Pasar al contenido principal

Reseña del texto ¿Por qué fracasa Colombia? Delirios de una nación que se desconoce a sí misma

Álvaro Pablo Ortiz

Reseña del texto ¿Por qué fracasa Colombia? Delirios de una nación que se desconoce a sí misma

Alberto José Campillo Pardo, en su condición de editor de la Revista del Rosario Nova et Vetera, en su hoy doble modalidad virtual y física, y cuyo primer número data de 1905, me cedió con su proverbial gentileza un espacio pensado para reflexionar sobre el último libro del escritor y carismático docente Enrique Serrano.

Él, Alberto Campillo, ya había reseñado con maestría y profundidad el anterior texto de Serrano La diosa mortal. Alberto pertenece a ese grupo de jóvenes antes usuales en su pasión por la lectura, y hoy atípicos –dado que en suicida acto regresivo, Colombia figura como uno de los países menos lectores de Hispanoamérica; y lo poco que lee deriva peligrosa e irresponsablemente o a manuales de autoayuda o a lo que yo denomino “espiritualidad de supermercado”, en donde la triada incienso-cuarzo y amatista van de la mano, sin descuidar las velas y los spa.

Enrique Serrano no es el primero en preguntarse por los actores y factores que han contribuido a formar la actual República de Colombia. Tampoco el primero en señalar las virtudes y defectos que nos acompañan en la esfera de lo público pero también en la privacidad.

Lo que sí es cierto es que su texto, quizás por la singularidad de sus interpretaciones, o por lo audaz de sus hipótesis, o por sus sutiles desenmascaramientos de fechas y mitos fundacionales, se ha convertido en un acontecimiento editorial, reconocido no solo en el país, sino fuera de él. En un tiempo récord se agotaron ya dos ediciones. Eso sin contar con que su libro ya ha cumplido también con creces los protocolos de la “piratería”.

Con otras palabras, ¿Por qué fracasa Colombia? le ha llegado no solamente a la franja erudita de la sociedad, sino también al ciudadano de a pie. Uno de los secretos de tamaño éxito radica, en mi concepto, en el uso del lenguaje: un lenguaje que incluso para defender tesis audaces y atrevidas –atrevidas y audaces sobre todo para los que han hecho de determinadas escuelas históricas y sus respectivas metodologías una profesión de fe y una obsesión. Lo que se salga de esas “guías”, de esos parámetros es, en el mejor de los casos, mirado con desdén y, en el peor, como una herejía–; es un lenguaje amable, refrescante, delicado y respetuoso. El fenómeno de la arrogancia es universal pero, en Colombia, la arrogancia y, particularmente, la académica, por momentos se torna insufrible e insoportable, en su guerra de egos, o en su sociedad de elogios mutuos, reivindicando el mito de la Torre de Babel o sea: confundir, siempre confundir.

Libros como ¿Por qué fracasa Colombia? se leen de un solo tirón. Que se sepa, la amenidad, la profundidad y el rigor no son incompatibles. Ni la amabilidad con el lector. Y el libro de Enrique Serrano es un libro amable, de fino y delicado tejido, en donde la vigilancia lingüística siempre está de cuerpo presente. Aquí, al igual que en sus otras obras, ni la fealdad, ni la frivolidad, ni la vulgaridad, ni la estridencia, ni la ordinariez tienen cabida. Su inspiración al momento de escribir –como sí les sucede a otros– no llega por la vía de la ira, el improperio, los bajos sentimientos o la sordidez. Si bien Enrique Serrano de entrada aclara que no es historiador, la verdad es que cada uno de sus textos parte de una esmerada y decantada documentación histórica.

En el caso que nos ocupa, y alrededor de la tesis central del libro: la de que Colombia, en su compleja y contradictoria conformación, no puede aspirar a desentrañarse a cabalidad si previamente no aceptamos que nuestro “inconsciente colectivo” es terriblemente hispánico, dramáticamente hispánico, escindidamente hispánico. Cuando don Miguel de Unamuno escribió Del sentimiento trágico de la vida, se me antoja pensar que también pensaba en Colombia.
Según Enrique Serrano, de las Españas, la que más caló hondamente en la configuración de un talante y una visión del mundo fue la España judeo-conversa y la morisca. Lecturas a fondo de autores como Américo Castro, Henri Pérès, Miguel Asín, Eugenio Asensio y Marcel Bataillon le fueron dando pistas y fortaleciendo su convicción de que en la formación de la nación colombiana los “cristianos nuevos” desempeñaron un papel fundamental. Pero fue Bataillon quien tal vez más influyó para que Enrique Serrano comprendiera que el asunto de los “marranos”, y en orden de impacto e importancia más aún el de los judíos convertidos al catolicismo, era de una importancia capital en las sociedades española y portuguesa, finalizando el siglo XV.

Autores nacionales como el antropólogo Luis Duque Gómez, Daniel Mesa Bernal o judíos que residieron largo tiempo en nuestro país, como Simón Guberek, lo afianzaron todavía más en su certidumbre, en su intuición, en su presentimiento, de una segunda oportunidad sobre la tierra para el sefarad y para el Al-Ándalus.

Independientemente de las adhesiones o las detractaciones que este texto ha ido generando, hay un hecho que no se puede ignorar: trabajos como ¿Por qué fracasa Colombia? son urgentes en nuestro medio. No sé por qué ciertas concepciones historiográficas y ciertos abanderados de ellas nos han sustraído, con excepciones notables, de estas visiones de conjunto que son tan necesarias, sobre todo si caemos en cuenta de que una de nuestras tragedias es la precariedad de nuestra memoria.

Con insistente frecuencia se dice que padecemos de “amnesia colectiva”, que olvidamos con facilidad, que lo anterior, nos lleva a incurrir en los mismos errores y, ciertamente, el olímpico desdén y el suicida desconocimiento de nuestra historia nos conducen a repetir desaciertos y retrocesos que podríamos conjurar con éxito.

El libro de Enrique Serrano nos permite ver otra Colombia exenta de lugares comunes, de fechas talismánicas, de falsificaciones históricas. Una Colombia, por el contrario, pensada con valentía, con arrojo e ingenio. Inmune no a la discrepancia pero sí a los comentarios superficiales y mal intencionados, empeñados en restarle méritos –sospecho que les incomoda el perfil españolizante– al que su ensayo le otorga la mayor garganta para darle voz profunda y resonante al momento de afirmar que negar el país que construyó durante tres siglos España, para sostener que el verdadero “sentimiento nacional” arranca a partir del 7 de agosto de 1819, es un acto irresponsable, injusto y necio. En ese y en otros contextos Enrique Serrano arriesga valoraciones severas:

La vida de Colombia empezó siglos antes de la Independencia, y precisamente esa vida, que había dado sus primeros pasos de manera relativamente discreta y exitosa – y que era una forma de reconstrucción de una vida perdida en España–, esa marca reflejada en la lengua, en la religión, en las costumbres, en las prácticas de la vida cotidiana, en la idiosincrasia de la familia extensa, en la manera de entender los caminos, de alimentarse, de vestirse y prácticamente de todos los demás aspectos de la vida, fueron violentados por las ideas de la independencia. Así, acusar al pueblo colombiano de ser arcaico y de mantener un espíritu conservador, es ignorar cuál ha sido la verdadera forja de la nación. Somos liberales a pesar de una tradición conservadora muy honda, que todavía hoy palpita en buena parte del país[1].

Como podrá advertirlo el lector inquieto e inteligente, al leer este texto que tiene el poder de atraer e inquietar al mismo tiempo, una de las razones de fondo que lo animó al escribirlo fue el intento de abogar por la comprensión de la formación de la nación colombiana como un fenómeno de continuidad y no de ruptura, en contravía de las tesis marxistas, esas anacrónicas y trasnochadas, y que todavía disfrutan de amplios espacios en la academia moderna.
A los tergiversadores de nuestra historia, el autor de ¿Por qué fracasa Colombia? no les impone sanción distinta a la de leer y releer a término indefinido El retrato de Dorian Gray.

 


[1] Serrano, E. (2016). ¿Por qué fracasa Colombia? Bogotá: Planeta Pág. 170.