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Prácticas para optimizar la relación médico - paciente

Mauricio Estévez – Bretón P

Prácticas para optimizar la relación médico - paciente

La buena relación Médico – Paciente es un importante recurso terapéutico disponible para ser utilizado con destreza en nuestro quehacer clínico diario y muchos aspectos de la misma se extienden a la relación Terapeuta – Paciente...

abarcando el ámbito general de las profesiones de la salud. Por eso vale la pena revisar, desde una perspectiva muy personal y eminentemente práctica, los aspectos mas sobresalientes a tener en cuenta para fortalecer el trascendental lazo entre el profesional médico (o de las ciencias de la salud) y el paciente, acompañado por su familia.

1. El paciente siempre acude al médico con algún grado de ansiedad. Por esta razón el profesional debería tener en cuenta algunas tácticas que, según cada caso, pueden facilitar la interacción profesional. El buen humor (siempre desde una posición de gran respeto y consideración por el paciente) ayuda a relajar al paciente y facilita que éste desarrolle mayor empatía con el profesional. No olvidemos que las endorfinas tienen efecto analgésico y generan sensación de bienestar. Por otro lado, unas breves preguntas del médico sobre la actividad laboral del paciente y sobre su núcleo familiar mejoran el encuadre de la interacción, pues el paciente gana confianza en su terapeuta y el médico obtiene datos importantes sobre el riesgo ocupacional y la esfera psico – social global del paciente (posibilidades de disfunción en el trabajo, en el estudio, o en la familia y otros datos similares). En algunas situaciones resulta adecuado un oportuno contacto físico del médico con el paciente (siempre muy respetuoso y guardando las debidas distancias), muy especialmente cuando éste se encuentra ostensiblemente ansioso(a) y/o depresivo(a). Ejemplos ilustrativos son : dar la mano al paciente para subir a la camilla (especialmente si se trata de un adulto maduro o de una mujer embarazada) ; una suave palmada en el hombro del paciente para infundirle ánimo (con las palabras relevantes y usualmente al despedirlo finalizando la consulta) y acariciar amablemente  con palabras tranquilizadoras la frente o la mano del paciente cuando éste se encuentre acostado en la camilla soportando un gran dolor o incomodidad (particularmente si el paciente está muy ansioso o si es un niño). Es bueno aclarar que el médico debe tener el tacto para evitar cualquier contacto físico con el que no se sientan cómodos él o su paciente, o con el cual pudiera verse afectada la integridad psíquica, moral o emocional del paciente (o de su familia). 
 
2. La actitud pedagógica del médico con el paciente y su familia debe ser una constante. Debo resaltar la importancia de la utilización de un lenguaje que el paciente y sus familiares logren entender (según las características socio-culturales de cada paciente). El lenguaje técnico – científico solo debería utilizarse para indicarle al paciente cual es el término utilizado por la medicina para designar su condición o patología. Un paciente (y su familia) bien informado(s) tiene(n) mucho menor riesgo de cometer errores y sufrir complicaciones y además tiende(n) a tomar las mejores decisiones en el espectro terapéutico -y por lo general son consultadas abiertamente con el médico-. Por supuesto que un paciente bien informado por su médico tiene menor riesgo de llegar a tramitar una queja o una demanda en contra del profesional o contra la institución donde él trabaja. Es útil contar con material escrito y/o multimedia (ojalá cuente con esquemas o dibujos) en el consultorio, alusivo a los temas educativos mas frecuentes y como medio para reforzar los temas tratados con el paciente y sus familiares.

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3. La veracidad de la información debe ser otra constante en la relación terapéutica. Este canal es bidireccional, pues nosotros esperamos sinceridad del paciente en toda la información que nos brinda, pero también debemos estar dispuestos a decirle toda la verdad, especialmente si se trata de procedimientos terapéuticos o diagnósticos que implican un nivel considerable de riesgo y cuando se trata de enfermedades que conllevan una alta probabilidad de muerte. En este sentido, se debe tener en mente que “lo cortés no quita lo valiente” y por eso siempre debemos tener el debido tacto para explicar las cosas de la manera mas clara y precisa, pero simultáneamente de una forma prudente, delicada y esperanzadora. Así lograremos que el paciente y su familia conciban el riesgo real pero no desfallezcan ante la adversidad. Siempre debemos estar disponibles para acompañar a nuestros pacientes y a sus familias … hasta en el proceso de enfermedad mas severo y también en el difícil momento de encarar la muerte. Debo anotar que creo firmemente que no existen pacientes “deshauciados”, sino equipos terapéuticos incompletos. Con esto quiero decir que siempre podemos ofrecerle alguna opción terapéutica a nuestros pacientes y a sus familias: tanto en el ámbito estrictamente biomédico, como en el de apoyo psicológico y social. Nuestros pacientes quieren cantidad de vida, pero también requieren calidad de vida y respeto por su dignidad. Probemos ofrecer ayuda a nuestros pacientes como si fueran nuestros parientes.

4. El contacto telefónico debe ser bidireccional. Esto quiere decir que no solo el paciente debe llamar a su médico, sino que en determinadas situaciones el profesional debe considerar llamar al domicilio de su paciente. Los casos mas frecuentes se refieren a pacientes que nos visitan agudamente enfermos y/o con alteraciones emocionales importantes. Es un acto de cortesía y una adecuada “política terapéutica” llamar a estos pacientes al día siguiente de la visita al consultorio. También es una iniciativa acertada llamar a los pacientes que viven solos, sobre todo si se trata de adultos maduros (y no solo después de una consulta, sino también de forma periódica y programada). De esta manera los pacientes se van a sentir tratados con la consideración necesaria y el médico va a enfrentarse con menor frecuencia a casos de “evolución sorpresiva o inesperada.” 

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5. Por último quiero referirme a la actitud de escucha deseable en todo profesional de la salud. Nuestros pacientes tienen gran necesidad de que alguien con la debida capacitación y experiencia escuche atentamente sus quejas y sus dudas. Por eso debemos guardar “silencio atento” cuando el paciente nos cuenta sobre sus padecimientos (sobre todo en un paciente que evidencia mucha ansiedad). Por supuesto que es necesario que dirijamos la entrevista con oportunas preguntas o comentarios, pero debemos omitir interrupciones que bloqueen o incomoden al paciente cuando nos está comunicando detalladamente “sus dolores y sus penas”. Esto es una de las habilidades terapéuticas que se construye -y se practica- mas como arte que como ciencia y su adecuado uso diferencia a un verdadero “profesional-terapeuta” de un simple “técnico de la salud”. Gran parte del proceso de sanación o mejoría del paciente depende de un exitoso proceso de “atención activa” por parte de su médico. En caso de individuos muy verborréicos se hace necesario comunicarles amablemente que precisamos conocer ciertos puntos claves de su cuadro clínico (y entonces proceder a interrogar lo mas relevante).

Espero que esta breve revisión de puntos centrales aplicables en forma muy sencilla en el entorno clínico pueda facilitar a mis colegas -y a todos los profesionales de la salud- la práctica de una medicina -y de unas ciencias de la salud- mas amable, mas edificante, mas respetuosa y mas integral ; en fin : mas humana.