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Un país de políticos descarados o sinvergüenzas y una sociedad ¿permanentemente resignada?

Idalia García

MexicoFeminicida2022

Es difícil pero no imposible que alguna persona que habite en un país donde hace décadas que no hay guerra, o terrorismo, o violencia desmedida en las calles, pueda imaginar la desazón que en este momento sentimos una buena parte de los mexicanos. Las estadísticas nacionales son contundentes: una mayoría importante de la población mayor de 18 años, no se siente seguro en el lugar en el que vive: 64.4 %, 70.5% de los cuales son mujeres y 57.2 son hombres. Un dato tan simple como este, debería mover a las fuerzas políticas de la Cámara de Diputados y Senadores a impulsar políticas públicas efectivas para contrarrestar y/o resolver el efecto de la violencia en la vida cotidiana de México.

Especialmente el referido a los feminicidios, porque la noticia reciente más desgarradora fue el caso de una joven, Lidia Gabriela, quien se aventó del taxi en que viajaba por el miedo que sintió de ser secuestrada. ¿Qué pensaba? Pues que lo único bueno sería si el secuestro era cambiarla por dinero, pero lo cierto es que tememos a lo peor: violación y asesinato, porque eso es lo que ocurre con más frecuencia. Y yo sí creo que debemos mencionar su nombre una y otra vez, para que la sociedad mexicana no olvide que cuando una joven puede llegar a tener ese nivel de miedo, estamos haciendo algo muy mal y debemos empezar a pensar en un buen remedio.

En serio, señora Beatriz Gutiérrez Müller ¿esta es la República Mexicana en la que siempre soñó? Permítame que le diga, con todo respeto, que me repugnan hasta la náusea sus sueños. En los míos, esas jóvenes viven sin miedo y son libres de ir a donde quieran, vestir como quieran, hacer lo que deseen y a pesar de todo, llegar sanas y salvas a sus casas para soñar con su propio futuro. No se olvide señora Gutiérrez, que las mujeres somos la mitad de la población mundial. Así que, cuando las mujeres mexicanas tienen serios problemas con su seguridad personal; es nada más y nada menos que la mitad del país que vive con miedo. Y en este tema, importan las mujeres de todos los colores y tamaños que sean, y si comparten o no, las ideas del presidente López Obrador. Por la misma razón, si a mi marido como presidente de un país donde matan tantas mujeres al día, le preguntan si es feminista y contesta que es humanista. En serio, yo le miento la madre con total alegría y desenfreno. En este tema no hay otra postura posible.

Personalmente no lo entiendo, ni de usted que es mujer ni de su marido que es presidente de un país ¿Es que acaso no percibe mínimamente el dolor de las personas? ¿Las desgarradoras historias de todas esas mujeres no logran conmoverlos ni un ápice? En su necedad y ceguera personal o de poder, en su obsesión por tener siempre la razón ¿No son capaces de comprender el dolor de todas esas madres, padres, novios, esposos, abuelos, amigos, hermanos de los más de 100,000 desaparecidos? A unas personas, recordemos, que el presidente se ha negado a recibir por las razones más mafufas que se les ocurren. La realidad de todas esas personas no cambia porque existan “otros datos”. Es una realidad jodida y miserable y, desde luego, no es idílica a menos que tus sueños sean mezclas de drogas muy duras. Tampoco entiendo dónde están todas esas voces feministas de Morena que se dicen críticas y que gritaron alegremente: “la 4T será feminista o no será”. Noticias damiselas de la política, la cuarta transformación no es feminista. Luego entonces no es. Resígnense, es una transformación de cuarta porque por más ínfulas que le den, sin el feminismo y el dolor de los desaparecidos no es de izquierda. Es más, creo que el feminismo le da sarna, los desaparecidos algo mucho peor. Son muy pocas las mujeres valientes para decirlo con contundencia como la chilena Ingrid Urgelles. ¡¡¡Qué mujer tan admirable y tan coherente!!!

Tanto el tema del feminismo como el de los desaparecidos en México, es mejor callar y ponerse a trabajar. Específicamente el de los feminicidios, es tan grave y de tales dimensiones que resulta lamentable que exista una sección en un periódico extranjero como El País titulada “Feminicidios en México” o, que incluso el Instituto Nacional de Estadística (INEGI), tenga al feminicidio entre sus búsquedas más frecuentes. Es tan evidente que es un problema social de preocupación para muchas personas en México y no solamente para mujeres. Una preocupación que se comparte independientemente de sí pertenecemos a un partido político, si compartimos una ideología de derecha o de izquierda, qué religión practicamos, el nivel de estudios que tenemos, el estrato socioeconómico al que pertenezcamos, si somos propietarios de una vivienda o la alquilamos, incluso cuál sea nuestra preferencia sexual. Sin embargo, a esos individuos que llamamos políticos y que siempre apelan a la alta estima que tienen por la ciudadanía, estas cosas de nuestra realidad les valen un reverendo rábano.

No creo ser el único residente en México, nacido o no en esos lares, donde los feminicidios son sólo una de nuestras preocupaciones relacionadas con la violencia. Esos mismos que opinamos que estos señores y señoras que forman al grupo de nuestros representantes políticos, son unos descarados y unos sinvergüenzas. Son unos individuos que ni siquiera merecen el salario que devengan. Empero, estas personas deciden la agenda y el debate diario de las cosas importantes, las políticas públicas para resolver problemáticas sociales e incluso en qué gastamos el poco recurso que obtenemos de una política fiscal ineficiente que, obviamente, tampoco están dispuestos a modificar. No tienen ni siquiera la decencia de nombrar a cada una de esas mujeres que mueren por su falta de acción, a cada una de esas personas que desaparece porque siguen pensando que son lo más importante de este país. No lo son señoras, señores y “señeres” si queremos parecer incluyentes. El mejor ejemplo de la clase política que tenemos los mexicanos es muy reciente y en extremo lamentable. La diputada transgénero María Clemente García Moreno, salió a insultar a aquellas personas que habían decidido unirse a la convocatoria nacional para defender al Instituto Nacional Electoral (INE) de una iniciativa de reforma electoral que, justamente ahora, no es necesaria. Digamos con calma para que se entienda: tenemos otros problemas que resolver.

Afortunadamente ninguna de las personas que María Clemente insultó en esa marcha, perdió los estribos sino todo lo contrario: pidieron paciencia y sensatez ante las agresiones. Si esas personas querían manifestarse por el Osito Bimbo, estaban en su legítimo derecho ante la ley ¿por qué entonces una diputada considera que puede insultarlos por ejercer un derecho social? Los actos cotidianos de dicha diputada, muchos de ellos excesivos y groseros, nunca han sido “metidos en cintura” por los dirigentes de este partido como deberían. Como una persona transgénero, está en su legítimo derecho de defender todas y cada de sus libertades individuales. Empero, como diputada, es funcionaria pública y su salario lo devenga del tan mentado pueblo al que se refiere el “obradorismo” (léase el pensamiento del presidente Andrés Manuel López Obrador, o al menos eso entiendo humildemente, querido lector). Por tanto, hay un límite muy preciso que deberían explicarle justamente quienes la postularon y, tanto más, quienes la votaron. Entre el ejercicio de las libertades y el libertinaje, hay diferencias sustanciales.

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Ahora bien ¿Acaso los políticos y gobernantes mexicanos escuchan, ven y leen noticias diferentes de las que disponemos la mayoría de los mexicanos? Si es así ¿Cómo es que no se les cae la cara de vergüenza cuando nos exponen a sus debates sin argumentos? Algunos son francamente penosos. De verdad, que dan ganas de ponerse una bolsa de papel en la cabeza, evidentemente con ojitos pues por más ruda que sea nuestra realidad, hay que vivirla para intentar comprenderla. Un ejemplo, hablando de reformas electorales, la diputada de Morena Aleida Alabes, declaró en un debate reciente que gobierna la izquierda en México y, como tal, atribuye como victoria a su partido aquellos derechos sociales ganados por los partidos de izquierda anteriores a Morena, cuyo discurso ahora defenestra permanentemente como parte del neoliberalismo. Entre ella, y el copartícipe del debate el diputado Santiago Torreblanca del Partido Acción Nacional, se dedicaron a atacarse, insultarse y devaluarse mutuamente, en lugar de analizar con seriedad la problemática para la que habían sido invitados: esa marcha que tanto disgusto le causó a María Clemente. Primero, habría que decirles a las dos integrantes de Morena, que su partido sólo es “nominalmente de izquierda” y que es mejor ponerse a trabajar para que realmente lo sea. Segundo, que aquellos mexicanos que no comparten ni las ideas o postulados de Morena, son necesariamente idiotas retorcidos que viven permanentemente engañados.

Las propias actitudes de Maria Clemente podrían justificar la perdida de adeptos, tanto como los insultos cotidianos del presidente en su conferencia diaria, o el uso de términos como traidores a la patria, quizá el uso de recursos públicos para publicitar al presidente como el “gran hacedor”. La lista podría seguir y seguir. La cosa es que los políticos de Morena no entienden que están haciendo un montón de cosas mal, y que eso supone que perderán votos como ya los han perdido en las últimas votaciones de la Ciudad de México. Por eso mismo, los mexicanos desconfiamos de sus ideas reformistas respecto al sistema electoral. Tristemente ya se han ganado la reputación que no cumplen lo que dicen y, que hacen lo que quieren para imponer sus ideas y que la negociación, no es precisamente una de sus estrategias para la sana convivencia nacional. Quiero suponer que estos individuos, los políticos de cualquier partido, saben que una parte importante y que erróneamente llaman educada, tiene la oportunidad de leer periódicos y escuchar noticias de prácticamente cualquier país que se les antoje. Ciertamente, tenemos que decir que formalmente, no se trata de educados, sino de curiosos con acceso a la tecnología. Uno de los frutos de la Revolución Mexicana, evento que celebramos cada noviembre, fue justamente la alfabetización. Celebramos aunque nuestro modelo de desarrollo desastroso promueva más a los analfabetas funcionales, que a una ciudadanía educada tanto en sus derechos como en sus responsabilidades. Cuando alguien obtiene un grado superior de educación o, un buen trabajo con un buen sueldo, solemos decir que a esa persona le hizo justicia la revolución ¿No es acaso patético? Lo es, pero nuestra revolución fue justamente interrumpida porque esos caudillos no se quisieron escuchar entre ellos, no pudieron dialogar y acordar un algo que beneficiase a todas las partes involucradas en el conflicto armado. Todos ellos fueron brutalmente asesinados ¡Vaya nacimiento para el México moderno!

Lo interesante de todo esto, es que muchos mexicanos creen todavía en la democracia como una forma efectiva de gobierno, pese a que según un estudio reciente, pasamos de ser “una democracia deficiente” a “un régimen híbrido”, ¡menuda locura! La primera calificación es para muchos mexicanos la definición más clara de nuestro modelo de desarrollo, que siempre ha privilegiado a pocos y excluido a muchos. La segunda categoría, tan moderna en los tiempos que corren, vaya usted a saber señor lector que entenderemos los mexicanos. Tales categorías son del Democratic Quality Index, y esta basada en cinco elementos que se evalúan para todos los países: procesos electorales y pluralismo, el funcionamiento del gobierno, la participación política, la cultura política democrática y, las libertades civiles. Ideas y conceptos que hoy son medianamente entendidos por una gran parte de la sociedad mexicana, especialmente por aquella que es mayoría y desde hace años ha decidido no votar porque no sirve para nada. Ya no es la expresión antigua y común del periodo con un partido hegemónico anterior a Morena, puesto que ellos decidían quienes gobernarían. No el hartazgo y desilusión viene de algo mucho más triste: Los políticos son todos iguales, mienten como bellacos y les preocupa más administrar la pobreza, que resolver los problemas estructurales de un país de tales dimensiones. Ante tales expectativas, mejor solucionar solamente lo más inmediato a cada uno de nosotros.

A cualquier persona que visite nuestro país le llamará la atención la inmensa desigualdad mexicana que se manifiesta en cada detalle de nuestra vida cotidiana. Pero contrario a lo que estos jóvenes que claman cambios radicales, muchas generaciones ya habíamos visto esa herida sangrante. Sin embargo, esa generación a la que pertenezco vio cambios sustanciales. Cambios realizados en una sociedad en la que nuestros padres, si que la habían pasado muy difícil. Eso sin contar a nuestros abuelos, que vivieron la Revolución con todo su poder transformador pero también destructivo. Lamentablemente no conocí a mis abuelos, para que me contarán esa vida que tuvieron en los tiempos pos revolucionarios, pero mis padres sí me contaron cómo fue vivir con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) como única fuerza política hegemónica y cuando la oposición era minúscula, sin fuerza y casi un mal chiste. También viví aquellos tiempos de crecimiento viendo los apuros de unos padres, maestros formados en la Escuela Nacional de Maestros, con seis bocas que alimentar. Viví sus vidas y sus miedos y, no son tiempos a los que cualquiera desearía volver. Recuerdo sus miradas asustadas cuando empecé a asistir a marchas desde el bachillerato y a rebelarme a mis profesores. No entendía para qué tanta alharaca ¿no acaso ellos me habían educado en derechos y responsabilidades?

Hoy muchos mexicanos quieren y planean irse a otro país, porque no ven la posibilidad de un diálogo sino de permanentes imposiciones e insultos. Los diputados y senadores negocian muy pocas cosas, pero más a su favor y mucho menos escuchando a la sociedad que representan. Hace años, vimos migrar a colegas y amigos de países que padecían situaciones similares, como los colombianos y venezolanos, hacia otras latitudes donde esperaban vivir con mayor tranquilidad o con mayor esperanza. Eran colegas que tenían hijos pequeños y querían una calidad de vida mejor para la crianza, pero también eran aquellos que, en determinado momento, requerían irse porque su actividad profesional los había puesto en riesgo. No son extraños los casos de las periodistas mexicanas Lydia Cacho, Anabel Hernández y Ana Lilia Pérez. En otros tiempos, eran pocos los mexicanos que migraban motivados por la situación política del país, porque en su inmensa mayoría nuestros migrantes se han caracterizado por huir de la pobreza y la marginación hacia Estados Unidos. No obstante, esos mexicanos son quienes sostienen la economía de nuestro país. Por cierto, un aspecto importante que suelen olvidar todos los demás ¿qué haríamos sin las remesas que vienen de los migrantes? Lo que sí me encantaría comprender cómo esos mexicanos, que justamente viven en un país que no es perfecto pero al menos garantiza una vida más tranquila y en apego a la ley, son prácticamente devotos del “obradorismo” y del presidente AMLO. Si la cuarta transformación en estos años de gobierno ha mejorado tanto las cosas ¿por qué no vuelven en oleadas de felices personas aterrizando en el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles?

La sensatez ha abandonado el país, quienes votaron para tener un gobierno “diferente" nos han dado un gobierno que prefiere gastar todo el dinero en unas obras que no necesitamos en este momento, porque se requieren modificaciones estructurales para que tengamos un futuro diferente. El dinero debería estar financiado proyectos públicos que mejoren la salud, la educación y la justicia en todo el país. Ya que a este presidente le gusta tanto el siglo XIX, debería aprender que aquellos hombres y mujeres forjaron una idea de nación sin destruir porque estaban demasiado pobres para construir. Si en cualquier entrevista estuviera un joven dinámico proponiendo una idea de renovación del INE, la historia sería diferente. Pero no, uno de los autores es Pablo Gómez, que como el mismo descarado declara, ha participado de toda esa porquería que nos ha llevado al país que tenemos. En suma, la geriatría gobierna en un país de jóvenes ¿La reforma del órgano electoral es necesaria? Es indudable que es necesaria, pero ahora no es el momento ideal ¿por qué? Porque los problemas de este país han sido propiciados precisamente por los políticos, sus decisiones y sus políticas, no por los ciudadanos. Nuestra responsabilidad ha sido la ingenuidad y resignación constante de que que un día tendremos un país mejor. Nosotros votamos por estos miserables y los dejamos mentirnos e insultarnos todos los días.

En un reciente programa, Paula Sofía Vazquez afirma que el presidente ha jugado todo el tiempo con la idea “todos están en mi contra”. Eso me ha recordado a un dibujo animado de mi época infantil: Mandibulín (Jabberjaw), quien pese a ser un tiburón gigante, un depredador, siempre afirmaba “nadie me respeta”. Así me parece el presidente, ha construido su figura pública como la víctima de una eterna batalla entre los buenos y los malos. Sin embargo, es incapaz de responder preguntas sobre el estado de la nación sin que sus respuestas retorcidas acaben hablando de la gran conspiración de la que es víctima. Estos descarados y sinvergüenzas políticos de todos los partidos sin excepción, que no han sido capaces ni de proponer la creación de una policía civil capaz de contrastar a las fuerzas del narco y la violencia que imponen, han votado para que hasta el 2028 en México sean fuerzas militares quienes combatan al narco con todo el dinero posible. Un dinero que, como ciudadana, hubiese preferido que se emplease en la formación de esa policía capaz de pacificar nuestro país y ofrecer a las generaciones venideras un futuro mejor y no como el que recibió la mía: un timo completo disfrazado de discursos vanos que hoy denominan “narrativas”. En ese mismo programa, Paula Sofía afirmaba que los partidos políticos “son un negociazo” y, reconoció un ejemplo lamentable: el caso del Partido Verde; la mayor rémora del sistema político mexicano. Me pregunto, cuántos ciudadanos latinoamericanos sienten la misma incertidumbre y desazón que siento, cada vez que ven a sus políticos que no se enteran de nada de lo que pasa en la plaza pública y en la horrible realidad cotidiana.

Tristemente en México no somos una sociedad militante, como la chilena o la argentina, sino una sociedad resignada a tener siempre unos políticos miserables más interesados en sí mismos que en resolver los profundos problemas que aquejan a este país. Según ese índice que mide las democracias que hemos citado, la democracia se ha devaluado en todos los países, pero México está entre los países considerados que en los últimos meses han sufrido mayores retrocesos. Y todavía esos políticos le cantan las mañanitas en la Cámara de Diputados. Ojalá que entiendan que el circo no puede durar para siempre, que el tiempo avanza y, que sería rentable pensar más en la sociedad que en el presidente en turno a quién alaban