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¿Votar por un candidato ateo?

Tomás Molina, Ph.D

Emile Durkheim - Dominio público

La primera explicación que se viene a la mente de por qué la vasta mayoría de la gente no quiere votar por un candidato ateo en Colombia es quizá esta: este es un país muy religioso y por eso tiene un prejuicio contra los ateos.

Pero, aunque cierta, es preciso cavar más. Durkheim explicaba que la religión surge de lo que él llamaba “efervescencia colectiva”: un momento en el que una gran excitación colectiva hace pensar a los miembros de la comunidad que están en contacto con una energía extraordinaria. Esta energía es proyectada en un símbolo externo que Durkheim llamaba el “objeto sagrado”. Como es el producto de la comunidad, el objeto sagrado es una representación de la fuerza de la misma. Una piedra o un ritual son sagrados porque la colectividad les ha dado el carácter de sagrado. Entonces, para Durkheim, dios es una proyección de las fuerzas de la sociedad. Para él, la religión no tiene como objetivo principal representar el universo natural sino proveer un sistema de ideas por medio del cual los individuos se conectan a la sociedad de la que son miembros. La religión representa las relaciones de la comunidad a la que pertenecen. El dios no es otra cosa que una representación figurativa de la sociedad.

La tesis de Durkheim no significa que la religión sea una mera alucinación de sus miembros, dado que tiene efectos reales. Puede que dios no exista, pero si las personas creen en él, entonces la creencia nos afecta. El soldado que siente a dios en su espalda quizá combata con más valentía que quien se siente abandonado por su divinidad. Los miembros de la comunidad se sienten más unidos a partir de su creencia común en dios. Dios hace parte de su identidad. Dios representa nuestros ideales compartidos. Quien no crea en él, seguramente va a producir un sentimiento de extrañeza e incluso una sensación de que ha traicionado a la sociedad. Por eso negar a los dioses de la ciudad era un crimen en la Antigua Grecia. Pero el psicoanálisis además nos enseña que lo único importante no es el dios en el que creemos: también hay que considerar lo que proyectamos en otros dioses: ¿qué pensamos sobre los dioses que retan al nuestro? ¿Nos querrán muertos? ¿Quieren exterminarnos? Los dioses de los otros también son proyecciones de nuestros miedos y pulsiones agresivas. <<Quien no cree en nuestro dios quizá planea nuestra muerte>>. Por eso, quien se oponga a los dioses de la sociedad y proponga unos nuevos se va a enfrentar a una hostilidad inmensa.

 

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Busto de Émile Durkheim - De Christian Baudelot - CC BY-SA 4.0

Alguien podría decir acá: <<¿no es cierto que ya no creemos en la religión como antes?>>. Es verdad. Pero Dios sigue siendo importante, sobre todo a nivel político. Veamos por qué. Toda ideología gira alrededor de objetos sublimes que, por medio de su encarnación ritualística, unen a la comunidad que cree en ellos. Estos objetos también son una proyección de la sociedad. Representan los sueños inconscientes de armonía y perfección. Zizek los llama la Cosa Nacional. En países como el nuestro, la Cosa Nacional ha sido atada innumerables veces a dios. Precisamente por lo que explica Durkheim, Dios suele ser la Cosa Nacional misma, es decir, una proyección sublime de los ideales de la sociedad. En otros casos se establece una diferencia mínima—muy mínima—entre dios y la Cosa Nacional: dios no es tanto la Cosa Misma como su garante, su guardián, su mejor aliado. En la constitución del 91, por ejemplo, se comienza invocando la protección de Dios. Durkheim dice que es muy difícil encontrar un dios que no sea el aval de la moral, de la legislación y de la vida de una comunidad (¿quizá por eso Las Leyes de Platón empiezan con la palabra ‘Dios’?).

Lo anterior explica el lema del Ejército: ‘Dios y patria’. Este se pone como misión mantener a raya a quienes amenazan con arruinar nuestro modo de vida, es decir, nuestra Cosa Nacional. Para eso se vale de su máximo defensor: la divinidad. <<Cuidado, un grupo ha saboteado lo que Colombia realmente significa. El dios de nuestro saboteador probablemente nos quiere muertos, y El Ejército debe defendernos de esa amenaza junto al dios verdadero>>. Negar los dioses de la ciudad es un crimen simbólico porque, a pesar de que ya no vivimos en las sociedades ultra religiosas de antes, dios sigue estando atado a la Cosa Nacional, precisamente porque él representa las relaciones de la comunidad, i.e., es una representación figurativa y sagrada de la Cosa Nacional, de la esencia de la colombianidad, i.e., <<de lo que defendemos de los ataques de Gustavo Petro y las Farc>>, a pesar de que no sepamos poner en palabras qué es esa colombianidad. De hecho, no solo es imposible de definir sino que solo adquiere vida cuando es puesta en peligro por otros. Nada despierta más el nacionalismo que una amenaza real o imaginada.

¿Pero no es nuestro dios algo terrible? En él no solo se proyectan nuestros ideales más positivos como sociedad sino también nuestro lado más oscuro y reprimido. De ahí que tantos hablen del sentimiento íntimo de espanto que la divinidad produce en los seres humanos. El Sócrates de Platón vio un problema al respecto en Atenas. Pero su apuesta no fue la de simplemente negar a los dioses de la ciudad: propuso un cambio. Los dioses platónicos son racionales y virtuosos, a diferencia del infiel y violento Zeus de la gente común. El propósito del filósofo es el de efectuar una transformación radical precisamente al dar un nuevo ideal divino a los griegos. Platón sabía que las sociedades se parecen a sus dioses. En algún sentido prefiguró a Durkheim. De otro modo no hay cómo explicar que propusiera una nueva teología con fines políticos: Platón sabía que la religión representa las relaciones y los ideales de una comunidad y, mejor aún, que los dioses pueden cambiar esas relaciones e ideales. ¿Y acaso no lo sabían también los monjes medievales que cambiaron su modo de vida a partir del ejemplo que su divinidad les dio? Por eso, el lector de Platón se da cuenta de que una nueva sociedad requiere de un nuevo dios. Tal vez, complementando a Durkheim, no es que el dios represente meramente a la comunidad sino que la comunidad se puede asemejar al dios. Un cambio de Dios, como en el caso de los paganos que se convirtieron al cristianismo, puede transformar una comunidad. Un gobernante ateo solo es útil si es ateo frente a los dioses actuales, pero es insuficiente si no propone un nuevo dios y, por lo mismo, una nueva Cosa Nacional. Para hacer eso, nunca hay que olvidarse de la lección psicoanalítica que puse arriba: quien proponga nuevos dioses se va a enfrentar a la hostilidad de buena parte de la sociedad.