mejor; sus zonas estarían planeadas de acuerdo a principios racionales y contaría además de amplios y bellos parkways que aumentarían la eficiencia de la circulación. El problema es que, aunque ese fuera un buen plan (en mi opinión no lo fue), nunca se implementó bien. Así pues, Bogotá quedó entre una modernidad torpe y fea, y una antigüedad moribunda.

Piénsese, por ejemplo, en el bellísimo convento de Santo Domingo. Era una joya arquitectónica que, empero, fue destruida por la voluntad modernizadora de Eduardo Santos. En su lugar se construyó un adefesio: el edificio Murillo Toro. El orden colonial fue destruido allí para imponer la racionalidad burocrática moderna, con pésimos resultados. O también está el caso del Hotel Granada: bello edificio en estilo francés que fue destruido, sin explicación alguna, para construir el adefesio del Banco de la República.

Cerca de ese lugar tenemos otros ejemplos. Frente al Palacio de San Francisco hay horribles edificios. Y la plazoleta del Rosario está flanqueada por algunos de los edificios más feos de Bogotá. Y no hablemos ya de las bellísimas casonas de Chapinero que cayeron víctimas de la fiebre modernizadora y que, trágicamente, fueron reemplazadas por feísimos edificios que nada tienen de amplios, hermosos y eficientes.

El propósito de hacer una ciudad más moderna consiguió, en cambio, una ciudad muchísimo más fea. No tuvimos ni la supuesta belleza del urbanismo moderno, ni logramos conservar íntegra la belleza colonial. La ciudad se llenó de mucho comercio, sí, pero feo, como el de la Caracas, o risible y de mal gusto, como el del Centro Comercial Atlantis. Como diría Gómez Dávila,  la mayoría de la arquitectura bogotana sabe levantar comercio de quinta, pero no logra construir ni un palacio ni un templo[1].

  1. Los problemas de la arquitectura moderna[2]

Dos problemas esenciales tiene la arquitectura moderna[3]: su ignorancia de la tradición y su esencial transitoriedad. Veamos primero la ignorancia. Para la arquitectura moderna la tradición no tiene ningún valor actual. En las facultades de arquitectura moderna la tradición anterior al siglo XX apenas es un capítulo en la historia arquitectónica y no una fuente inagotable de belleza y armonía. El resultado de esa ignorancia es gravísimo y la razón es sencilla. El arquitecto tradicional no tenía que ser un genio, porque para construir una casa bella le bastaba utilizar los principios arquitectónicos clásicos que, además, garantizarían que su edificio encajaría con el resto de la ciudad. Los arquitectos de las casas de la Candelaria, por ejemplo, lograron hacer espontáneamente un conjunto agradable y bello, donde los habitantes se sienten orgullosos de su herencia cultural. Y para eso no tenían que ser genios. Fue suficiente con que usaran los principios básicos de su tradición.

Imagen 1

Pero sin los principios tradicionales el arquitecto, en efecto, tiene que reinventar la belleza cada vez (si es que le interesa). Como eso es obviamente imposible, y teniendo en cuenta que la belleza ya no está en el centro de la arquitectura, la mayoría de resultados son un completo desastre que, para completar la ofensa, no combinan con el resto de la ciudad. Un ejemplo bogotano es la Biblioteca Luis Ángel Arango (imagen 1).

Dicha biblioteca no es otra cosa que un búnker en medio de casonas coloniales y republicanas. Francamente, me sorprende que no se diga más abiertamente el absoluto horror arquitectónico que es dicha biblioteca. El efecto de ésta en la ciudad es parecido, aunque no de manera tan radical, al del edificio de la imagen 2.

Imagen 2

Tenemos por otra parte la transitoriedad. No es solo que, como decía Gómez Dávila, “los materiales predilectos de la arquitectura moderna tienen vejez de prostituta” y, por tanto, los edificios modernos tienen una vejez lamentable, sino que, como también decía Wilde, “nada es tan peligroso como ser demasiado moderno. Uno puede pasar de moda en cualquier momento”. En efecto, los edificios modernos que ayer deslumbraban a las pedantes élites del mundo arquitectónico, hoy nos parecen risibles, feos y estúpidos. Como también diría Wilde, la arquitectura moderna es tan ridícula que hay que cambiarla cada seis meses. El problema es que es tan costoso que, a diferencia de los bellos edificios tradicionales, debemos soportar su fealdad constantemente.

La importancia de la belleza

No es solo que la belleza urbanística sea necesaria para una vida buena en la ciudad. Eso es, como ya se ha dicho, bastante obvio. También es que la belleza es necesaria para la vida de la ciudad. En efecto, una ciudad que no es bella no es percibida por sus habitantes como una ciudad que vale la pena cuidar y mantener. El desencanto y el desinterés de muchos bogotanos por su ciudad se deben, al menos en parte, a la fealdad urbanística.

imagen 3

Lo que propongo aquí sería una variación sobre la teoría de la ventana rota[4]: ambientes urbanos bellos elevan el interés de los ciudadanos por la ciudad, disminuyen la tasa de criminalidad y elevan el bienestar. Pero no hace falta hacer un experimento real para probarlo. Basta con uno mental: ¿qué inspira más cuidado, una bellísima catedral gótica o la iglesia de la imagen 3?

Queda bastante claro, entonces, que la belleza es fundamental para elevar el nivel de vida en Bogotá y para cuidar la misma ciudad, aunque los candidatos a la alcaldía la ignoren por completo, o le den, con suerte, un papel secundario. En efecto, algunos piensan en la belleza como un accidente feliz de la revitalización de la ciudad, cuando es todo lo contrario: un área urbana se revitaliza cuando se embellece. Y sólo se puede embellecer si se rechaza buena parte de la arquitectura moderna.

¿Qué hacer con Bogotá?

El problema con la tradición es que una vez se interrumpe es muy difícil volver a ella. Bogotá es una ciudad en tránsito a la modernidad y nos es muy difícil reconectarnos con su antigua y bella tradición arquitectónica. Y sin embargo, hay cosas que podemos hacer para recuperar algo de su antiguo lustre. Tarde pero afortunadamente se dieron cuenta los políticos de que había que salvar lo poco que queda de la bella Bogotá. Y eso está muy bien. Pero de nada sirve si, por ejemplo, no se prohíben los buses en las calles de la Candelaria, si no se limpian las calles, y si, particularmente, no se demuelen los edificios modernos que, como en el caso del Banco de la República, sustituyeron edificios bellísimos.

Habría que reconstruir, en la medida de lo posible, algunas joyas arquitectónicas de la ciudad. Si la reconstrucción del Hotel Granada es una utopía, por lo menos podrían reconstruirse algunas casas de la Candelaria que fueron sustituidas por espantosos edificios. Es más: incluso bastaría con demoler los edificios. La belleza de la ciudad mejoraría bastante sin su presencia. No exagero. Tal es su ofensiva fealdad.

Pero además habría que limitar de algún modo la construcción de edificios horribles que simplemente no tienen nada en común con el resto de la ciudad y, por tanto, rompen con su armonía. Dichas obras más bien son un monumento al ego del arquitecto, antes que una contribución a la belleza urbanística. No es que no puedan hacerse obras más o menos originales: el punto es que respeten el espacio urbano en el que fueron construidas. No todo se trata de llamar la atención sobre el nombre del arquitecto. Las ciudades más bellas del mundo todas tienen una armonía razonable, pese a sus sucesivos estratos históricos.

Afortunadamente, no todo es malo en Bogotá. Durante la segunda mitad del siglo XX se fue configurando un estilo arquitectónico muy bogotano de edificios residenciales de ladrillo. Los barrios en este estilo son elegantes en el sentido de que conservan una simple armonía. Algunos otros barrios, como Cedritos, también desarrollaron su propio estilo particular de casas que, de algún modo, formaban un conjunto tranquilo y bello. Sin embargo, el comercio desmedido y la llegada de feos edificios han dañado el estilo.

Quizá la belleza es una urgencia que la gente no sabe que es urgente. En ese sentido, es una causa perdida. Pero como decía Borges, las causas perdidas son las únicas dignas de un caballero.


[1] El original: “la arquitectura moderna sabe levantar cobertizos industriales, pero no logra construir ni un palacio ni un templo. Este siglo legará tan sólo las huellas de sus trajines al servicio de nuestras más sórdidas codicias”.

[2] Con arquitectura moderna me refiero a los estilos del siglo XX que rompen radicalmente con la tradición clásica y pretenden responder a las nuevas necesidades del hombre moderno.

[3] Cabe decir que no toda la arquitectura de los siglos XX y XXI en Bogotá es moderna en el sentido que aquí le doy al vocablo. Hay edificios bastante respetables, sobre todo en zonas del norte de Bogotá, que responden a un sentido estético compartido, que respetan la tradición, y que incluso han formado una tradición propia de bellos edificios de ladrillo.

[4] Wikipedia Teoria de las ventanas rotas.